En febrero de 2002 se publicó un documento titulado Medical professionalism in the new millenium: a physicians charter firmado por la American Board Internacional Medicine, el American College of Physicians y la Federación Europea de Medicina Interna, con el fin de redefinir los derechos y las libertades de la profesión médica. Dicho documento constituye sin duda uno de los más relevantes para la profesión, porque contiene los estatutos que deben regir la misma.

Consta de tres principios y diez compromisos. El primer compromiso es el de la competencia profesional, en la que los autores expresan que la Medicina es una práctica que requiere una formación a lo largo de toda su vida profesional, con la que los profesionales médicos deben comprometerse, para garantizar la adecuación de sus conocimientos y habilidades clínicas, así como su capacidad de trabajo en equipo, aspectos esenciales para prestar un servicio sanitario de calidad. En un sentido más amplio, esta profesión, en su conjunto, debe velar para que todos sus integrantes sean competentes y asegurar que los médicos tengan acceso a los mecanismos apropiados para cumplir tal objetivo.

Esta necesidad  de que el médico actualice  permanentemente sus conocimientos y perfeccione sus habilidades profesionales de modo que garantice una práctica adecuada es un proceso al que se le ha venido denominando Formación Médica Continuada. Tradicionalmente se ha entendido esta como el conjunto de actividades de formación dirigido a complementar la formación básica o especializada y  la actualización o puesta al día de conocimientos. Se trata de un compromiso personal, ético y profesional del  médico el cual tiene el deber de estar formado y el paciente el derecho de que el médico lo esté.

En el último cuarto del siglo XX surgió un término nuevo conocido como Desarrollo Profesional Continuo (DPC), que tiene un ámbito más amplio que el de la formación continuada. Supone un cambio pedagógico del modelo tradicional centrado en el docente, en el que se hace hincapié en el profesor y en lo que enseña, al modelo enfocado en el discente, en donde se enfatiza en lo que este último aprende. Además también se produce un cambio fundamental en el papel del educador, que pasa  de profesor didáctico a  facilitador de aprendizaje.

El DPC está más orientado hacia la calidad y la implicación del profesional en  su formación. Hace énfasis sobre todo en el individuo, con sus capacidades, sus motivaciones, sus prioridades, en sus necesidades y en las de su entorno profesional  y social, integrándolas en sus objetivos. Aporta un enfoque integrador e involucra al profesional en la detección de sus necesidades de formación, en su propia autoevaluación, en el desarrollo de su capacidad de reflexión y en el ejercicio continuo de su capacidad de aprender para mejorar.

Este cambio de paradigma, sitúa al profesional en el centro del proceso de aprendizaje y le conduce a tomar la iniciativa en este terreno,  convirtiéndose así en el protagonista del mismo y de su propio desarrollo profesional. En este contexto podríamos situar el aprendizaje autodirigido, que es la base de muchas teorías educacionales, especialmente la del aprendizaje de adultos, y que implica la asunción por parte del profesional del desarrollo de su propia  autonomía  en la búsqueda de las mejores estrategias para alcanzar sus propias necesidades de formación.

Siguiendo a Knowles, uno de los padres del aprendizaje autodirigido, la mayoría de nosotros sabemos sólo lo que nos han enseñado; no hemos aprendido cómo aprender. Sin embargo, existe la evidencia de que las personas que toman la iniciativa en su aprendizaje (estudiantes proactivos) aprenden más cosas y mejor que las personas que reciben la enseñanza a través del profesor de forma pasiva, esperando a ser enseñados (estudiantes reactivos).  Los primeros entran en el aprendizaje con más determinación y con una mayor motivación. También tienden a retener y hacer uso de lo que han aprendido mejor y durante un mayor tiempo que los estudiantes reactivos.

Por otra parte, hay que tener en cuenta,  que el aprendizaje autodirigido está más en sintonía con nuestro proceso natural de desarrollo psicológico. Cuando nacemos tenemos una personalidad completamente dependiente. Necesitamos de nuestros padres para protegernos, alimentarnos, orientarnos y tomar decisiones por nosotros. Pero, a medida que crecemos y maduramos, desarrollamos una necesidad psicológica cada vez más profunda de ser independientes, primero, del control de los padres, y después, del control de profesores y otros adultos. Un aspecto esencial de esta madurez es desarrollar la habilidad de tener una creciente responsabilidad de nuestras propias vidas, para ser cada vez más autodirigidos.

Actualmente nos estamos sumergiendo en un mundo en el cual su principal característica es el cambio constante. Este hecho implica unos cambios conceptuales muy importantes en el campo de la educación y el aprendizaje. Esto supone que ya no es realista definir el propósito de la educación como la transmisión de lo que se conoce. En un mundo en el que la vida media de muchos hechos (y habilidades) es de 10 años o menos, la mitad de lo que una persona ha aprendido cuando tenía 20 años  puede quedar obsoleto cuando esa misma persona tenga 30. Por eso, el propósito de la educación debe ser desarrollar la habilidad de investigar. Cuando una persona abandona el colegio o facultad debe tener no sólo los fundamentos del conocimiento adquirido en el curso de su aprendizaje, sino que también, siendo esto incluso más importante, debe tener la capacidad de continuar adquiriendo nuevos conocimientos fácil y hábilmente durante el resto de sus vidas.

