• Martes, 25 de septiembre de 2018
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El sedentarismo es responsable de gran parte de los factores de riesgo cardiovascular

Los cambios sociales y el progreso de la sociedad han hecho que el hombre se vuelva cada vez más sedentario. El sedentarismo y el exceso nutricional son factores de riesgo para sufrir patologías crónicas muy frecuentes en los países desarrollados. La actividad física es una pieza importante de las actividades preventivas recomendables para la población y, en este sentido, los médicos de atención primaria desempeñan un papel primordial, por la estrecha relación que mantienen con los ciudadanos. El primer paso para la prescripción de actividad física por parte de los profesionales sanitarios es la evaluación de la condición física y el grado de actividad de los pacientes. Una vez prescrita la actividad física, deberá cuantificarse y controlarse si se realiza correctamente.

Por eso, Atención Primaria debe ser la protagonista en su detección, control y tratamiento. Cuando se recomiendan cambios en estilos de vida para mejorar su salud, siempre se hace hincapié en el aumento del ejercicio físico saludable, ya que hay que tener en cuenta que al menos el 50% de la población es sedentaria.

La inactividad física es uno de los principales factores de riesgo de padecer enfermedades no transmisibles, como las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y la diabetes. La insuficiente actividad física, que es uno de los factores de riesgo de mortalidad más importantes a escala mundial, va en aumento en muchos países, lo que agrava la carga de enfermedades no transmisibles y afecta al estado general de salud de la población.

Mayor mortalidad

Las personas que no hacen suficiente ejercicio físico presentan un riesgo de mortalidad entre un 20% y un 30% superior al de aquellas que son lo suficientemente activas. Se ha demostrado que una actitud de inactividad física multiplica los factores de riesgo de provocar daños al sistema cardiovascular, así como ayuda a acentuar otros factores de riesgo como son la obesidad, hipertensión, diabetes o el colesterol. La inactividad física suele estar asociada con sobrepeso y conductas alimentarias desequilibradas. Por el contrario, la actividad física y el ejercicio colaboran tanto en el mantenimiento del peso como en el control de la tensión arterial y el colesterol.

Precisamente en esa incompatibilidad diseño genético y realidad cotidiana reside el principal problema. Los factores de riesgo más importantes a los que se enfrenta la persona sedentaria son la diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial, dislipemia aterogénica y exceso de grasa abdominal, que todas en conjunto tiene un efecto multiplicador y que constituyen lo que se ha dado en llamar síndrome metabólico. Posiblemente, la insulinorresistencia sea el principal factor causante de todos estos desórdenes. Esta insulinorresistencia fue una circunstancia protectora en los inicios de nuestra especie y que favoreció por selección natural a los que la tenían, y por tanto se la transmitieron a sus descendientes. Esta propiedad de “ahorro” energético y de acumulación de grasas, previniendo épocas de escasez, cuando han venido tiempos de opulencia y de bajo ejercicio físico, motivan la acumulación de grasas y la obesidad, verdadera epidemia de nuestro tiempo. Pero además, hay contemplar otros efectos perjudiciales de la inactividad física, como debilidad muscular, osteoporosis, e incluso alteraciones psicológicas.

Recomendaciones

En la mayoría de los casos, el paciente no es consciente de este problema y, por tanto, no es reconocido hasta que empiezan los problemas de salud. El sedentarismo sólo se combate con actividad física y la clave está en modificar los hábitos sedentarios de vida y ocio y transformarlos de forma que se incremente el nivel de actividad física y deporte. Las propuestas de cambio pasan por las actividades que impliquen movimiento tanto en el trabajo como en casa. En concreto, en el entorno laboral es recomendable levantarse periódicamente, hablar por teléfono de pie, tomar ratos de descanso para caminar y subir o bajar escaleras.

En casa, se aconseja ver la televisión mientras se plancha de pie, levantarse durante los anuncios de televisión, salir a pasear o hacer bricolaje. En el tiempo de ocio se debe optar por pasear, jugar o ir al parque con los hijos, bailar, ver la televisión mientras se hace ejercicio con una bicicleta estática o jugar a videojuegos que requieran movimiento, ir a pie a los sitios en lugar de estar sentado en el coche o en transporte público. Existen también diversas actividades que son sencillas y divertidas de realizar, además de beneficiosas como el yoga, la natación o ir al gimnasio. Hay que recordar que una dieta saludable y realizar ejercicio físico de forma regular, caminar 30 minutos diarios, pueden prevenir la aparición precoz de enfermedades metabólicas. Además mejora la salud psíquica, la función pulmonar y libera endorfinas que redundan en una mejor calidad de vida.

Promover la actividad

La educación individual para la promoción de la actividad física se llevará a cabo a través de una serie de consultas programadas, centradas en el desarrollo de habilidades y recursos personales para aumentar la actividad física y disminuir los periodos sedentarios. Actualmente, se considera que un adulto sano debe hacer al menos 150 minutos acumulados de ejercicio de intensidad moderada en una semana. Lo óptimo sería 5 días a la semana una dedicación de unos 30 minutos. Esto se consigue, por ejemplo, caminando a un ritmo rápido. Si el objetivo además de mejorar la salud es perder peso, posiblemente habría que ser algo más exigente. Para realizar esto es recomendable la adquisición de relojes que indican la distancia recorrida, tiempo, pulsaciones, pisos subidos y muchas cosas más. Esto se puede registrar a través de aplicaciones que se pueden descargar en los móviles y que ofrecen datos sobre la actividad física del usuario. Como es natural, la individualización de estas prescripciones son muy importantes, pero estos objetivos son muy razonables para la mayor parte de la población.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores especialistas en Medicina General Guillermo Rico García, Juan Luis Martin Clavo, Luis Fernando Cabañas Enriquez, Cecilio Gutiérrez Casanova, Isabel Henández Bosque, M. Jesús Muñoz Canora, Jaime González González, Carlos Pozuelo Samper, Manuel Fernández Mena, Juan Reyes Sánchez, Araceli Higuera Rodríguez y Jesús Grande Saurina.

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