“Construir un mundo más justo y saludable” es el lema que la OMS ha escogido para el Día Mundial de la Salud, que se celebra el 7 de abril. La institución se centrará a lo largo de este año en involucrar a los responsables políticos y unir a las personas para enfrentar los grandes desafíos de nuestro tiempo, en consonancia con su principio constitucional de que “el disfrute del más alto nivel posible de salud es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano sin distinción de raza, religión, creencias políticas, condición económica o social”. Los tres objetivos principales de la campaña son concienciar a la población de las desigualdades en salud, involucrar a los responsables políticos para garantizar la equidad sanitaria y crear alianzas que aceleren la consecución de este objetivo.

La peste negra, también conocida como “muerte negra” por el color azul o negro de las manchas y bubones que provocaba en la piel, es considerada la pandemia más letal de la historia. Tuvo lugar entre los años 1347 y 1351 y su origen se encuentra en las pulgas de las ratas que vivían en los barcos mercantes, que la extendieron desde Asia central a través de la Ruta de la Seda por Europa y África. La peste negra mató entre 75 y 200 millones de personas, el equivalente a un tercio de la población europea.

La segunda posición en el ranking de pandemias más mortales la ocupa la viruela. Esta enfermedad infecciosa se ha cobrado la vida de 56 millones de personas. Su origen es desconocido, aunque se cree que pudo empezar hace miles de años en la India o Egipto, pues se han hallado restos en momias datadas del siglo III a. C. El último caso de contagio natural de viruela se diagnosticó en 1977, y en 1980 la Organización Mundial de la Salud (OMS) certificó la erradicación de esta enfermedad en todo el planeta.

La tercera pandemia más mortífera la encontramos entre los años 1918 y 1919. Se trata de la gripe española, que recibió este nombre porque ocupó una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que nuestro país no estaba involucrado en la guerra mundial y, por tanto, no se censuraron los reportes de muertos. Infectó entre 40 y 50 millones de personas, alrededor del 27 por ciento de la población global. Desapareció el verano de 1920, gracias, en parte, al desarrollo de la inmunidad de grupo.

Si viajamos un poco más atrás en el tiempo, entre los años 541 y 549, la plaga de Justiniano, causada por la peste bubónica, acabó con un número de vidas similar al de la gripe española, entre 30 y 50 millones. La plaga de Justiniano afectó al Imperio romano, incluyendo la ciudad de Constantinopla y otras partes de Europa, Asia y África.

La quinta pandemia en el ranking es el sida, activo a día de hoy. Desde 1981 hasta la actualidad, ha matado entre 25 y 35 millones de personas en el mundo y, aunque la tasa de mortalidad se ha reducido en los últimos años debido a los avances médicos, 37 millones de personas conviven con la enfermedad, la mayoría en África subsahariana.

Un poco de historia puede ayudar a poner en perspectiva qué está sucediendo con la actual pandemia provocada por la COVID-19. En marzo se cumplió un año del contagio del supuesto paciente uno, con una lista de fallecidos que superaba en ese momento los 2,6 millones de personas en todo el mundo, casi el mismo número de muertos que causaron las grandes pestes del siglo XVII (tres millones). Las grandes pestes del siglo XVII son la octava pandemia que más muertes ha causado a lo largo de la historia —la sexta fue la tercera peste, que en 1855 acabó con 12 millones de personas, y la séptima, la peste antonina, que entre los años 165 y 180 terminó con la vida de cinco millones de personas—.

Día Mundial de la Salud 2021: reto, poner fin a la pandemia

La COVID-19 ha afectado a todo el mundo, y este 7 de abril, Día Mundial de la Salud, está sin duda marcado por el reto de ponerle fin. En el ámbito sanitario, la COVID-19 ha agravado las diferencias que ya existían en el acceso a los servicios y coberturas de salud y la mortalidad, tanto entre grupos sociales dentro de una misma sociedad como entre países. Los pobres entre los pobres, en todo el mundo, son quienes gozan de una peor salud, y las personas que ya vivían desigualdades fruto de la pobreza, el género, la etnia, la educación, la ocupación, la condición de migrante, la discapacidad o la discriminación tienen más probabilidades de enfermar y mayor dificultad para acceder a los servicios y coberturas de salud que necesitan.

