Dos profesores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) han propuesto un nuevo enfoque para estimar los riesgos de la exposición a la COVID-19 en diferentes ambientes interiores.

La pauta que han desarrollado sugiere un límite para el tiempo de exposición, basado en el número de personas, el tamaño del espacio, los tipos de actividad, si se usan mascarillas y las tasas de ventilación y filtración.

Su análisis, publicado en la revista ‘PNAS’, se basa en el hecho de que, en los espacios cerrados, las minúsculas gotas portadoras de patógenos emitidas por las personas al hablar, toser, estornudar, cantar o comer tienden a flotar en el aire durante largos periodos y a mezclarse bien en todo el espacio por las corrientes de aire.

En lugar de una simple respuesta de sí o no sobre si un determinado entorno o actividad es seguro, proporciona una guía sobre el tiempo que una persona podría esperar con seguridad realizar esa actividad, ya sea unos minutos en una tienda, una hora en un restaurante o varias horas al día en una oficina o un aula, por ejemplo.

Ajuste en el parámetro de transmisibilidad

Aunque su modelo se basaba inicialmente en la transmisibilidad de la cepa original del SARS-CoV-2 a partir de los datos epidemiológicos de los primeros episodios de propagación mejor caracterizados, desde entonces han añadido un parámetro de transmisibilidad, que puede ajustarse para tener en cuenta las mayores tasas de propagación de las nuevas variantes emergentes.

Según los autores, las reglas simples, basadas en la distancia o los límites de capacidad de ciertos tipos de negocios, no reflejan la imagen completa del riesgo en un entorno determinado. “En algunos casos, el riesgo puede ser mayor de lo que transmiten esas simples normas; en otros, puede ser menor”, detallan.

Sus cálculos se basaron en inferencias realizadas a partir de varios eventos de propagación masiva, en los que se disponía de datos detallados sobre el número de personas y su rango de edad, el tamaño de los espacios cerrados, el tipo de actividades (cantar, comer, hacer ejercicio, etc.), los sistemas de ventilación, el uso de mascarillas, la cantidad de tiempo empleado y las tasas de infección resultantes. Entre los eventos que estudiaron se encuentra, por ejemplo, el Skagit Valley Chorale en el estado de Washington, donde el 86 por ciento de los ancianos presentes se infectaron en un ensayo del coro de dos horas.