No es función de esta reflexión aspectos que no correspondan al entorno de la salud, por ello me voy a ceñir a una cuestión que creo que es determinante hoy en día, el denominado “empoderamiento del individuo” como tal, como parte integrante de una sociedad que nos envuelve a todos, que nos conecta a través de un sinfín de medios y herramientas de comunicación y que, por lo tanto, tiene no sé si un conocimiento más exhaustivo de los temas como un acceso inmediato a las fuentes de información en las que puede encontrar todo tipo de datos relacionados con el asunto que sea.

Ello determina dos puntos de reflexión muy importante. Por un lado, ¿qué es más importante hoy en día, saber mucho en base a métodos puramente memorísticos, deductivos o inductivos o saber cómo y dónde buscar la información, es decir estar más que versado en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación? Por otro lado, otro de los aspectos sobre el que me gustaría reflexionar es sobre el nivel de conocimiento y acceso a la información que tenemos como ciudadanos. Probablemente nunca se ha producido un hecho como el actual, es decir, que tengamos tanta información disponible y a nuestro alcance en un corto espacio de tiempo. Hoy si tenemos un problema con la información es que nos llega demasiada, es difícil discriminarla, y por ello podemos “morir en el intento” de tratar de acaparar todo.

Pero centrándonos en ese “empowerment” que dicen los anglófonos, en el empoderamiento que decimos nosotros y vinculando este calificativo a la salud, podemos encontrar buena parte de las explicaciones a la situación de cambio que estamos viviendo en el sistema sanitario español.

Por un lado podemos hablar del problema de acceso a los servicios que nos ofrece el propio sistema en sus diferentes versiones. Un paciente informado no solo colabora en la gestión de su propia salud, sino que además exige que los centros a los que acude, primero sean accesibles y no tengan listas de espera interminables, que estén dotados adecuadamente tanto de personal como de infraestructuras así como de un equipamiento y aparataje moderno y adecuado.

Un paciente “empoderado” exige que exista una equidad real y que no haya diferencias entre los 17 sistemas diferentes de salud, representados por las diferentes Comunidades Autónomas. Hoy estamos viendo el debate que se está produciendo respecto a este tema con tres problemas clave, que sirven de ejemplo y que están relacionados con esta cualidad intrínseca de nuestro SNS: el del acceso equitativo, en igualdad de condiciones, a los tratamientos oncológicos, el caso de la hepatitis C y, sin ir más lejos, el problema de la cobertura vacunal en dependencia del lugar donde residas.

Un paciente informado y con capacidad de discernir y ser copartícipe en la gestión de su propia salud y la de los suyos ve con asombro cómo la gratuidad del sistema es ya una utopía, puesto que la interposición de diversos copagos diferenciales entre Comunidades y las variaciones en las aportaciones de las denominadas clases activas y pasivas, hacen que esta cualidad hoy se haya transformado simplemente en un “slogan”. Mensaje que cada vez va a estar más alejado de la realidad, puesto que un sistema que adolece de suficiencia financiera que se irá agravando progresivamente, simplemente por el perfil poblacional de nuestra sociedad (geriatrización), la cronicidad asociada, los nuevos tratamientos y métodos de diagnóstico cada vez más sofisticados y onerosos y la inadecuación estructural de nuestro sistema plagado de hospitales de agudos y de corta estancia, va a hacer necesaria una reorganización de la cartera de servicios, además de otras medidas, si es que queremos que nuestro sistema público perdure en el tiempo y sea competitivo.

Por último, y no por ello menos importante, nos queda otra cualidad, la de la universalidad. Universalidad que también es parte del debate, y prueba de ello son las diatribas que han surgido recientemente en las CC.AA con el fenómeno de la inmigración, aspecto este que en el tiempo va a tener un mayor impacto si cabe. Por otra parte esta universalidad se ha podido mantener hasta ahora gracias a los casi 10 millones de personas que han venido utilizando de una forma asidua el sistema sanitario de provisión privada, descargando de esta forma y de un modo muy notable al sistema público de salud de presión asistencial y financiera.

Con todo y con ello, vivimos como comentaba, una situación de cambio profundo en el que el protagonista es el ciudadano. De hecho, todos observamos cómo incluso en el panorama político irrumpen con fuerza en algunos países opciones que teóricamente surgen del empoderamiento ciudadano frente al “establishment”. Pues bien, algo parecido comienza a ocurrir con la salud. Todos hemos podido apreciar con asombro como el ciudadano es capaz de tomar la calle literalmente y ejercer su derecho a manifestarse públicamente con temas puntuales como el acceso a los nuevos tratamientos frente a la hepatitis C, las nuevas vacunas o la externalización de la gestión. La salud cada vez tiene más protagonismo en el discurso social, sin duda.