Dentro de los países, la enfermedad y la muerte por COVID-19 ha sido mayor entre los grupos que enfrentan pobreza, discriminación, exclusión social y condiciones de vida y de trabajo adversas. De los cientos de millones de dosis de vacunas que se han administrado hasta el momento, la gran mayoría se han producido en un puñado de países ricos y productores de vacunas, mientras que la mayoría de países de ingresos medios y bajos no tiene acceso a ellas. En el ámbito socioeconómico, se estima que esta pandemia sumió el año pasado a entre 119 y 124 millones de personas en la más pobreza extrema. Existe evidencia convincente, además, de que la COVID-19 ha exacerbado las brechas de género en el empleo, abandonando las mujeres el entorno laboral en mayor número que los hombres.

Esta situación provocada por la COVID-19 ha inculcado cierto sentido de urgencia a escala mundial para que los gobiernos, los sectores y las comunidades actúen juntos para abordar las inequidades en salud, mejorar los determinantes sociales, económicos y ambientales y permitir el desarrollo del máximo potencial de salud y bienestar de los niños, los jóvenes y sus familias en los entornos donde crecen, viven, juegan, aprenden y trabajan. Son muchos los países que ya están tomando medidas y que se han comprometido a responder a las necesidades de salud y bienestar de todas las poblaciones.

La OMS propone soluciones que pasan por invertir en sistemas sólidos de información, que proporcionen datos fiables y de calidad sobre las desigualdades en salud; implementar políticas de protección social para paliar el impacto del virus en los sectores más desfavorecidos; garantizar la equidad en el acceso a vacunas, pruebas y tratamientos para la COVID-19; conseguir un acceso equitativo a los servicios básicos; y promover la cobertura de Sanidad universal para que todos tengan acceso, sin discriminación, a los servicios de salud.

Esperanza de vida

La esperanza de vida de las personas en países de ingresos bajos es 16 años menor que las de las personas que viven en países de ingresos altos. De las más de 300.000 mujeres que murieron de cáncer de cuello de útero en 2018, casi nueve de cada diez vivían en países de ingresos bajos y medianos. Estos son solo algunos datos proporcionados por la OMS que muestran que la desigualdad entre países es significativa. Pero hay otros datos que llaman la atención, como, por ejemplo, que las tasas de mortalidad de menores de cinco años entre los niños de los hogares más pobres son el doble de altas que las de los niños de los hogares más ricos.

Según una evaluación mundial reciente de la OMS, solo el 51 por ciento de los países han incluido el desglose de datos o seguimiento de la desigualdad en sus informes nacionales de estadísticas de salud publicados. Los datos fiables y de calidad sobre las desigualdades son esenciales para identificar los grupos de personas que se están quedando atrás en la construcción de un mundo más justo y saludable. La capacidad de recopilar datos cualitativos, su disponibilidad y capacidad de análisis es fundamental para orientar los recursos e intervenciones en salud, en el lugar y el momento adecuados.

Los gobiernos deben invertir en los sectores sanitarios y sociales para paliar los efectos de la pandemia entre los más desfavorecidos. En muchos países, las consecuencias socioeconómicas de la COVID-19, a través de la pérdida de puestos de trabajo, aumento de la pobreza, interrupciones en la educación y las amenazas en la nutrición han superado el impacto del virus en la salud pública. Muchos de estos países ya han puesto en marcha planes de protección social para mitigar los efectos provocados por la pandemia y han iniciado un diálogo sobre cómo continuar apoyando a la población en el futuro.

