• Viernes, 20 de julio de 2018
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La obesidad está detrás de una parte importante del gasto sanitario

La obesidad genera un coste de 25.000 millones de euros anuales, es decir, el 7% del gasto sanitario corresponde a esta patología. Pero el impacto real de la obesidad en el gasto sanitario puede ser aún mayor, ya que de forma indirecta aumenta los costes de cualquier procedimiento y del tratamiento de otras patologías asociadas. La obesidad aumenta enormemente el riesgo quirúrgico, obligando a estancias prolongadas en UCI, mayor morbimortalidad perioperatoria, mayor estancia hospitalaria y, por supuesto, aumenta el riesgo de diabetes. Además, al ser una enfermedad sistémica, se asocia a polifarmacia, a bajas laborales prolongadas y a un sobrecoste en términos de gasto farmacéutico, de hospitalización, bajas laborales…

El riesgo de sufrir enfermedades crónicas empieza antes de nacer con la diabetes gestacional y continúan hasta la vejez. En consecuencia, es importante la implementación de estrategias que aborden el problema a través de todo el ciclo de vida prestando especial atención a la asociación obesidad-diabetes.

Sin ninguna duda, en la educación dietética está la estrategia más efectiva. Desde el ámbito sanitario, hay que incidir de forma efectiva en revertir ciertos cambios en las conductas dietéticas de nuestros pacientes. Todos los profesionales implicados en el cuidado del paciente tienen que ofrecer distintas herramientas que ayuden a los pacientes a adoptar unas metas en el ajuste de la alimentación que sean alcanzables y que duren en el tiempo.

Es más importante que se adopten pequeños cambios en los hábitos alimenticios y de rutina de ejercicio físico. Para logarlo, se tiene que implicar toda la sociedad en su conjunto.

Azúcar en la dieta

En los últimos años, se ha destacado la importancia de controlar el consumo de azúcar en la dieta. El azúcar y obesidad están, por tanto, completamente relacionadas. Ante esta situación, las autoridades sanitarias tienen que ser más contundentes con el excesivo uso del azúcar en los alimentos procesados, incidiendo en la necesidad de reducir porcentaje de azúcar en los alimentos.

La obesidad se define como un exceso de grasa y la forma más aceptada para su valoración es el índice de Masa Corporal (IMC), que se obtiene dividiendo el peso en kilogramos por la altura en metros al cuadrado (kg/m2). Se considera que una persona tiene sobrepeso si su IMC se encuentra entre 25 y 30, y obesidad cuando es superior a 30, siendo más grave cuanto mayor sea dicho índice.

La personas con sobrepeso u obesidad tienen mayores probabilidades de presentar comorbilidades de mayor impacto, como diabetes mellitus tipo 2, síndrome de hipoventilación-obesidad, síndrome de apnea obstructiva del sueño, hipertensión arterial, enfermedad cardiovascular, algunos tipos de neoplasias (endometrio, mama, hígado) y artropatía degenerativa de articulaciones de carga, y comorbilidades de menor impacto, entre las que se encuentran la dislipemia, reflujo gastroesofágico, colelitiasis, hígado graso, infertilidad, síndrome de ovarios poliquísticos, incontinencia urinaria, nefrolitiasis, otros tipos de cáncer (esófago, colon-recto, próstata, vesícula biliar), insuficiencia venosa, fibrilación auricular, insuficiencia cardiaca congestiva, ciertos tipos de demencias hipertensión endocraneal benigna.

Normalmente, lo primero que se suele detectar en los pacientes obesos es adiposidad central y la resistencia a la insulina, por tanto, es el primer signo que lleva a la aparición de la diabetes 2.

Luego aparecerán la hipertensión y dislipemia. La calidad de vida del paciente con diabetes 2 se va viendo afectada a medida que progresa la enfermedad, aparecen los problemas microvasculares, como retinopatía y neuropatías, y aquellos que son más graves para la supervivencia del paciente, como son los problemas macrovasculares, como los infartos miocardio.

También hay que tener en cuenta la prediabetes, que se define como niveles altos de glucosa, pero no lo suficientemente altos como para considerarlos diabetes.

En este contexto, hay que destacar que la pérdida de peso y el aumento de la actividad física logrará reducir entorno al 60% el riesgo de desarrollar la DM2.

Resistencia a la insulina

Porque la resistencia a la insulina es un prominente marcador biológico de la obesidad y se la define como una inadecuada respuesta a la insulina exógena o endógena. El tejido adiposo no es un simple depósito estático, sino que está constituido por células altamente especializadas capaces de producir una amplia variedad de mediadores neuroendocrinos y de responder cualitativa y cuantitativamente a estímulos hormonales.

En cuanto al tratamiento de la obesidad, se fundamenta en la restricción de la ingesta calórica mediante dietas debidamente planeadas, en tal forma que el paciente consuma sus depósitos grasos como fuente endógena de calorías.

El ejercicio es un componente importante en un régimen de reducción de peso, por cuanto se asocia con resultados satisfactorios a largo plazo y puede tener efectos cardiovasculares y psicológicos beneficiosos. El ejercicio debe ser de suficiente intensidad para lograr un gasto calórico de unas 2.500 kcal/semana, lo cual quiere decir caminar rápido.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores especialistas en Medicina de Familia Juana Mª Arroyo Córdoba, Jesús Serrano Rasero, Juan Carlos Molina Deudero, Emilio Rato Alario y María Del Carmen Velasco Rey, del Centro de Salud La Velada, en La Línea; los médicos generales Jesús Domínguez González, Cecilio García Rosado, Enrique Martínez Hernaez, Andrés Álvarez González, Emilio Ruiz Jarillo e Inocencio Hernández Batuecas, del Centro de Salud Manuel Encinas, de Cáceres y José Manuel León Sotelo García, José María Martínez Carrión, Salvador Guerrero Reina, Manuel Andrés Modelo, Enrique Díaz Monge, Vicente Martín Gutiérrez y Antonio Jesús Martínez Ortega.

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