El cáncer engloba más de 100 trastornos y uno de ellos es la leucemia, cuya característica esencial consiste en que un grupo de células anómalas de la sangre comienza a proliferar de manera incontrolada. Dichas células anómalas se infiltran en la médula ósea, invaden la sangre y otros órganos, y a la vez impiden la producción de células normales.

Aunque se trata de una enfermedad que puede afectar tanto a adultos como a niños, en estos últimos supone el 70% de los cánceres, lo que la convierte en el cáncer más frecuente entre la población infantil.

En nuestro país las cifras revelan que cada día once personas son diagnosticadas de leucemia y, aunque gracias a la investigación científica los índices de curación de esta enfermedad han experimentado un notable incremento en los últimos años, lo cierto es que resulta fatal para un 30% de los niños afectados y un 50% de los adultos. Su incidencia es mayor en los varones y en sujetos de raza blanca. No es una enfermedad hereditaria ni contagiosa y las únicas posibilidades de curación las ofrece el tratamiento médico especializado.

Tipos

Según explica la Fundación José Carreras, en condiciones normales la producción de células sanguíneas tiene lugar a medida que el cuerpo precisa de ellas, por tanto, el proceso se sucede de manera controlada.

De acuerdo con la citada Fundación, existen dos tipos de leucemia, clasificadas según la rapidez de progresión de la enfermedad: agudas o crónicas. En las leucemias agudas, las células sanguíneas anómalas son muy inmaduras (blastos) y por tanto incapaces de llevar a cabo sus funciones normales. La cifra de blastos aumenta de forma rápida, el proceso empeora con rapidez y se producen múltiples síntomas.

En las leucemias crónicas también se detecta la presencia de células blásticas, pero generalmente éstas suelen ser más maduras, lo que les permite realizar algunas de sus funciones normales. Por otra parte, el número de blastos en este caso aumenta con menor rapidez que en la leucemia aguda, por lo que la evolución de la enfermedad es más lenta, lo cual conlleva que permanezca asintomática durante mucho tiempo.

Síntomas

En la leucemia aguda, los síntomas aparecen de forma precoz y se agravan con rapidez, mientras que en la leucemia crónica los síntomas pueden permanecer ocultos durante largo tiempo y, cuando aparecen, suelen hacerlo de forma leve al principio, pero pasan a empeorar progresivamente. Es frecuente que el diagnóstico de una leucemia crónica se produzca durante un examen de rutina, en ausencia de cualquier sintomatología.

Las células leucémicas se acumulan en primer lugar en la médula ósea, donde impiden que la producción de glóbulos rojos, plaquetas y leucocitos se realice de manera normal. Al disminuir por esta causa la producción de glóbulos rojos, el transporte de oxígeno a través del organismo se ve dificultado, lo cual acarrea al paciente una anemia que se manifiesta con palidez, sensación de cansancio y debilidad.

Cuando no existen suficientes plaquetas, el enfermo sangra con suma facilidad y es frecuente la aparición de equimosis (coloración en forma de mancha azulada debida a la ruptura de un vaso sanguíneo bajo la superficie de la piel) y petequias (pequeñas manchas en la piel formadas por la efusión de sangre, que no desaparecen cuando se presiona con el dedo).

Bajas defensas

El déficit de leucocitos y el mal funcionamiento de las células leucémicas deja al organismo indefenso ante las infecciones, lo cual explica por qué los enfermos con leucemia sufren infecciones recurrentes, es decir, reaparecen después de un intervalo de tiempo.

De acuerdo con la Fundación José Carreras, en las leucemias agudas las células anómalas pueden agruparse en distintas zonas del sistema nervioso central, sobre todo en cerebro y médula espinal, tras lo cual producen jaquecas, vómitos, pérdida del control muscular, estado de confusión y convulsiones. Si las células se concentran en la zona testicular pueden producir dolor e inflamación. Algunos pacientes pueden presentar infiltración cutánea u ocular. La leucemia puede, asimismo, afectar al aparato digestivo, el hígado, el bazo, los pulmones y otras partes del cuerpo.

En las leucemias crónicas, las células sanguíneas anómalas también pueden concentrarse, aunque de forma gradual, en distintas partes del cuerpo, como el sistema nervioso central, los ganglios linfáticos, el hígado, el bazo, el aparato digestivo, la piel y los testículos.

La leucemia infantil

El tipo de cáncer infantil más frecuente es la leucemia linfoide (o linfoblástica) aguda. En concreto, en nuestro país se diagnostican cada año cerca de 400 nuevos casos de tumores infantiles linfoides (leucemias y linfomas). “Lo mejor que se puede decir acerca de la leucemia linfoblástica aguda (LLA) infantil es que es, sin duda, una de las áreas de la Medicina donde la investigación ha sido más exitosa en el tratamiento de los pacientes. El porcentaje de pacientes que responden (mejoran clínicamente) con el tratamiento inicial está por encima del 90%. Y lo que es más importante, la tasa de supervivencia libre de enfermedad, es decir, la proporción de pacientes que no presentan complicaciones o recaídas en los 5 años posteriores a la curación, estuvo por encima del 80% en los años noventa y se sitúa, actualmente, cercana al 90%. Es un mensaje extraordinario y que no tiene comparación con ningún otro tipo de cáncer”, concluye Juan C. Cigudosa, del Instituto de Salud Carlos III.

