La calidad de vida es un elemento clave a tener en cuenta en el manejo de las cardiopatías en un paciente de edad avanzada, ya que es bueno garantizar una autonomía funcional y no ser muy exigente con los objetivos analíticos y clínicos, según propone Víctor Ignacio García Suárez, de Avilés.

Su colega de Valladolid, Albino Álvarez Recio, recuerda que el paciente añoso tiene más probabilidades de presentar cardiopatía isquémica, incluso silente, e insuficiencia cardiaca. Estas condiciones pueden ser de mayor gravedad si se asocian a obesidad, hipertensión, diabetes y neuropatías, lo que dificultan reconocer sus síntomas, a lo que también hay que añadir problemas de fragilidad, deterioro cognitivo y depresión. Por eso, el manejo de un paciente de estas características debe perseguir mejorar los síntomas, reducir la morbilidad y evitar nuevos accidentes cardiovasculares. De esta forma, los mayores esfuerzos deben ir encaminados a la prevención, sin olvidar el control de los factores de riesgo cardiovascular. Estos pacientes tienen un mayor riesgo de presentar nuevos episodios por lo que deben ser controlados de forma más estricta y con unos objetivos exigentes. Es necesario incidir en las modificaciones en el estilo de vida, donde abandonar el hábito tabáquico, una dieta mediterránea, evitar el sobrepeso, limitar la sal, moderar el consumo de alcohol, potenciar la actividad física y el control de los factores de riesgo deben ser pautas claves que adopte el paciente.

Principal causa de morbimortalidad

Por su parte, José Enrique López Paz, de Santiago de Compostela, recuerda que las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de morbimortalidad en los ancianos. Más del 80 por ciento de las muertes en mayores de 65 años se debe a estas causas, donde la enfermedad coronaria ocupa el primer puesto.

La cardiopatía isquémica es una enfermedad progresiva y su manejo también tiene que serlo. De esa forma, se irá adaptando el tratamiento a cada una de las fase de la enfermedad. Lo que está claro que las pautas higiénico-dietéticas tienen que estar en el primer escalón del tratamiento, independientemente de la pauta farmacológica, ya que el estado nutricional tiene una gran influencia en la prevención y manejo de la enfermedad, donde mantener a raya los factores de riesgo se traduce en una menor morbimortalidad y una mejora de la calidad de vida.

En este sentido, Virginia Pérez Hernández, de La Rioja, insiste en que la dieta sin sal y baja en grasas, junto con el ejercicio físico adaptado a las necesidades del paciente, es clave para mantener una buena calidad de vida.

Recomendaciones

Con respecto a las recomendaciones del tratamiento del paciente añoso, Albino Álvarez Recio comenta que son similares a las de la población general, con la salvedad de que necesitan menores dosis por tener la función renal y hepática deprimida. Con lo primero que hay que empezar es con modificaciones en el estilo de vida y control de los factores de riesgo para seguir con el tratamiento farmacológico apoyado en dosis bajas de aspirina, antiagregantes cuando sean necesarios, IEAC o ARA II, betabloqueantes, estatinas y otros antianginosos.

Y es que el manejo farmacológico debe ser individualizado, tal y como propone Virginia Pérez Hernández, donde hay que tener en cuenta las enfermedades concomitantes y la edad del paciente. En este sentido, la especialista puntualiza que las estatinas hay que emplearlas con prudencia por la mayor prevalencia de rabdomiolisis en dicho grupo poblacional.

El control de estos pacientes tienen que ser también individualizado, según la edad, el estado general y la comorbilidad, pero en líneas generales los controles deben establecerse cada tres meses.

Así, Ángel Sebastián-Leza, médico general, recuerda que no es conveniente sobrecargar al paciente con citas y evitar, en la medida de lo posible, medicalizarlo. Es bueno hablar con él sobre el tema y respetar su opinión siempre que sea posible.

En conclusión, Albino Álvarez Recio comenta que para conseguir un buen control en este tipo de pacientes es indispensable una buena coordinación entre los diferentes profesionales, médicos, enfermeras y rehabilitadores, y los distintos niveles asistenciales. El especialista también destaca la importancia que tiene ofrecer una información adecuada y una educación sanitaria para pacientes y familiares con el fin de obtener una concienciación sobre la enfermedad para que se impliquen en el control de los factores de riesgo y de la medicación.