• Domingo, 15 de julio de 2018
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Historia de la inclusa en Madrid

José Ignacio de Arana. Miembro Numerario de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas.

inclusa

Los hospicios de Occidente para acoger a los niños abandonados surgen en la Edad Media: Milán en 787, Montpellier en 1010, Marsella en 1199, Lérida en 1199, Florencia en 1421, Guadalupe en 1480, etc. Casi todos ellos son sólo dependencias de hospitales -en el sentido medieval, tan restrictivo, del término- atendidos por mujeres con mejor voluntad que ciencia.

En Madrid, durante el reinado de los Reyes Católicos se fundó un hospicio dedicado sólo a atender a niños expósitos. Tres cuartos de siglo más tarde, en 1563, se crea en Madrid, en el convento de la Victoria situado junto a la Puerta del Sol, la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y las Angustias con el fin caritativo de recoger a los convalecientes que salían de los Asilos-Hospitales. En 1572 la Cofradía asume la labor de recogida de los expósitos madrileños y para darles cobijo adquirió en 1579 un grupo de inmuebles situados en la Puerta del Sol. En la cercana parroquia de San Ginés se bautizaba a los niños y se les daba sepultura.

Muy lejos de allí iba a tener lugar un episodio sin aparente relación con lo anterior. La ciudad flamenca de Enkhuizen era disputada por las tropas españolas de los tercios y los holandeses. Al conquistarla por fin los españoles, un soldado encontró en una iglesia un cuadro de la Virgen de la Paz rodeada de ángeles y con un niño a sus pies. Tras su regreso le regaló al rey Felipe II la imagen rescatada y el monarca, viendo la escena del niño a los pies de la Virgen, decidió a su vez donarla a la cofradía que en la capital se dedicaba a cuidar niños abandonados. En el convento de la Victoria fue entronizada y objeto de una enorme devoción entre los madrileños. Pero estos no sabían pronunciar el nombre de aquella lejana ciudad flamenca y comenzaron a utilizar para el cuadro la advocación de Virgen de la Inclusa. Poco a poco esta palabra sustituyó en el habla popular al nombre del convento y cofradía pasando ésta a denominarse simplemente Inclusa; la nueva denominación hizo fortuna y de allí se extendió a todas las instituciones españolas dedicadas como ella a la recogida de expósitos. El nombre de hospicio se reservó para los centros que se hacían cargo de niños mayorcitos.

En ese lugar iba a permanecer la Inclusa madrileña durante más de dos siglos. En realidad era una aglomeración de casas que carecía de patio interior o de otro lugar para esparcimiento de los niños y en sus bajos se criaban las cabras y las burras para obtener la leche con que alimentarlos. En 1801 se decide su traslado. En 1807 la Inclusa se instala en un caserón de la calle Embajadores donde ya se encontraba el Colegio de La Paz, dedicado a recoger a mujeres y niñas menesterosas.

En el año 1929 la Diputación Provincial de Madrid, de la que dependen los organismos de Beneficencia, dispone la construcción de un edificio totalmente nuevo para alojar la Inclusa en la entonces alejada calle de O’Donnell; abierto al campo que circundaba la ciudad por ese extremo, con amplias dependencias interiores y grandes jardines, con una hermosa galería orientada al sur. Pero su conclusión hubo de esperar todavía unos pocos años con lo que ésta se realizó durante la República. Esto explica una de las curiosidades del edificio como es que en el tímpano que corona la fachada de su entrada principal perdure hasta hoy un escudo de la Diputación, realizado en cerámica vidriada y policromada, con los cuarteles de los Partidos Judiciales de la provincia y ¡con una corona almenada, símbolo de la República que sustituyó heráldicamente a la corona real!

Otro detalle decorativo de esa fachada merece la atención. Se trata de dos relieves de cerámica, representando a dos recién nacidos fajados, imitación exacta de los que adornan la fachada del Hospital de los Inocentes de Florencia y que en el siglo XV modeló el artista del Renacimiento Andrea della Robia. La Inclusa perdió ese nombre, que, a pesar de todo, pervivió en el habla de los madrileños, para pasar a llamarse Instituto Provincial de Puericultura. A comienzos de los años setenta se decidió el traslado a su actual ubicación del Colegio de San Fernando y volvió a cambiar de nombre, ahora por el de Casa de los Niños.

