El Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) ha coordinado el primer documento de consenso internacional sobre recomendaciones para la realización de resonancia magnética en ensayos clínicos o investigación experimental en infarto de miocardio. En él se concluye que el tamaño del infarto absoluto debe ser el objetivo principal a valorar en los estudios que evalúen el efecto de nuevos tratamientos en este contexto, y se recomienda que la prueba de resonancia magnética se debería realizar entre el día 3 y 7 tras el infarto.

El documento, que se ha publicado este lunes en Journal of the American College of Cardiology, es el resultado de una conferencia internacional, que contó con el apoyo de Philips, realizada en el CNIC y que reunió a un grupo multidisciplinar de 16 expertos internacionales en este campo de EE.UU., Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Suecia, Holanda, Grecia, Suiza, Singapur y España. Surgió de la necesidad de guiar a la comunidad cardiovascular para la aplicación de los mejores protocolos, las mejores técnicas y las situaciones más adecuadas para realizar una resonancia magnética tras un infarto.

Ha estado liderado por Borja Ibáñez, director del Departamento de Investigación Clínica del CNIC, cardiólogo del hospital Fundación Jiménez Díaz y miembro del CIBERCV, y por Valentín Fuster, director General del CNIC, director del Instituto Cardiovascular y director médico del Mount Sinaí Hospital de Nueva York.

Uno de los coautores, Rodrigo Fernández-Jiménez, explica que “según la evidencia científica, el periodo de tiempo entre 3 y 7 días tras el infarto es donde las medidas de resonancia magnética son más estables y están menos afectadas por los cambios rápidos que sufre el corazón para intentar auto-repararse. Esta ventana temporal es además logísticamente factible, ya que la gran mayoría de los pacientes permanecen ingresados en el hospital al menos tres días tras padecer un infarto. Esta es la ventana de tiempo que deberían utilizar los ensayos clínicos en esta patología”, apunta.

Por su parte, Borja Ibáñez resalta las importantes implicaciones de este tipo de documentos, que “sirven de guía para que se homogeneicen las pautas de uso de esta herramienta tan potente. En la actualidad hay multitud de ensayos clínicos que utilizan esta técnica para evaluar el resultado principal, pero es muy complicado comparar unos estudios y otros debido a que se utilizan protocolos muy diferentes”.

En opinión de Fuster, “la resonancia magnética es una de las mejores pruebas para estudiar el corazón tras un infarto. Permite analizar su anatomía, función y composición del tejido de una forma muy precisa sin necesidad de utilizar radiación. Es la prueba ideal para evaluar el efecto de nuevas terapias en el infarto agudo de corazón. Sin embargo -añade- no existían recomendaciones sobre las medidas a realizar en los estudios de resonancia magnética y el momento de hacerlas para evaluar el efecto de estas terapias”.

El documento ha contado con autores como David García-Dorado del CIBERCV y Javier Sánchez-González, científico físico de Philips que trabaja en CNIC. Este último sostiene que “la tecnología de resonancia magnética permite una evaluación muy exhaustiva de los procesos que ocurren en el tejido cardiaco y es, sin duda, la herramienta más potente existente para este objetivo. Las nuevas técnicas de mapeo del corazón nos están ayudando a comprender procesos que ocurren en el corazón infartado que antes sólo podíamos ver en la anatomía patológica. La posibilidad de verlas en vivo y de manera inocua para el paciente es sin duda uno de los grandes avances de la medicina”.