Siguiendo las soluciones propuestas por la OMS, hay que asegurarse de que todas las personas puedan acceder a las vacunas, pruebas y tratamientos para la COVID-19. Para ello, se necesitan mecanismos que optimicen la conectividad de los sistemas de salud, distribuyendo de manera justa los diagnósticos, las terapias y las vacunas dentro de las fronteras nacionales. Compartir dosis, impulsar la fabricación mediante la eliminación de barreras y garantizar un uso efectivo de los datos es clave, según la OMS. La institución recuerda que no podemos descansar hasta que todas las personas tengan acceso a las vacunas, y que debemos garantizar cadenas de suministro sostenibles a largo plazo. En estos momentos de pandemia, las vacunas centran nuestra atención, pero la OMS recuerda que hay que garantizar el acceso también a otros productos sanitarios, como los respiradores o los equipos de protección individual (EPI).

Acceso a la Sanidad

Respecto al acceso a los servicios básicos, la OMS recuerda que son clave para lograr la equidad en salud. Es evidente que la falta de servicios en algunas comunidades atrapa a sus habitantes en una espiral de enfermedad e inseguridad. La OMS propone trabajar para que todo el mundo disponga de una vivienda saludable, en vecindarios seguros, con servicios educativos y recreativos adecuados. Para ello, insta a los decisores mundiales a redoblar sus esfuerzos para que las comunidades rurales dispongan de servicios de salud y sociales, agua y saneamiento, inversión económica para que las personas puedan ganarse la vida de manera sostenible y tengan acceso a las tecnologías digitales.

Para que nadie se quede atrás en la construcción de un mundo más justo y saludable, la última propuesta de la OMS consiste en fortalecer los sistemas de salud orientados a la equidad y basados en el género. Al menos la mitad de la población mundial carece de acceso a servicios de salud esenciales, más de 800 millones de personas soportan la carga del gasto catastrófico de, al menos, el 10 por ciento de sus ingresos familiares en atención médica y los gastos de bolsillo llevan a casi 100 millones de personas a la pobreza cada año. Nadie debería sufrir dificultades económicas al utilizar los servicios de salud.

A pesar de la actual crisis financiera, conviene evitar recortes del gasto público en salud y otros sectores sociales. La OMS recuerda que es probable que tales recortes socaven los objetivos sociales fundamentales, aumenten las dificultades entre las subpoblaciones que ya están en desventaja, debiliten en el desempeño del sistema de salud y aumenten la presión fiscal en el futuro. “Ha llegado el momento de financiar adecuadamente el sector de la salud como motor de crecimiento sostenible y avanzar hacia una mayor equidad en el financiamiento de la salud y una mejor protección financiera para resguardar a los pobres”, insisten desde la Organización Mundial de la Salud.

La Atención Primaria en salud es la piedra angular de un sistema sanitario sostenible para la cobertura universal y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas relacionados con la salud. Los sistemas orientados a los ODS han producido constantemente mejores resultados sanitarios, mayor equidad y mayor eficiencia. Por tanto, un aumento del número de Estados miembros que invierten el 1 por ciento del PIB en Atención Primaria es una medida importante de éxito, según la OMS.

10 millones de empleos

Hay que reducir el déficit mundial de 18 millones de trabajadores de la salud necesarios para lograr la cobertura universal para el año 2030. Esto incluye la creación progresiva de 40 millones de puestos de trabajo. Además, al menos 10 millones de empleos adicionales a tiempo completo en los sectores de la salud y la atención social necesitan ser ocupados a nivel mundial si queremos abordar las necesidades de los que se están quedando atrás en la construcción de un mundo más sostenible y saludable. Las mujeres prestan la mayor parte de la atención sanitaria y social a nivel mundial, sin igualdad de oportunidades para liderarla. Hay que promover la igualdad de remuneración para reducir la brecha salarial y reconocer el trabajo sanitario no remunerado.

“Si bien la situación en que nos encontramos hoy nos brinda una pausa para reflexionar, este es un momento para que todos nos unamos solidariamente en la lucha contra este virus. La historia nos juzgará por las decisiones que tomemos o no en los próximos meses. Aprovechemos la oportunidad y crucemos las fronteras nacionales para salvar vidas y los medios de subsistencia”, ha declarado Tedros Adhanom, director general de la OMS. Urge poner fin a la pandemia provocada por la COVID-19, puesto que solamente en un escenario poscoronavirus podrán reiniciarse las economías de todos los países y comenzar a abordarse otros grandes retos urgentes de nuestro tiempo, como la inseguridad alimentaria, la desigualdad de género y la crisis climática.