Los niños acogidos en la primitiva Inclusa, al igual que los de los siglos posteriores, tenían diferentes procedencias:

  1. Recién nacidos abandonados en la calle, en las puertas de iglesias y conventos o en los tornos que se habilitaron para ello en la propia Inclusa , en el templo de San Ginés, y un tercero en el Puente de Segovia, junto al tramo del río Manzanares al que acudían las lavanderas. Los niños eran prácticamente siempre de padres desconocidos y llegaban en malas condiciones físicas, por lo que su índice de mortalidad era casi del 100% en los primeros días.
  2. Desde el Hospital de los Desamparados, donde existían unas camas para atender a lo que se llamaba “paridas clandestinas”, cuyos hijos, nada más nacer, se trasladaban a la Inclusa, pero en mejores condiciones que los del grupo anterior.
  3. Otros Hospitales de Madrid entre los que cabe destacar el de La Pasión o de Antón Martín, dedicado en especial a enfermedades cutáneas, sobre todo, el mal gálico o sífilis. Estos niños, en una buena proporción, pasaban al nacer a la Inclusa pero sólo hasta que sus madres eran dadas de alta o, si éstas fallecían, eran reclamados por el padre u otros familiares.
  4. En ocasiones, familias que estaban atravesando graves crisis económicas dejaban a sus hijos recién nacidos y hasta a alguno ya mayorcito al cuidado de la Inclusa, con el compromiso de recogerlo cuando la situación mejorase, cosa que en demasiadas ocasiones no llegaba nunca a suceder.

Desde el primer momento, las inclusas quisieron preservar el anonimato de aquellas personas que se veían en la necesidad de abandonar a sus hijos recién nacidos y que por vergüenza lo hacían en plena calle con altísimo riesgo. Con este fin se instituyó un procedimiento de recogida denominado torno. Un miembro del personal hacía guardia permanente al otro lado del rudimentario aparato sin tener contacto directo con el autor del abandono. Estaban situados en algún punto discreto del edificio y sobre ellos, a veces, campeaban carteles con leyendas alusivas teñidas de dramatismo.

Los niños llegaban al torno en muy dispares condiciones. La mayoría prácticamente desnudos o sin otra prenda de abrigo que unos trapos viejos o una astrada manta aún con manchas de sangre del recientísimo parto ocurrido seguramente en soledad y en circunstancias infrahumanas. Otras, en cambio, llevaban alguna ropilla más cuidada y hasta no faltaba el que mostraba detalles entrañables de cariño materno en forma de algún humilde adorno en la ropa o algún objeto de devoción sobre el cuerpo. Era bastante frecuente que junto a la criatura apareciese una nota. En ella se solía decir si la criatura estaba o no bautizada, si, de estarlo, se le había impuesto algún nombre; en raras ocasiones se aportaba algún detalle de su filiación como la clase social de la madre o de los padres, si éstos estaban vivos y siempre se hacía un llamamiento a la caridad de la Inclusa o de sus gestores. Estos datos, junto con los de los objetos que llevasen encima, podían más tarde ser aducidos por la familia para identificar al niño si decidían reintegrarlo al hogar.

En el primer año del que hay constancia documental, 1583, se recogieron 74 niños. En el tránsito de los siglos XVIII al XIX llega casi a los 1.500 al año. Durante todo el siglo XIX las cifras se mantienen entre 1.600 y 1.800. En las dos primeras décadas del siglo XX hay años como 1915 y 1916 en que se recogen casi 1.700 niños para luego ir descendiendo muy lentamente. No obstante, el estadillo de “Niños entrados y salidos” del período 1963-1982 comienza con la todavía sobrecogedora cifra de 568 niños y finaliza ¡en 1982! con la de 114, lo que demuestra que el problema está aún lejos de desaparecer. La aproximación más fiable apunta a que en sus primeros cuatro siglos de existencia, la Inclusa de Madrid recogió la impresionante cifra de más de 650.000 niños.

La primera fuente de ingresos que tuvo la Inclusa del la Cofradía de la Soledad procedía de los donativos que hacían a su iglesia de la Victoria los fieles que la frecuentaban; también se utilizaban las mandas testamentarias. En 1651 la extinción de la Cofradía de la Soledad y las Angustias dejó la Inclusa a expensas de los bienes y del dinero contante que pudiera obtener de donativos directos. Hubo, pues, que recurrir a otros métodos de recaudar fondos. El primero fue salir a pedir limosna por las calles y las numerosas iglesias de la ciudad. Se extendieron cédulas, firmadas por las autoridades del Concejo que los limosneros portaban para que se tuviera la certeza de que su dinero era para un buen fin.