Y frente a esta nueva tendencia o mejor dicho realidad, ¿qué podemos hacer cada cual desde su nivel de responsabilidad y entorno laboral? Para mí la respuesta es muy sencilla: no poner puertas al campo, dejar que el río fluya y aprovechar las enormes oportunidades que de ello derivan. Pero claro, para hablar de oportunidades hay que mantener un espíritu creativo, emprendedor y dispuesto a aceptar que las cosas cambian y que es bueno además que cambien, es decir, hacer bueno el dicho popular de “la necesidad de adaptarse al cambio”, o lo que es lo mismo, “camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, que dirían otros.

Nuestro Sistema Nacional de Salud precisa de una reforma consensuada con todas las partes o grupos de interés que lo conforman e interactúan con él. Dicha reforma ha de ser nuclear, estructural y no coyuntural, si es que queremos dotar de futuro y confianza a nuestro sistema y pretendemos que ese ciudadano o paciente empoderado encuentre de nuevo las características fundamentales relacionadas con el sistema: la accesibilidad, la equidad y la cohesión. Otros aspectos, como la gratuidad de todo y para todos, han de ser palancas de cambio que hay que articular y adaptar a los tiempos de máxima exigencia que vivimos.

La reforma necesaria tendría diez ejes que la articulan, el primero el de la revisión necesaria del catálogo de prestaciones. Es paradójico que haya patologías menores que no entrañan riesgo para la vida, por no particularizar, y sin embargo haya problemas de financiación y acceso en casos en que sí que nos jugamos nuestra existencia, tal es el caso del cáncer, de la hepatitis C, de las enfermedades raras, de las vacunas frente a patologías potencialmente graves, como la meningitis tipo B, la varicela o la enfermedad neumocócica, entre otras. Tampoco es comprensible en este apartado que financiemos todo y dejemos al descubierto buena parte del vasto campo de la atención sociosanitaria de nuestros mayores, que son los que más cuidados precisan.

Otro aspecto clave de reforma es el de actuar sobre la gobernanza del sistema. Es necesario cambiar los modos, usos y costumbres en relación con la gestión de los recursos humanos del sistema, aportando conceptos tan asumidos por la sociedad como la evaluación reconocida de objetivos y del desempeño en términos económicos y de desarrollo de carrera profesional. En el sistema del futuro, o mejor dicho del presente, han de estar todos los que tienen que estar por sus resultados y cualificación, gestionando los tiempos adecuadamente, para atender a la demanda creciente que hay y que se nos viene encima.

Un tercer aspecto a reformar es el de la corresponsabilidad de los ciudadanos en la gestión de su propia salud, siendo perfectamente conscientes de que la teórica gratuidad no es tal y que todo lo que se usa se paga, y lo pagamos entre todos solidariamente. Por ello es muy importante que seamos conscientes del gasto que generamos con nuestras decisiones en materia de salud.

Un cuarto elemento clave es el de la reforma y adecuación de las estructuras de nuestro sistema a la realidad demográfica actual y de futuro. No es apropiado que hospitales y centros de agudos y de corta estancia sean también los puntos de referencia a la hora de tratar y gestionar la cronicidad y el el envejecimiento. Precisamos, sin duda, de un número incremental de centros de media y larga estancia en los que los procesos son mucho menos onerosos que en un hospital de agudos, como son la mayoría de los que disponemos actualmente.

En quinto lugar emerge un elemento que genera un debate estéril y que se ha politizado de una forma interesada. Una reforma que se precie debe girar en torno a la utilización eficiente y efectiva de todos los recursos disponibles, vengan de donde vengan, sean públicos o privados, gestionados de una forma sinérgica de tal forma que aprovechemos toda la capacidad instalada. En este sentido, hemos de evitar apriorismos dogmáticos, más o menos demagógicos, que a nada bueno nos conducen y fomentar los fenómenos de colaboración público-privada en sus versiones tradicionales y también explorar formas novedosas de colaboración que tengan como marchamo básico el de la calidad reconocida y acreditada.

En sexto lugar, y no por ello menos importante, la interoperabilidad de los sistemas público y privado. Este aspecto es nuclear, fundamental, ya que además de evitar duplicidades y gastos redundantes palia en cierta medida la variabilidad y hace que el paciente empoderado, co-responsable de su propia salud y propietario de todos sus datos e historial clínico, pueda circular libremente entre sistemas.  transitando entre el entorno público de asistencia sanitaria y el privado de una forma libre y sin cortapisas.

