Algunos padres han pasado

por la angustiosa experiencia

de ver a su hijo sufrir

una convulsión febril,

situación que ocurre cuando

la fiebre es superior a 38º C,

causando en algunos niños rigidez,

pérdida de conciencia,

lividez en los labios y, tras la

quietud, sacudidas en piernas

y brazos. En pocos minutos el

niño recobra el conocimiento,

algo confuso y adormilado, y

poco a poco se recupera por

completo.

Afecta a niños de entre

seis meses y cinco años de

edad, aunque la mayoría de

los casos aparecen alrededor

de los dos años, justo cuando

suelen darse la mayoría de los

procesos infecciosos que cursan

con fiebre.

Los padres que pasan por

esta experiencia, en general,

no deben preocuparse. El 90

por ciento de las crisis convulsivas

son las denominadas “típicas”,

de carácter benigno y

caracterizadas por ser aisladas

(un solo episodio), duran menos

de quince minutos, afectan

a todo el cuerpo y los niños

se recuperan en poco

tiempo.

Por el contrario, la convulsión

“atípica” es la que se produce

durante un período superior

a los quince minutos, es

múltiple, afecta parcialmente

al cuerpo y la recuperación es

lenta. Estos casos precisan realizar

un estudio neurológico

que descarte algún tipo de

epilepsia u otro proceso.

Sin muchas

respuestas

Los especialistas no saben a

ciencia cierta porqué unos niños

tienen convulsiones febriles

y otros no. Lo que sí se conoce

es que las convulsiones

febriles, como su propio nombre

indica, van de la mano de

la fiebre, aparecen súbitamente,

son transitorias y en su

mayoría acontecen tras una

infección vírica leve, como un

catarro o la fiebre causada por

la reacción a una vacuna. Las

investigaciones además han

destapado la existencia de

una predisposición genética

en algunos casos, de modo

que en un 20-30 por ciento

de los niños que sufren una

convulsión febril, uno de sus

padres también pasó por ella

en la infancia.

En definitiva, las convulsiones

febriles afectan a entre 3 y

5 niños de cada 100, una cifra

que puede parecer pequeña

pero que cobra más fuerza al

comprobar que equivale a 1 ó

2 niños de una guardería.

Un 35 por ciento de casos

pasan por un episodio de crisis

convulsiva más de una vez en

su vida, situación no demasiado

importante siempre que esta

recurrencia cese antes de

que el niño cumpla los cinco o

seis años; en caso contrario será

necesario un estudio médico

más profundo para descartar

otros trastornos. Estos

niños presentan mayor probabilidad

que el resto de padecer

epilepsia en el futuro, aunque

este riesgo es también

muy pequeño. De hecho, sólo

uno de cada cien niños con

convulsiones febriles, sin ninguna

otra enfermedad neurológica,

padecerá epilepsia.

El diagnóstico

Ante una crisis convulsiva,

mantenga la calma, espere a

que la convulsión haya pasado

o a que pasen los diez primeros

minutos si ésta no cesa y

acuda al servicio de urgencias

más cercano. Una vez allí es

importante que indique detalladamente

cuánto tiempo ha

durado la convulsión, si ha tenido

uno o varios episodios y

si afectaron a todo el cuerpo o

sólo a una parte, si el niño

desviaba los ojos durante la

crisis y cómo y cuándo comenzó

la fiebre. El médico

también querrá saber si el niño

está pasando por algún

proceso infeccioso, cómo se

ha recuperado de la convulsión

y si ha sido diagnosticado

de epilepsia. Toda esta información

ayudará a un diagnóstico

certero.

En base a estos datos y a

una exploración neurológica,

el médico decidirá si se trata

de una convulsión típica o atípica

y actuará en consecuencia.

Si es típica lo más probable

es que no realice ninguna

prueba más y de el alta al niño.

A pesar de lo alarmante de

una convulsión febril, en la

mayoría de los casos desaparece

por sí sola y el niño se recuperará

totalmente sin ninguna

secuela.

Si la convulsión es atípica

el médico se puede plantear

realizar algún estudio para saber

si es benigna o si tras ella

se esconde un problema más

importante como una epilepsia

o una infección del sistema

nervioso central, entre otros.

La prevención

Aunque la última palabra la

tiene el pediatra, la tendencia

actual en una convulsión febril

típica es no utilizar tratamientos

preventivos ante todo proceso

de fiebre por el que pasen

los niños. No tenga miedo

de la fiebre, déle a su hijo un

antitérmico suave y evite que

la temperatura le suba y le baje

bruscamente. Es cierto que

existen medicamentos anticonvulsivos

que los niños que

ya han tenido una convulsión

pueden tomar a diario hasta

que cumplan los cinco años y

otros que pueden tomar cuando

aparezca la fiebre, pero los

efectos secundarios ganan en

importancia al hecho de que

puedan disminuir la aparición

de una nueva convulsión y

más cuando realmente la mayoría

de los niños nunca pasan

por otro episodio.

Lo que sí se suele hacer es

prevenir la aparición de las infecciones

que provocan fiebre.

Hay algunas, como los catarros

que cogen los niños en la guardería,

para los que no se puede

hacer nada, pero en otros casos

existen vacunas capaces de

combatir la infección y que por

tanto pueden recibir todos los

niños, hayan tenido o no una

convulsión. Como con la vacunación

hay que tener cierto

cuidado para que la fiebre no

haga acto de presencia, la recomendación

habitual es que

se prescriban antitérmicos: una

dosis justo antes de la administración

de la vacuna y durante

las 24 horas siguientes, según

la pauta acostumbrada.

EN RESUMEN…

» Las convulsiones febriles son frecuentes en niños de 6

meses a 5 años.

» A pesar de lo alarmantes que resultan, el niño se recupera

totalmente y no habrá ninguna repercusión posterior.

» Lo más importante es mantener la calma y cuidar del niño, evitando, entre otras cosas, accidentes de tráfico por la precipitación y el nerviosismo que se siente cuando, en estas circunstancias, se sale en busca de atención médica urgente.

FUENTES: Asociación Española de

Pediatría y Asociación Española de

Pediatría de Atención Primaria.

Más información:

www.aeped.es

www.aepap.org