• Lunes, 27 de mayo de 2019
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En los Albores de la Medicina: Aproximación a la Paleopatología

Desde los albores del mundo, hasta los más pequeños seres vivos han cuidado y cuidan de su propia supervivencia y bienestar. Esto lo realizan mediante diversos mecanismos: reflejos instintivos, aprendidos o elaborados, ante lo que consideran agresiones, lo sean o no, que pueden tomar la forma de movimientos, luz, ruidos, cambios de temperatura o composición química o física del medio que les rodea, olores etc.

Dichos mecanismos incluyen técnicas de huída, camuflaje, enfrentamiento o simulación encaminadas a evitar o reparar el daño en general. Esto, que es cierto para seres muy diversos que van desde los unicelulares hasta los más complejos y desarrollados mamíferos, cuyas enfermedades debemos estudiar analizando los más antiguos esqueletos y restos fósiles, lo es también para el hombre del cual debemos analizar además los utensilios que nos ha dejado.

Así, imaginándonos al hombre primitivo, sin duda hemos de convenir que, ante las inclemencias del tiempo, aprendió a guarecerse en lugares naturales o en estructuras construidas por él, y ponerse ropa de abrigo o bien lo contrario, según hiciese frío o calor, lloviese, nevase o hiciese un tiempo espléndido, en cuyo caso se pondría al sol para secarse o recuperar la sensación de bienestar alterada por las inclemencias meteorológicas.

Del mismo modo, ante las pequeñas o grandes lesiones comenzó a cuidarse y curarse, en suma a evitar el daño y la enfermedad o a intentar remediar ambas situaciones en la medida en que su sentido común se iba formando y su experiencia se iba enriqueciendo.

Podemos imaginárnoslo limpiándose una herida o lamiéndose un rasguño en un dedo, metiendo un miembro dolorido por el roce o por un traumatismo en una corriente de agua, frotándose con unas hierbas o aplicándose presión o calor en una zona dolorida, adoptando una postura antiálgica, refrescando el cuerpecillo de un niño con fiebre o bien concediéndose un reposo cuando algún miembro o el organismo entero lo requería.

En la misma línea de aprender a curarse, aprendió a curar, a   proteger y a evitar daño a los demás: niños, mujeres, ancianos, compañeros de partida de caza o vecinos. Desde que el hombre existe, ha habido cuatro modos de ayudar al enfermo:

Espontáneo: de la madre al hijo por ejemplo.

Empírico: por la pura observación previa de hechos similares.

Mágico.

Técnico: desde la primera Medicina real hasta nuestros días.

De estos modos, inopinadamente, fue coleccionando una serie de soluciones preventivas, evitativas o curativas (piénsese en que, por ejemplo, pudo haber aprendido el uso de hierbas purgantes al observar su consumo por animales), ante los problemas de relación con el medio, que constituyeron los primeros conocimientos médicos precientíficos de cuya dimensión y alcance no nos ha quedado relación directa.

Sí tenemos referencia indirecta por la presencia de restos con orificios de trépano, hechos para aliviar la presión intracraneal, para retirar algún proyectil o restos del mismo o para que “escaparan los malos aires” por epilepsia u otras enfermedades convulsivantes o también, posiblemente, por motivos rituales que no conocemos; o fracturas bien consolidadas y con crecimiento óseo posterior a las mismas , lo que nos indica que sobrevivieron a ellas. Los fragmentos de trépano eran usados cómo amuletos, lo que hace pensar en motivos mágico-religiosos más que médicos.

Este carácter médico y mágico de la trepanación puede ser una etapa intermedia entre la pura magia y la Medicina empírico-positivista. La más antigua fractura de que tenemos noticia es, según Lyons y Petrucelli, la del húmero de un reptil del período Pérmico durante el Paleozoico.

No nos ha quedado testimonio de las técnicas que usaban en padecimientos de órganos internos por no poder estos conservarse hasta nuestros días, aun cuando se han encontrado restos de osteomielitis y tuberculosis vertebral en momias egipcias, (así cómo datos de arteriosclerosis, neumonía, parásitos, cálculos e infecciones urinarias) no obstante esto ha sido más raro en los huesos del Neolítico. La artritis aparecía frecuentemente en los dinosaurios y los osos prehistóricos, tanto que los especialistas han descrito la “gota de las cavernas”.