El punto número siete hace referencia al hecho de que es fundamental dotar al nuevo sistema de las herramientas tecnológicas que hoy por hoy ya están disponibles, me refiero a todo lo relacionado con la salud digital, e-Health, m-Health, u-Health, es decir la tecnología más rampante y disruptiva al servicio de la salud, la eficiencia y la efectividad de la práctica clínica y su gestión. El uso de la telemedicina, la teleasistencia y la telerehabilitación, el manejo de los pacientes crónicos a distancia (desde el domicilio o desde la consulta de atención primaria, en contacto directo, “online”, con el especialista), la segunda opinión por vía telemática, el uso de los “wearables” de monitorización de constantes, el fenómeno de la “gamificación” desde el punto de vista de la educación para la salud y la prevención, la historia clínica electrónica interconectada y ensamblada entre sistemas y entornos geográficos, la receta electrónica que permite un seguimiento del paciente crónico en materia de cumplimiento “compliance” y adherencia terapéutica, la cita médica “online”, etc… son todos ellos elementos que hemos de incorporar de rutina a nuestro nuevo sistema sanitario español. Hoy en día, si queremos ser de verdad eficiente, no podemos vivir de espaldas a las grandes ventajas y beneficios que nos ofrecen las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

En octavo lugar y para disponer de un sistema sanitario “engrasado” y competitivo se hace necesario que el profesional y el centro sanitario tenga desde el punto de vista de idiosincrasia, interiorizado  en su cultura, la misión de ser un punto de referencia para el ciudadano, no solo en materia médico”quirúrgica, sino también y de forma muy especial en dos entornos clave: la educación sanitaria vinculada a la prevención y el consejo psicosocial necesario. No hemos de olvidar que buena parte de las patologías que nos afectan y en algunos casos abruman tienen un componente psicosomático destacado y, si dedicamos tiempo y somos capaces de identificarlo, seguro que seremos muchos más eficaces, efectivos y eficientes en nuestra práctica clínica.

El punto número nueve hace referencia a la necesidad de impulsar y proyectar prácticas saludables entre la población. Se echan de menos campañas dirigidas a la prevención de patologías de alta prevalencia que generan un enorme gasto sanitario, me refiero a la obesidad y su asociación con el síndrome metabólico, la diabetes tipo 2 y el riesgo cardiovascular. el sedentarismo dentro del mismo contexto. el tabaco en relación a los diferentes tipos de cánceres que son capaces de inducir. la vacunación del adulto como forma de prevenir patologías infecciosas prevalentes. el ejercicio o la propia alimentación saludable. el no consumo de alcohol y drogas, entre otras muchas. El ciudadano, el paciente, debe ostentar siempre nuestro punto de atención y no solo cuando está enfermo, sino cuando todavía no ha enfermado pero tiene ya prácticas y hábitos de riesgo.

Por último, y no por ello menos importante, un moderno sistema de salud que se precie y que pretenda ser solvente, sostenible, solidario y competitivo debe apostar por la I+D y la innovación junto a la gestión del conocimiento en red. No puede ser dependiente de un “cuidador” asimilado a las patentes que nos vienen del exterior. España es un país de innovación, así lo ha demostrado tantas y tantas veces, y la salud no está al margen de este fenómeno. No puede ser que nuestros mejores profesionales estén pensando en marcharse a otros “caladeros”, hemos de ser capaces de retener el talento con la incentivación adecuada que merece. Solo así seremos polo de atracción y de referencia en materia sanitaria frente al mundo. España además del turismo, de la gastronomía, de la moda, debe ser referente en materia de salud, convirtiéndose en espejo para el mundo.

Y en estos diez puntos básicos, clave, el ciudadano, la sociedad, el paciente empoderado ha de ser nuestro referente, ha de estar siempre en nuestra mente, en nuestras estrategias, en nuestros planes de acción, en nuestros objetivos y resultados. Solo si es así, si le dotamos de lo mejor, que no tiene por qué ser lo más caro, y lo hacemos protagonista real del cuidado de su propia salud, conseguiremos en un plazo razonable de tiempo ocupar el espacio que merecemos en el concierto mundial de la salud. Un reto que nos implica a todos y que con la suma de todos es como daremos valor de verdad a nuestra sanidad y a nuestro sistema. Las nuevas generaciones, todos, lo merecemos.