• Jueves, 19 de septiembre de 2019
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La obesidad abdominal eleva el riesgo cardiovascular

obesidad abdominal

La obesidad abdominal, también llamada central o visceral, refleja un exceso de tejido adiposo visceral. Esta anomalía conlleva una insulinorresistencia, que es la base fisiopatológica del síndrome metabólico. Así, ante un paciente con obesidad, además de medir el peso y la talla, es imprescindible medir el perímetro abdominal. Su control se establece teniendo en cuenta que el exceso de grasa corporal y su distribución constituyen un predictor independiente de riesgo y morbilidad. Por eso, la localización central o abdominal se asocia con más riesgo de complicaciones metabólicas y se mide mediante circunferencia de la cintura o por el índice cintura-cadera. Debe ser inferior a 88 centímetros en la mujer y a 102 en el hombre. La obesidad es un importante factor de riesgo cardiovascular y se establece utilizando el IMC.

También se puede medir la composición corporal a través de técnicas como la bioimpedancia bioeléctrica y los ultrasonidos. Es un desequilibrio entre la ingesta y la actividad física y en su etiopatogenia se incluyen factores metabólicos, sociales, hormonales, culturales y genéticos. Es necesario prevenir desde la infancia, ya que la sobrealimentación en edades tempranas es uno de los factores desencadenantes de la obesidad.

Se sabe que la obesidad es un importante factor de riesgo cardiovascular; está comprobado en diversos estudios que la obesidad abdominal es un factor de riesgo cardiovascular independiente y puede darse teniendo un IMC normal. Puede decirse que es consecuencia de un desequilibrio entre la ingesta y la actividad física, y en su etiopatogenia se incluyen factores metabólicos, sociales, hormonales, culturales y genéticos, por lo que hay que prevenirla desde la infancia ya que la sobrealimentación en edades tempranas es uno de los factores desencadenantes de la obesidad.

Causas

Al hablar de factores de riesgo de la obesidad abdominal, no nos podemos olvidar que una de sus causas son la dieta hipercalórica; las patologías endocrinológicas, como por ejemplo hipotiroidismo, ovario poliquístico, el síndrome de Cushing; sedentarismo y falta de ejercicio, y algunos fármacos.

Durante las últimas décadas ha aumentado la evidencia científica del beneficio cardiovascular de las dietas ricas en verduras, frutas, legumbres y cereales integrales, que incluyen pescado, frutos secos y productos lácteos descremados. El modelo más característico es la dieta tradicional mediterránea, que ha demostrado su beneficio en la reducción de la mortalidad general, en la prevención de trastornos metabólicos relacionados con la obesidad, así como en la prevención de la cardiopatía isquémica y de varios tipos de cáncer.

Recomendaciones

En este contexto, la principal medida higiénico-dietética a considerar es la pérdida de peso, con modificación de la dieta, ejercicio físico y terapia conductual. Una dieta hipocalórica, personalizada y con otras restricciones o suplementos, además de aumentar la actividad física de forma progresiva y adaptada a las necesidades cardiovasculares y osteoarticulares del paciente, sería lo más recomendable.

La realización de un ejercicio físico regular y apropiado a las características de cada individuo tiene la capacidad de prevenir la aparición de síndrome metabólico y de controlarlo. En relación con el síndrome metabólico, hay suficiente evidencia para poder sostener que la realización de una actividad física reglada mejora la resistencia a la insulina. Posiblemente, sea a través de esta mejoría que puedan explicarse los efectos clínicos y metabólicos positivos: reducción de la presión arterial en reposo, mejoría de la hiperglucemia, reducción de la hipertrigliceridemia, del CLDL y aumento del colesterol, unido a lipoproteínas de alta densidad (CHDL). Por otro lado, el ejercicio físico reglado tiene efectos psicológicos positivos que también ayudan a controlar el riesgo vascular.

Pautas farmacológicas

En cuanto a las medidas farmacológicas, los especialistas comentan que las ideales serían aquellas que consiguieran disminuir la insulinorresistencia, aumentando la sensibilidad a la insulina en tejidos periféricos. Aunque el fármaco ideal en este sentido aún no exista, la utilización de fármacos se debería guiar además de para sus indicaciones específicas (hipoglucemiantes, hipolipidemiantes, hipotensores, etc.), por su efecto sensibilizador de insulina.

El tratamiento farmacológico de la dislipidemia debe iniciarse con estatinas y de ser necesario combinar con fibratos, dado su interés en disminuir los triglicéridos y aumentar las HDL.

Para abordar la obesidad, existen pocas alternativas farmacológicas, lo que hace necesario enfatizar aún más en el cambio en el estilo de vida, adoptando estilos de vida saludable: alimentación sana y ejercicio físico. Los profesionales sanitarios desarrollan un papel fundamental en la motivación del paciente y en el seguimiento de su evolución.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores especialistas en Atención Primaria Cristina Clavijo izquierdo, Teresa Mayado Carbajo, Fernando Garrido Fernández, Rafael Crespo Sabaris, Maria José Leciñana Burgos y la endocrinóloga Carmen Fernández González; los especialistas en Medicina General Iñaki de la Rua Tolosana, José María Irizar Belandia, Juan Carlos Caballero García y el cardiólogo José María Basurto Hoyuelos, de Bilbao, y Patricia Javierre Pérez, Juliana Martín Casado, Lucio Sánchez Cabrero, Jesús Prieto Marcos, José Luis Sánchez Iglesias y Mª Carmen Sastre Santos, del Centro de Salud Virgen de la Concha, en Zamora.