• Miércoles, 17 de julio de 2019
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La interacción entre medio ambiente y genes nos hace más obesos

La predisposición genética a la obesidad no solo aumenta el riesgo de exceso de peso sino que además produce interacciones entre los genes y el entorno cada vez más "obesogénico" y como consecuencia un índice de masa corporal más alto en las últimas décadas,

Según una investigación de científicos noruegos que se publica en The BMJ, los hallazgos muestran asimismo, que el IMC ha aumentado desde la década de 1960 tanto para las personas predispuestas genéticamente como para las no predispuestas, lo que implica que el medio ambiente sigue siendo el principal contribuyente a la epidemia de obesidad.

La obesidad casi se ha triplicado en todo el mundo desde 1975, pero los orígenes de la epidemia aún no están claros. Estudios anteriores han sugerido una interacción entre los genes y el medio ambiente, pero están limitados por un período de edad estrecho, un seguimiento corto y a unos datos facilitados por los pacientes.

También se desconoce el efecto de la predisposición genética sobre la obesidad a medida que el ambiente se vuelve más obesogénico. Es por esto que investigadores de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología se propusieron estudiar los cambios en el índice de masa corporal (IMC) durante cinco décadas y evaluar el efecto del medio ambiente en el IMC según la predisposición genética.

Sus hallazgos se basan en datos de 118.959 personas de 13 a 80 años de edad en el Estudio de salud Nord-Trondelag que registraron mediciones repetidas de estatura y peso entre 1963 y 2008. De éstas, 67.305 se incluyeron en los análisis de la asociación entre la predisposición genética y el IMC.

Después de tener en cuenta factores potencialmente influyentes, los datos muestran un aumento notable en el IMC en Noruega a partir de mediados de los años ochenta y mediados de los noventa. Además, en comparación con las cohortes de nacimiento mayores, los nacidos después de 1970 tenían un IMC sustancialmente mayor en la edad adulta joven.

Cuando los participantes se dividieron en cinco grupos iguales (la quinta parte superior es la más susceptible genéticamente a un IMC mayor y la quinta parte inferior), el IMC difirió sustancialmente entre las quintas más altas y más bajas para todas las edades en cada década, y la diferencia aumentó gradualmente de los años sesenta a la década del 2000.

“Por lo tanto, la mayor diferencia en el IMC para hombres y mujeres, respectivamente, en la década del 2000, podría atribuirse a la interacción del entorno genético-obesogénico”, afirman los investigadores.

Este es un estudio observacional por lo que no se puede establecer la causa. Sin embargo, los resultados se mantuvieron prácticamente sin cambios después de varios análisis adicionales, lo que sugiere que los resultados resisten el escrutinio.

Los autores concluyen que en la población noruega, el IMC aumentó sustancialmente de los años 60 a los 2000 tanto para hombres como para mujeres, y el aumento fue más evidente en personas con una predisposición genética a un IMC más alto.

Comprender las variaciones entre  personas es clave, afirman investigadores de EE. UU. en un editorial vinculado. Por ejemplo, el IMC parece variar entre los grupos de población y dentro de una población dada a lo largo del tiempo, y la mayor parte de esta variación permanece sin explicación, y sugieren que es poco probable que un enfoque exclusivo en las estrategias preventivas de la población “consiga una diferencia notable en la reversión de la epidemia de obesidad”.

Los autores consideran que las futuras investigaciones, “deberían apuntar a identificar más claramente las fuentes de variación dentro de la población Además, es necesario considerar tanto el IMC medio como la variación en el IMC cuando se decide cuál es la mejor manera de orientar estas estrategias”.