El sistema alimentario mundial está roto. Millones de personas se van a la cama con hambre todos los días porque no tienen lo suficiente para comer mientras un tercio de la comida se malgasta o se pierde en algún momento entre la producción y el plato. Muchas familias no tienen los medios para comprar alimentos nutritivos como fruta fresca, verdura, judías secas, carne y leche. Y cuando los alimentos escasean, la higiene, la inocuidad y la nutrición a menudo se desatienden; la población adopta dietas menos nutritivas y consume más alimentos insalubres, en que los peligros químicos, microbiológicos, zoonóticos y otros plantean riesgos para la salud.

Por otra parte, las bebidas y los alimentos con alto contenido en azúcar, sal y grasa son baratos y fáciles de encontrar. Esto crea un rápido aumento del número de personas con sobrepeso u obesas, tanto en los países pobres como en los ricos. Francesco Branca, director del Departamento de Nutrición para la Salud y el Desarrollo de la OMS asegura que casi una de cada tres personas en el mundo padece al menos una forma de malnutrición: “Emaciación, retraso del crecimiento, deficiencias de vitaminas y minerales, sobrepeso u obesidad, y enfermedades no transmisibles no relacionadas con la alimentación”.

Mujeres y salud

Aun cuando se han realizado considerables progresos en los últimos decenios, las sociedades no atienden aún a las necesidades sanitarias de las mujeres en momentos clave de su vida, particularmente en los años de la adolescencia y la vejez, según se indica en el informe de la OMS “Las mujeres y la salud: los datos de hoy, la agenda de mañana”. “Si se niega a las mujeres la oportunidad de desarrollar plenamente su potencial humano, incluidas sus posibilidades de llevar una vida más sana y, al menos, un poco más feliz, ¿está verdaderamente sana la sociedad en su conjunto? ¿Qué nos dice esto acerca del estado del progreso social en el siglo XXI?”, se pregunta la doctora Margaret Chan, directora general de la OMS entre 2007 y 2017. En el mundo, el grueso de la atención sanitaria está a cargo de las mujeres, ya sea en el hogar, en la comunidad o en el sistema de salud y, sin embargo, en esa atención aún no se abordan las necesidades y los problemas específicos de las mujeres a lo largo de su vida.

Las mujeres viven entre seis y ocho años más que los hombres, pero esos años no siempre se acompañan de buena salud. El sida, las dolencias relacionadas con el embarazo y la tuberculosis siguen siendo una de las principales causas de muerte de las mujeres de entre 15 y 45 años. No obstante, a medida que la mujer envejece, las enfermedades no transmisibles pasan a ser las principales causas de defunción y discapacidad, particularmente después de los 45. En todo el mundo, los ataques cardíacos e ictus, con frecuencia considerados problemas “masculinos”, son también las dos principales causas de muerte de las mujeres. Como las mujeres suelen presentar síntomas diferentes, las cardiopatías muchas veces no se diagnostican correctamente.

A pesar de algunas ventajas biológicas, la mujer se ve afectada en su salud por una situación socioeconómica inferior. La falta de acceso a la educación, a cargos de responsabilidad y al ingreso puede limitar las posibilidades de la mujer de proteger la propia salud y la de su familia. Aunque existen grandes diferencias respecto de la salud de la mujer entre las regiones, los países y las clases socioeconómicas, las mujeres y las niñas afrontan problemas similares, en particular la discriminación, la violencia y la pobreza, que aumenta su riesgo de mala salud. “No veremos progresos significativos mientras las mujeres sigan siendo consideradas ciudadanas de segunda clase en tantas partes del mundo”, concluye la doctora Chan. “En muchas sociedades los hombres ejercen el control político, social y económico. El sector de la salud no puede permanecer ajeno a ello. Estas desiguales relaciones de poder se traducen en una desigualdad de acceso a la atención de salud y una desigualdad en el control de los recursos sanitarios”.