Del mismo modo pudo aprender pequeños trucos, fruto de la experiencia y la necesidad: cómo sujetarse un miembro lesionado con un cabestrillo, apoyarse en una vara o estaca o fijarse con una rama un hueso largo, a modo de entablillado.

Asimismo, es verosímil pensar que desarrolló otras conductas instintivas como las que llevan a comer cal de las paredes a algunas embarazadas para reponer el calcio del organismo, la “pica”, o la avidez por los frutos dulces en caso de sufrir hipoglucemias.

También puede haber aprendido a conservar un miembro amputado al modo que lo hacen los animales haciéndose una rudimentaria hemostasia. Poco a poco, aprendió a usar las diversas plantas de aplicaciones más o menos medicinales; según deducimos por restos indirectos y por hacerlo así miembros de tribus primitivas de África o Polinesia hoy en día. Entre ellas, podemos señalar las siguientes:

Abortivos: esparto y pelos de mazorca de maíz.

Alucinógenos: mescalina, cañamo.

Analgésico-sedantes: mandrágora, opio.

Bradicardizantes: la digital.

Catárticas o purgantes: la semilla del ricino.

Cefálicas: para combatir las cefaleas, hojas de olivo.

Diuréticas: la pera.

Eméticas o vomitivas: la cebolla silvestre.

Litofugas, para expulsar cálculos: la arenaria, el sambuco.

Tranquilizantes, sedantes: la Tila, el Azahar.

Vermífugas: para expulsar lombrices intestinales, gusanos: corteza del granado, semillas de calabaza.

En lo que respecta a los rudimentos quirúrgicos, el hombre prehistórico conoció la sutura de heridas mediante agujas hechas con huesos finos, espinas de pescado, espinas vegetales y técnicas como el uso de las mandíbulas de las hormigas gigantes para unir los bordes de una herida, hormigas a las que obligaba a morder dichos bordes y luego las cortaba en dos dejando sólo la cabeza, del mismo modo que hoy aplicamos las grapas quirúrgicas. Asimismo, se conservan técnicas rudimentarias de reducción de fracturas y luxaciones que hoy siguen practicando algunos hombres-medicina, curanderos y sanadores de huesos.

Por otra parte hay que decir que nuestros remotos antepasados no vivían en una Arcadia feliz desde el punto de vista de la salud, como ahora pretende algunos hacernos creer achacando todos los males de nuestros tiempos a la civilización y propalando, sin ninguna base científica lo que Laín Entralgo y cols. denominan “la tesis de una primitiva Salud Natural” .

El hecho cierto es que padecían problemas de salud de la más diversa índole además de los ya señalados, se han encontrado cráneos con caries, erosiones, abscesos y piorrea; huesos con lesiones claras de osteomielitis, de enfermedades carenciales como el raquitismo, y otras que pueden deducirse de la pirámide alimentaria, como la gota. La paleopatología tiene como todas las ciencias, sus fuentes, métodos y resultados.

Fuentes: los restos óseos, las momias, (importante fuente de información médica), el comportamiento de los primates y las tribus primitivas.

Métodos: la macroscopía, la microscopía, la química, la radiología, la serología y los estudios comparados con las actividades de los primates superiores y las que hoy mismo realizan las tribus primitivas que han sobrevivido hasta nuestros días.

Resultados: se han identificado, entre otras, anomalías congénitas, trastornos de tipo endocrino-metabólicos e infecciosos.

La actitud que mantuviesen los pueblos primitivos ante el hombre enfermo y la enfermedad y su relación con la que mantienen los pueblos sobrevivientes y los antropoides avanzados, plantean según Laín, un problema antropológico y otro histórico sobre los cuáles sólo podemos hacer especulaciones.

Al igual que hacen pueblos antiguos que han llegado hasta nuestros días o a época noticiable, es probable que su actitud, frente al enfermo y anciano, variase con el nivel de bienestar la seguridad y otros factores, según los cuáles sería más fácil mantener una asistencia hacia el necesitado o, por el contrario, éste convertirse en una carga o un riesgo para la comunidad, que esta no pudiese, o no quisiese asumir.

Así, hay tribus que abandonan a los ancianos enfermos, en especial en tiempos de crisis, a los recién nacidos y a los enfermos terminales. Por el contrario, la actitud a tomar variaría según su acceso a fuentes nutricionales o a niveles mayores de seguridad.