En el siglo XVII se decidió dedicar para la Inclusa una parte de las ganancias que se obtenían de dos espectáculos que siempre han tenido en Madrid una notable afición y, por tanto, unos sustanciosos ingresos: el teatro y los toros. El teatro del Príncipe habría de ceder una parte de sus beneficios para el mantenimiento de la Inclusa. La plaza de toros de Madrid también debía dedicar parte del dinero obtenido a la Inclusa. Las niñas que, una vez llegadas a cierta edad, pasaban al Colegio de La Paz para aprender un oficio, generalmente relacionado con las labores de costura, o para dedicarse al servicio doméstico, eran con su trabajo una importante fuente de ingresos. De ese dinero, un tercio se guardaba para entregárselo a la chica si contraía matrimonio, junto con una dote fija a cuenta de los fondos de la institución.

Con el advenimiento de la Ilustración se instauran por todo el territorio nacional las instituciones denominadas Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, formadas como foros donde las gentes cultivadas se dedicaban a debatir sobre todos los temas de actualidad y a promover iniciativas culturales, económicas, industriales, científicas y de todo orden. En la Real Sociedad Económica Matritense se creó la Junta de Damas de Honor y Mérito. Su primera presidenta fue doña María Josefa Alfonso de Pimentel y Téllez Girón, condesa de Benavente y duquesa de Osuna, entonces la más grande entre los Grandes de España. Sus prioridades se decantaron enseguida por la Inclusa e iniciaron gestiones para que el rey les concediese la dirección del establecimiento, cosa que lograron en septiembre de 1799. Las funciones ejecutivas de la Junta, sin embargo, fueron pasando paulatinamente a la Diputación Provincial de Madrid que se ocupa desde principios del siglo XX de la gestión administrativa y sanitaria de la institución quedando la Junta con un papel de supervisión.

En Madrid la mayoría de los niños llegaban a través de los tornos o traídos por familiares hasta las puertas del Centro desde hospitales y asilos de la misma ciudad. Otros eran llevados desde largas distancias por individuos ajenos a la familia, pero a quienes ésta daba unos cuartos por ese transporte. Cuando el niño, por fin, atravesaba el torno, era registrado en un libro de entradas donde se hacían constar los detalles de la fecha, la edad aproximada según la opinión de la persona que lo recibía, los datos que pudiera aportar en algún papel escrito, y las ropas que llevaba. Luego se le lavaba, se le ponían ropas limpias y se abrigaba con mantas o junto a una lumbre para que entrara en calor. La siguiente atención era el reconocimiento por un médico que dedicaba un especial cuidado a detectar signos de enfermedades contagiosas y, sobre todo de sífilis, para en ese caso destinar al niño a una sección apartada de los demás en la misma inclusa. Otras veces se le mantenía en observación durante unas semanas. A todos los niños se les ponía, como seña de identificación, una cinta al cuello con una medalla que en el anverso llevaba una imagen de la Virgen y en el reverso un número y la fecha de ingreso. Esta medalla la llevarían hasta su salida definitiva de los establecimientos de acogida.

La fracción más importante entre el personal de una inclusa era la formada por las nodrizas. En algunas ocasiones eran las propias madres las que se quedaban a vivir allí para poder seguir alimentando a sus hijos a cambio de su propia manutención y los pocos servicios que la Inclusa pudiera darles, ofreciendo a cambio su trabajo en las labores domésticas de la Institución. La mayoría de los casos, sin embargo, había que recurrir a la contratación de nodrizas externas. No era tarea fácil conseguir mujeres lactantes dispuestas a amamantar a varios chiquillos ajenos; en un principio se exigían varias condiciones a las mujeres aspirantes al cargo; sin embargo, ante la escasez de candidatas y la necesidad de ellas, se aceptaba prácticamente a cualquiera: prostitutas, madres solteras o amancebadas, enfermas, etc.

A partir del siglo XVIII se comenzó a promover que los niños expósitos fueran acogidos en el ámbito rural por familias a las que se compensaría económicamente por ese trabajo. A las nodrizas que se hacían cargo de los niños se les pagaba una parte en dinero y otra en especie, sobre todo en forma de alimentos como legumbres y carne. Los administradores de la inclusa habilitaron un cuerpo de inspectores que recorriesen aquellos pueblos para poner coto a una serie de irregularidades que se venían cometiendo.