Tradicionalmente, pensamos en el aprendizaje como aquello que tiene lugar en los cursos que recibimos (lo que “es enseñado”). Para adecuarnos a nuestro nuevo mundo debemos comenzar a pensar en aprender también de las situaciones que vivimos. Debemos aprender de todo lo que hacemos; debemos de explotar cualquier experiencia como una “experiencia de aprendizaje”.  Aprender significa hacer uso de cualquier recurso, dentro o fuera de las instituciones educativas, para nuestro crecimiento y desarrollo personal.

El modelo tradicional de corte académico se diferencia del modelo profesional más acorde con la metodología educacional de adultos, en varios aspectos: el primero asume que el alumno tiene una personalidad dependiente y que el profesor tiene la responsabilidad de decidir qué y cómo el alumno debe ser enseñado; mientras que el segundo preconiza que las personas crecen en su capacidad (y necesidad) de ser autodirigidos como un componente esencial de su madurez, y se debe alimentar esta capacidad para que se desarrolle tan rápido como sea posible.

El aprendizaje clásico asume que la experiencia del alumno tiene menos valor como recurso de aprendizaje que la del profesor, los libros y otros  materiales; de modo que el profesor tiene la responsabilidad de encargarse de que esta experiencia se transmita al estudiante. En aprendizaje de adultos asume que la experiencia del alumno puede llegar a ser un recurso de aprendizaje de creciente riqueza y que debe aprovecharse junto con los recursos de los expertos.

El aprendizaje tradicional acepta que el alumno está dispuesto a aprender distintas cosas según su nivel de madurez, de forma que un grupo dado de alumnos  aprenderían las mismas cosas si tuvieran el mismo nivel de madurez. Sin embargo, el aprendizaje de adultos asume que cada individuo está preparado para aprender cuando lo requieren las tareas que desarrolla en su vida o para ingeniárselas lo mejor posible con los problemas que le vayan surgiendo. Es decir, cada individuo es un patrón distinto de preparación respecto a los demás.

El aprendizaje clásico asume que los alumnos en su aprendizaje tienen un enfoque orientado a la materia (ven el aprendizaje como la acumulación de contenidos) y por lo tanto las experiencias de aprendizaje deben organizarse de acuerdo a unidades de contenido. El aprendizaje de adultos de forma natural, exhibiría un comportamiento orientado a tareas o centrado en problemas y las experiencias de aprendizaje deberían organizarse como la realización de tareas y proyectos de resolución de problemas.

También el aprendizaje tradicional asume que la motivación de los alumnos responde a recompensas y castigos externos. El aprendizaje de adultos estima que los educandos se motivan mediante iniciativas internas, como la necesidad de estima (especialmente autoestima), el deseo de alcanzar algo, la urgencia de crecer, la satisfacción de haber cumplido, la necesidad de conocer algo concreto y la curiosidad.

Una herramienta educacional importante para desarrollar los principios del aprendizaje de adultos y, en concreto, el aprendizaje autodirigido, es el modelo del ciclo formativo, que constituye la base metodológica de los Planes Personales de Desarrollo Profesional extendidos en el ámbito de la Atención Primaria del Reino Unido. En ellos el profesional asume la iniciativa, con la ayuda de otras personas (mentores), en el diagnóstico de sus necesidades de aprendizaje, la formulación de sus objetivos, la identificación de los recursos necesarios para aprender, la elección y aplicación de las estrategias adecuadas y la evaluación de los resultados de su aprendizaje.

Es preciso destacar que en esta evaluación se tiene en cuenta no solamente el método seguido para  lograr los objetivos propuestos, sino también los cambios que supuso en la práctica clínica el aprendizaje adquirido.

Para concluir, pensamos que es necesario que el médico se sitúe en el centro del proceso de aprendizaje, tome la iniciativa en este terreno y asuma que es el protagonista de su propio desarrollo profesional. Debe empezar a seguir una formación orientada hacia tareas o problemas y sus experiencias de aprendizaje han de organizarse como la realización de actividades  y  proyectos de resolución de problemas. No tiene sentido que el facultativo asista a muchos cursos de manera pasiva con contenidos que no vayan a ser aplicados en su práctica clínica diaria. Podrá obtener muchos créditos, pero no logrará incorporar cambios en su modo de ejercer la profesión. El cambio es el verdadero resultado de la formación.

Al principio seguir este procedimiento le va a suponer un esfuerzo de aprendizaje metodológico, pero con el tiempo acabará integrándolo en su ejercicio profesional como una actitud, una dinámica profesional, una capacidad de aprendizaje continuo.