Fueron asunto frecuente los traumatismos accidentales y de guerra, fallecimientos a edades muy precoces, y hay datos que hacen pensar que la esperanza de vida no era elevada y probablemente su calidad tampoco.

En cuanto a las cuestiones anímicas y de índole psicológica, señalar el destacado papel de los brujos-sanadores, que mediante ritos, conjuros y ceremonias, sacaban los malos espíritus o restauraban la salud al enfermo. La enfermedad en estas culturas primitivas está muchas veces señalada con el estigma de la culpa o la animadversión del enemigo en forma de mal de ojo, entre otras.

Cómo dice Babini, “La Magia preside el acto curativo”. Han existido ceremonias para ganarse el favor de los dioses, recuperar la salud, ritos de fertilidad, envío de desgracias al rival o enemigo y, en general, hechizos diversos para casi todos los ámbitos de la vida.

En resumen, según Clements, hay cinco formas de interpretación de la enfermedad vigente, lo que Laín llama: “mecanismos de la nosogénesis”.

1.         El Hechizo nocivo.

2.         La infracción de un tabú.

3.         La penetración mágica de un objeto en el cuerpo.

4.         La posesión por espíritus malignos.

5.         La pérdida del alma.

Mediante el manejo de conjuros, ropajes, máscaras, sustancias alucinógenas, olorosas, pinturas rituales y otras, se establecía todo un mundo mágico-sanador-religioso que, en ocasiones, tenía efectos positivos por los mecanismos de sugestión cómo una verdadera antesala de la moderna medicina psicosomática que preconizaron, entre otros, en el siglo XX en España, Roberto Nóvoa Santos y, su discípulo, Juan Rof Carballo.

La Medicina mágico-religiosa se basa en la unión del enfermo y el sanador en ritos en los que el diagnóstico se obtiene de interpretar sueños, estados de trance, análisis de las entrañas de animales o astrología; atribuyéndose la causa de la enfermedad a los citados mecanismos de la nosogénesis, lo que desemboca, con frecuencia, en actos de reparación y purificaciones, danzas, ritos manuales, sacrificios de animales o invocaciones, conjuros y exorcismos.

Asimismo, hay que decir que, terapias con remedios naturales como el tratamiento por el agua o los barros que constituyen la base de la moderna Medicina balneoterápica, (asimismo usaban masajes, baños, ventosas, escarificaciones, cauterios, drogas, e incluso vacunación antivariólica) tiene su origen en los más remotos tiempos y han llegado a nosotros de la mano de refinadas civilizaciones antiguas como egipcios, romanos, griegos y árabes.

Podemos por último clasificar la paleomedicina o Medicina no científica en tres, a saber:

1.         Medicina primitiva de carácter mágico.

2.         Medicina arcaica precientífica, con aspectos comunes con la Medicina científica propia de las antiguas civilizaciones ya alfabetizadas.

3.         Supersticiones pseudomédicas y folclórico-etnográficas.

La paleopatología, según Sir Marc Armand Buffer es “la ciencia de las enfermedades que pueden ser demostradas en restos humanos procedentes de épocas remotas”.

Finalmente, señalar que no todo esto se ha perdido en el olvido, ni pertenece a restos de tiempos olvidados, en tribus de lugares ignotos, sino que en el folclore de los pueblos, en la sabiduría popular, y en el curanderismo residual, encontramos muchas manifestaciones de remedios y teorías etiopatogénicas y terapeúticas de tiempos inmemoriales. Baste para ello asomarse, sin ir más lejos, por las terapias y creencias de hoy en día en muchas aldeas de Galicia, Asturias etc., en materia de emplastos, ofrenda de exvotos, y uso de sustancias naturales como por ejemplo el aceite del lampadario de San Benito de Lérez, conocido santuario de Pontevedra, donde vivió el sabio Padre Feijóo unos años, de contrastada eficacia antiverrugas, ya que parece tener un alto contenido en cobre y otros minerales útiles al respecto.

Esto no obsta para que los devotos sigan creyendo en intervención divina en asunto tan prosaicamente dermatológico. Dónde empieza la bondad químico-farmacológica y dónde el componente psicosomático, no lo sabemos a ciencia cierta. En cuanto al componente espiritual no parece muy probable que el Cielo pase consulta ordinaria de Dermatología

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