Ya en el siglo XVIII consta la presencia en la Inclusa de médicos pagados a cargo de los fondos de la institución, pero fue desde principios del siglo XIX cuando fueron contratados médicos que aplicasen a los niños los tratamientos que en cada momento se considerasen más avanzados y eficaces para las enfermedades infantiles. Entre estos médicos figuran durante ese siglo personalidades como Mariano Benavente, fundador luego del Hospital del Niño Jesús en la capital, o Baldomero González Álvarez, autor de una obra sobre Higiene del niño abandonado durante su infancia. Ya en el siglo XX hay que destacar a Juan Bravo Frías, impulsor de mejoras para los niños y del cambio de ubicación del Centro, Juan Antonio Alonso Muñoyerro, director desde 1920 hasta 1936 y posteriormente desde 1939 hasta su jubilación y responsable, junto con el citado Bravo, del traslado de la Inclusa al nuevo edificio de la calle O’Donnell y de la creación del Instituto Provincial de Puericultura; Enrique Jaso Roldán, que dirigió la Inclusa durante la Guerra Civil. Javier Matos Aguilar fue director hasta la desaparición en los años ochenta del Instituto como tal.

En la Inclusa o con las nodrizas contratadas en los pueblos, los niños permanecían el tiempo que duraba la lactancia, por lo general 18 meses, y la llamada crianza que se extendía hasta los siete años. La lactancia si faltaba la leche humana se hacía a base de leche de burra o de cabra. Una vez transcurrido ese tiempo, los niños debían abandonar la Inclusa. A partir de ese momento se hacía un reparto a otros centros de acogida. Las niñas pasaban al Colegio de La Paz, fundado en 1679 por la duquesa de Feria expresamente para niñas expósitas, donde aprenderían un oficio y podrían permanecer de por vida o hasta que contrajeran matrimonio.

Los niños varones, llegada la edad de salir de la Inclusa, eran remitidos al Hospital de los Desamparados donde compartían edificio con pobres y enfermos adultos de ambos sexos allí recogidos. En otros casos el lugar de destino era el Hospicio, un magnífico edificio en la calle Fuencarral, adornado años después de su construcción con una portada de Pedro de Ribera. En el Hospicio estaban recluidos chavales de muy distinta procedencia y, sobre todo, muchos condenados por la comisión de delitos y que por su corta edad no podían ser encerrados en las cárceles de la ciudad. Esto era un factor muy pernicioso para la educación de los niños venidos de la Inclusa. En ambos centros, Hospicio y Desamparados, se enseñaban oficios manuales hasta los catorce años y luego la propia Institución buscaba acomodo laboral para esos adolescentes que de esa manera salían de allí con el porvenir más o menos resuelto.

Sin embargo, el interés de la Inclusa fue siempre conseguir familias que adoptaran a los niños. La adopción no era ni mucho menos una práctica habitual en la sociedad de los primeros siglos de la Institución. Durante mucho tiempo las únicas adopciones que constan en los archivos fueran las solicitadas por algunas de las amas de cría externas que se habían ocupado de cuidar al niño a lo largo de sus primeros años de vida. Actualmente la situación ha cambiado mucho y para bien. Pero aún así, adoptar un niño en España es complicado, requiere un proceso largo durante el cual el niño está en una situación ambigua entre el régimen de acogimiento, que no garantiza la satisfactoria resolución del procedimiento, y la definitiva filiación a todos los efectos. Por otro lado, es cierto que el número de niños en situación de total abandono, requisito que exige la ley para poder ser entregados en adopción plena, es hoy muy pequeño y el de solicitudes de adopción no hace sino crecer. Así se ha desatado en los últimos años una marea de las llamadas “adopciones internacionales”, no exentas de farragosos trámites administrativos, de onerosos gastos, complicados viajes a países lejanos y no pocas veces difíciles procesos de adaptación cultural cuando el niño es adoptado ya mayorcito, con una cierta impregnación de su cultura de origen

Bibliografía

  1. Arana Amurrio, José Ignacio de: “Historia de la inclusa de Madrid”, en Cuadernos de Historia de la Pediatría Española, nº 4. Madrid. A.E.P., 2013.
  2. De Pablo Gafas, Alicia: “Niños expósitos y medicina infantil en España a principios del siglo XIX.” Medicina e Historia, nº 39. 1991 (tercera época).
  3. Espina Pérez, Pedro: Historia de la Inclusa de Madrid. Oficina del Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid. 2005.
  4. Vidal Galache, Florentina y Benicia: Bordes y bastardos. Una historia de la Inclusa de Madrid. Madrid. Compañía Literaria. 1994.
  5. Voltes, Mª José y Pedro: Madres y niños en la historia de España. Madrid. Planeta. 1989.

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