Para que los países puedan recuperarse mejor de la pandemia y prepararse para hacer frente a los futuros brotes de enfermedades y otros problemas de salud es necesario trabajar de forma inteligente y rápida en políticas de adaptación a los futuros escenarios climáticos regionales, así como proteger el medio ambiente, sus bienes y recursos. Hay que abordar las causas fundamentales de la exclusión y la pobreza, lograr la igualdad de género, garantizar la seguridad alimentaria y nutricional, el acceso a la educación y aprendizaje permanente, así como la cobertura sanitaria universal de los sistemas de protección social. Es el camino para mantener a toda la sociedad sana y productiva, obstáculos que habrá que salvar si queremos construir un mundo más justo y saludable.

El cambio climático es imparable e irreversible

En estos momentos el desafío global más urgente es, sin duda, el cambio climático. No veremos la marcha atrás, pero está en nuestras manos el grado en el que las consecuencias nos afectarán en las próximas décadas. Dependerá, en parte, de los recortes en emisiones que seamos capaces de hacer a partir de ahora. El 80 por ciento del calentamiento global está ocasionado por el dióxido de carbono (C02) y, desde un punto de vista físico, solo se pueden frenar y estabilizar con emisiones cero. Con una reducción importante de emisiones, seguiríamos viendo un incremento de la concentración de estos gases, pero a menor ritmo, lo que retrasaría alcanzar los límites críticos de temperatura media global (1,5-2 grados) respecto a la época preindustrial. Según los expertos, superar estos límites nos situaría en escenarios climáticos muy peligrosos.

Se espera que entre 2030 y 2050 el cambio climático cause aproximadamente 25.000 muertes adicionales por año, solo por desnutrición, malaria, diarrea y problemas producidos por el calor. Todas las poblaciones se verán afectadas por el cambio climático, pero algunas son más vulnerables que otras. Las personas que viven en pequeños Estados insulares en desarrollo y otras regiones costeras, megaciudades y regiones montañosas y polares son particularmente vulnerables. A pesar de producir muy pocas emisiones de gases de efecto invernadero, las personas que viven en Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (PEID) están en primera línea de los impactos del cambio climático. Estos países enfrentan una variedad de riesgos a largo plazo, incluidos eventos climáticos extremos, como inundaciones, sequías y ciclones, aumento de las temperaturas y aumento del nivel del mar. La mayoría de las islas pequeñas ya tienen una gran carga de enfermedades transmitidas por vectores, alimentos y agua, como malaria, dengue y enfermedades diarreicas.

En este contexto, los más perjudicados son las mujeres y los niños más pobres y marginados. Los niños, en particular los que viven en países pobres, se encuentran entre los más vulnerables a los riesgos para la salud resultantes y estarán expuestos durante más tiempo a las consecuencias para su salud. También se espera que los efectos sobre la salud sean más graves en personas mayores y con enfermedades médicas preexistentes. Las áreas con una infraestructura de salud débil, principalmente los países en desarrollo, serán menos capaces de hacer frente a esta situación.

El descenso de la cantidad de desplazamientos en todo tipo de vehículos a motor, la disminución de la producción industrial y el consumo que han caracterizado el último año de pandemia se ha traducido en menos contaminación, aguas más limpias y cielos más claros. El contexto de la COVID-19 nos ha mostrado oportunidades para hacer frente al desafío que supone el cambio climático y a otros problemas de salud que llegarán en el futuro si queremos construir un mundo más justo y saludable. 22 expertos de todo el mundo convocados por la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) aseguran en un informe que en el futuro surgirán nuevas pandemias con más frecuencia. Se propagarán más rápidamente, tendrán más impacto en la economía y serán más letales. Según estos expertos, 1,7 millones de virus actualmente “no descubiertos” existen en mamíferos y aves, de los cuales entre 631.000 y 827.000 podrían tener la capacidad de infectar a personas. El informe propone un cambio transformador en nuestro enfoque global para hacer frente a las enfermedades venideras desde la prevención, además de la reacción.