En líneas generales, los pacientes diabéticos creen tener un buen estado de salud, pese a que ser diabético se considera encontrarse ya en una de las situaciones de mayor riesgo cardiovascular. Una encuesta realizada por la Sociedad Española de Diabetes (SED), el Grupo de Estudio de la Diabetes en Atención Primaria de la Salud (redGDPS), la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI) y la Federación de Diabéticos Españoles (FEDE) puso de manifiesto que un número importante de pacientes diabéticos no cambia su estilo de vida ni tiene una verdadera conciencia de enfermedad; prueba de ello es que un 16 por ciento continuaban fumando, el 26 por ciento tomaba alcohol y hasta el 33 por ciento no realizaba ejercicio, pese a considerar al deporte como un medio de promoción de la salud.

Y es que los pacientes tienen baja conciencia de las consecuencias de la enfermedad, porque no la comprenden o la desconocen. De hecho, la educación para la salud ha demostrado beneficios en los cuidados de los pacientes con insuficiencia cardiaca. Entender la enfermedad, sus síntomas, sus consecuencias y empoderar al enfermo son de las herramientas más útiles y que más impacto tienen en el estado de salud de nuestros pacientes. De ahí, la importancia de los programas de salud y las campañas de concienciación.

En este contexto, hay que tener en cuenta que el nivel sociocultural es uno de los factores más importantes que afectan a cómo afronta el paciente su enfermedad, ya que suele determinar el grado de comprensión de la enfermedad y de su tratamiento. Este aspecto es clave para conseguir una buena adherencia terapéutica y para seguir unos hábitos de vida saludables.

Hábitos saludables

Porque la diabetes es una enfermedad crónica, modificable y, por eso, se plantea reforzar las conductas de autocuidado que posee el paciente, promover otros elementos como una rutina de ejercicio frecuente, abstención al hábito tabáquico y enfatizar la autovigilancia de valores de glicemia capilar, lo que conlleva una buena adherencia terapéutica, y a las normas nutricionales, centrada en una alimentación balanceada, con carbohidratos complejos, evitando el consumo de azúcares refinados y grasas saturadas, una adecuada distribución de raciones de frutas y verduras, haciendo mayor énfasis en la integración de rutinas de ejercicio y destacando sus beneficios.

El tratamiento se basa en los fármacos antidiabéticos disponibles, sin dejar de prestar atención a la dieta y a la actividad física. Así, la estrategia terapéutica se debe de priorizar en función de la HbA1c y de la situación clínica del paciente, como puede ser insuficiencia renal, enfermedad cardiovascular, obesidad, edad y hábitos tóxicos, como el tabaquismo o el alcohol.

Clínica diaria

Por ejemplo, una aproximación sería el paciente con una HbA1c inferior a 8 y que no presenta comorbilidad. En esta situación hay que plantear un cambio en los estilo de vida con ejercicio y dieta durante tres meses. Si no se consiguen los objetivos, hay que añadir metformina  o un iDDP4. Hay que recordar que un 80 por ciento de los pacientes diagnosticados de DM2 tienen sobrepeso y/o obesidad, por lo que la reducción de peso será objetivo principal. Por eso, los fármacos que ayudan a perder peso, como la metformina y los inhibidores SGLT2 o los análogos de los GLP1, son importantes tenerlos en cuenta.

En cuanto a la actividad física, es importante recomendarla teniendo siempre en cuenta las características del paciente. Con unos 150 minutos de actividad física moderada a la semana puede ser suficiente.

También, hay que evitar las sulfonilureas por los efectos secundarios graves, como es la hipoglucemia.  En el caso de asociarla por mal control, se deberá optar por la glicazida. Las insulinas basales son una buena opción en caso de mal control o con HbA1c superior a 10.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores Juan Fernando Fernández, Roque Lucas, Valentín Ferrán, Xavi Quiroga y Javier Limeres.