• Viernes, 20 de julio de 2018
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De la generosidad al orgullo médico

Dr. Ángel Rodríguez Cabezas. De la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas y de la Sociedad Española de Historia de la Medicina

Aunque, en cuanto al concepto del contagio, el siglo XVIII está muy alejado de la creencia de que la enfermedad estaba relacionada con un castigo divino, siendo la manifestación externa del pecado, o para los hebreos todo lo más un signo de impureza espiritual por haber estado en contacto con el enfermo castigado por Dios, la actitud de los investigadores, a partir del siglo XVIII, toma por derroteros más prácticos y aparece reflejada en la historia de la Medicina rellenando, en no pocas ocasiones, páginas de elocuente generosidad.

Me refiero a ciertos episodios, sorprendentes sin duda, de los que algunos investigadores han sido protagonistas cuando han experimentado en su propio organismo métodos diagnósticos o terapéuticos de determinadas enfermedades transmisibles, poniendo en peligro su propia vida.

De tres lances, expuestos cronológicamente, me sirvo ahora para exponer esta actitud médica generosa, de abnegación, de sacrificio y por tanto de orgullo.

El primero tiene lugar en el siglo XVIII, siendo su protagonista el cirujano John Hunter, nacido en Glasgow (1728-1793), maestro de E. Jenner, descubridor de la vacuna antivariólica. Por aquel entonces, a pesar de que se advertían dos clases de chancros en las llamadas, con toda propiedad, enfermedades venéreas –el duro o sifilítico y el blando o no sifilítico–, se discutía si la sífilis era el mismo mal que la blenorragia. Dado que para los empiristas de la época el experimento era de un insuperable valor en los avances científicos,  para despejar el dilema, a Hunter no se le ocurrió mejor cosa que inocularse voluntariamente en el pene, en dos ocasiones, pinchándose con una lanceta impregnada en exudado uretral de un enfermo de gonorrea. Como resultado de estas inoculaciones desarrolló lesiones sifilíticas, concluyendo pues que las dos enfermedades eran una sola. No tuvo en cuenta, sin embargo, que el enfermo del que obtuvo el exudado era portador de ambas enfermedades, como solía ser habitual. Tuvo que transcurrir medio siglo para que Philippe Ricord subsanase el error.  A lo largo de la historia se han repetido los casos de investigadores que se han inoculado intencionada y peligrosamente con objeto de poder concluir con éxito una investigación (el valor de una vacuna, el método de transmisión de una enfermedad, etc.) pero este experimento de Hunter colma todo lo imaginable.

El segundo suceso está protagonizado por los doctores Walter Reed, Jesse Lazear, Lewis Carrol y Arístides Agramonte, que componían la comisión norteamericana (U.S. Army Yellow Fevwer Commission) enviada a Cuba en 1900 para estudiar la plaga de fiebre amarilla, enorme problema epidemiológico que se originó en la isla tras su ocupación por Estados Unidos con ocasión de la guerra hispanoamericana.  Estos cuatro hombres llegaron a hacer autoexperimentaciones, como reposar en las mismas camas y con las mismas ropas quitadas momentos antes a los fallecidos y manchadas aún con excretas y, sobre todo, dejarse picar por los presuntos mosquitos vectores. Costó la vida a Lazear, de treinta y cuatro años de edad, y a punto de perderla estuvo Carrol, pero se consiguió el objetivo, demostrándose que el transmisor del virus de la fiebre amarilla era el mosquito Aedes aegypti (del género Haemagogus), con lo que no se hacía más que confirmar lo que el sagaz Finlay (el hombre de los mosquitos, como le llamaban con sarna) venía afirmando.

Luego, y como resultado de medidas de salud pública (eliminación de mosquitos y protección del hombre sano frente a las picaduras) la fiebre amarilla quedó eliminada de La Habana rápidamente. W. Gorgas fue el médico sanitario que dirigió aquella campaña sanitaria.

Naturalmente, aquella época quedaba lejos del siglo XII cuando Europa fue asolada por la peste negra y se discutía entonces sus posibles causas, culpando de la enfermedad bien a los miasmas deletéreos, a los insectos o a las ratas. Tanto pánico había a padecer esta enfermedad que en el año 1120 el obispo de Lyon se vio obligado a excomulgar a todos los insectos de su diócesis y no anduvieron a la zaga los tribunales eclesiásticos de Troyes y Macon que decretaron arrestos en la debida forma contra ratas, babosas y caracoles. Pero, esto es solo historia.

El tercer episodio es reciente, de actualidad. Tiene que ver con el ensayo clínico de la que podría ser una de las vacunas contra el sida, la primera contra el subtipo A del virus VIH-1. El modelo propuesto debe estimular las células T citotóxicas, estando constituido por un segmento de ADN sintetizado a semejanza de material genético del VIH, lo que debe desencadenar inmunidad celular. El segundo componente sería el MVA, virus modificado de la vacuna de la viruela, capaz de multiplicar la respuesta de las células T en una segunda fase de inoculación.

Todo esto lo traigo a colación para ambientar el tercero de estos episodios singulares de generosidad médica. Me refiero al Dr. Evan Harris, médico de familia en el condado de Oxford y miembro del Parlamento, a quien se le inoculó experimentalmente con la novel vacuna contra el subtipo A del VIH-1, en su primera fase. Es un ejemplo de abnegación en la labor investigadora que busca un método terapéutico eficaz para combatir el sida, enfermedad que sumó  más muertes que todas las guerras juntas del siglo XX, aunque afortunadamente ya se está en vías de conseguir, en su evolución, su cronificación.

Con el relato breve de estos tres episodios, breve muestrario de otros muchos sucesos similares, he querido rendir homenaje a la generosidad médica en tareas de investigación.  Y de estas actuaciones, reflejo de la generosidad médica, surge el orgullo médico como razonable complacencia en el trabajo investigador, en estos casos. Y, por ende, la dificultad en el propio trabajo médico, en la investigación médica, predispone el ánimo a la humildad, virtud muy adecuada para el trabajo tanto de atención médica como de investigación, pues torna la vanidad como sobrevaloración en juiciosa complacencia, el orgullo médico en orgullo de ser médico. Y es que la sencillez predispone a la dignidad, a la grandeza.

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