Punción medular

Para el diagnóstico, además de la historia clínica exhaustiva que realiza el médico, la exploración del hígado, bazo y de los ganglios linfáticos localizados en la zona de las axilas, las ingles y el cuello, se efectúan minuciosos análisis de sangre para confirmar la existencia de la enfermedad. Pero para especificar de qué tipo de leucemia se trata, el especialista procederá a examinar la médula ósea del paciente mediante una punción que habitualmente se lleva a cabo en el hueso de la cadera o el esternón, de donde extraerá una pequeña cantidad de grumo medular para examinarla al microscopio. Otro procedimiento de uso frecuente es la biopsia medular. En ella, se utiliza una aguja de mayor tamaño a fin de obtener igualmente una pequeña porción de médula y de hueso.

Tratamiento complejo

De acuerdo con la Fundación José Carreras, el tratamiento de la leucemia es complejo: varía según el tipo de leucemia y no suele ser el mismo para todos los enfermos. La terapia se establece acorde con las características específicas de las células leucémicas detectadas, la extensión de la enfermedad, la edad y el estado general del enfermo.

La leucemia aguda requiere tratamiento inmediato. Una vez alcanzada la remisión (la enfermedad ya no se detecta) se administran nuevos ciclos de tratamiento para prevenir recaídas. Las posibilidades de curación son elevadas, aunque muy variables según el tipo de leucemia y la edad del paciente.

Los pacientes que no presentan síntomas, aunque no requieran un tratamiento inmediato, sí deben someterse a controles periódicos para evitar que progrese la enfermedad. Un tratamiento adecuado ayuda a controlar el trastorno y sus síntomas. La mayoría de pacientes que sufren leucemia son tratados con quimioterapia, pero las posibilidades de una curación total con quimioterapia convencional son muy escasas, de ahí que algunos enfermos tengan que recibir asimismo radioterapia o ser candidatos a un trasplante de médula ósea.

Trasplante

Según la procedencia del donante, existen dos tipos de trasplante de médula ósea: el autólogo o autogénico, que es una especie de autotrasplante (las células madre proceden del mismo paciente) y el denominado trasplante alogénico, en el cual las células madre proceden, generalmente, de un familiar próximo. El riesgo es mucho mayor -entre un 20% y un 25%- en los alogénicos, mientras que en los autogénicos este riesgo se sitúa en un 10%.

Si bien clásicamente los trasplantes se realizaban con progenitores hematopoyéticos extraídos de la médula ósea, en la actualidad se efectúan con progenitores obtenidos de la sangre venosa y de la sangre de cordón umbilical. En este sentido es importante conocer que la sangre del cordón umbilical de un recién nacido contiene de forma natural una alta cantidad de células madre, capaces de ser trasplantadas y repoblar la médula.

Donantes, una oportunidad

La existencia de un donante de médula ósea significa una posibilidad de curación, de tal manera que cuantos más donantes existan, mayores son las posibilidades de curación para los enfermos de leucemia. Las estadísticas revelan que desde la realización, en 1979, del primer trasplante de médula procedente de un donante no emparentado, los progresos son muy esperanzadores, puesto que la expectativa de vida de los enfermos ha crecido en un 60%.

A este respecto es imprescindible citar a la Fundación Internacional Josep Carreras, que tiene puestas sus esperanzas en el trasplante de médula ósea como una de las mejores soluciones terapéuticas para la curación total de la leucemia.

Por su parte, el Registro Español de Donantes de Médula Ósea (REDMO) es el mejor instrumento para hacer realidad un trasplante de médula ósea, dado que sólo uno de cada cuatro pacientes dispone de un donante familiar compatible; el resto ha de recurrir a un donante voluntario o al trasplante de la propia médula.

REDMO es el programa oficial encargado de coordinar la promoción y búsqueda de donantes voluntarios para realizar trasplantes a pacientes que no disponen de familiar compatible, y tiene acceso a la Red Internacional de Registros Internacionales de Médula Ósea que cuenta hoy con más de 8,5 millones de donantes voluntarios de médula.

Para ser donante

La donación de médula ósea no deja secuelas, la médula del donante se regenera en pocos días y la estancia en el hospital es de sólo 24 horas. Quien desee ser donante sólo debe cumplimentar un formulario y someterse a una extracción de sangre, como para un análisis de rutina, con el fin de determinar la tipología de histocompatibilidad HLA (antígenos de histocompatibilidad leucocitaria).

Deberá tener entre 18 y 55 años, no sufrir una enfermedad cardiovascular, renal, pulmonar, de hígado u otras afecciones crónicas que requieran tratamiento continuado, y no presentar antecedentes de análisis positivos para las infecciones de los virus de hepatitis B, C y sida.