La obesidad es uno de los mayores problemas de los países desarrollados y emergentes, por las importantes consecuencias sobre la salud, pero también por el enorme gasto que genera. Las personas obesas tienen mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y respiratorias, diabetes o poliartrosis. Prevenir el exceso de peso haría disminuir la prevalencia de todas ellas y, por tanto, descender el gasto sanitario, así como aumentar la calidad de vida de los pacientes.

En España, un cuarto de la población tiene sobrepeso u obesidad, y se observa un aumento entre los adolescentes, de modo que en 20 o 30 años muchos de ellos presentarán diabetes tipo 2, lo que hace prever que se triplique o cuadruplique el gasto y una dificultad para la sostenibilidad del sistema sanitario. Planes contra la obesidad, que incluyan medidas de concienciación a la población y educación sanitaria en hábitos saludables, así como la implicación de la industria alimentaria, forman parte de la solución.

La obesidad dificulta el tratamiento de la diabetes

Entre el 80 y el 90% de las personas con diabetes tipo 2 son obesas, de lo que se deduce que la obesidad no es solo un factor de riesgo para enfermedades cardiovasculares, sino para el desarrollo de la diabetes. Por tanto, los dos factores de riesgo no solo se suman entre sí para la aparición de enfermedades cardiovasculares, sino que se multiplica por tres o por cuatro el riesgo de padecerlas.

La obesidad dificulta el control de la diabetes, entre otros motivos, porque estas personas suelen estar afectadas psicológicamente por el problema de exceso de peso, lo que las lleva a afrontar peor su patología. Además, tienen más probabilidad de sufrir artrosis de rodilla o de cadera, lo que dificulta el ejercicio físico, uno de los pilares del tratamiento de la diabetes. El paciente obeso y diabético se hace más sedentario y entra en un círculo vicioso del que es difícil salir.

A ello se suma que en estas personas disminuye la sensibilidad a la insulina, siendo la respuesta un incremento de la secreción de insulina por el aumento en la masa de las células beta del páncreas. Por tanto, los fármacos son menos eficaces y cada vez se necesita mayor dosis de insulina para controlar las hiperglucemias. Esto tiene como consecuencias el aumento de hambre entre comidas, por lo que, si ingiere alimentos gana peso y si no lo hace para evitar engordar corre el riesgo de que se presente una crisis de hipoglucemia. Al disminuir el peso, se consigue un mejor control de la glucemia, de modo que se disminuye la dosis de fármacos progresivamente para evitar riesgo de hipoglucemias.

Otro hecho que dificulta el tratamiento del paciente diabético obeso es que hay que seleccionar fármacos que no favorezcan el aumento de peso, por lo que en ocasiones dejan de beneficiarse de medicamentos eficaces.

La diabetes, una de las principales comorbilidades en obesidad

La primera comorbilidad que suele aparecer en el paciente con obesidad son los problemas respiratorios, siendo frecuente el síndrome de la apnea del sueño. Los síntomas que este presenta son la presencia de ronquidos, mala calidad del sueño e hipersomnia diurna, lo que provoca que vea mermada su concentración, con un importante impacto sobre la calidad de vida, sobre todo durante los primeros años.

Otras de las comorbilidades son los procesos degenerativos artrósicos, que como se ha comentado dificultan la pérdida de peso, así como la hipertensión arterial, que en pacientes obesos es tres veces mayor, y la dislipemia, implicada en el desarrollo de la arterioesclerosis.

La HTA y la dislipemia hacen aumentar el riesgo cardiovascular, por lo que es fundamental el control del LDL. Si se realiza un correcto seguimiento de la medicación, tanto la hipertensión como la dislipemia pueden controlarse en el 60-70% de los casos. Sin embargo, no solo el colesterol, sino el tipo de anormalidad metabólica son causas de mortalidad en este tipo de pacientes.

La diabetes es la comorbilidad que más condicionará la calidad de vida, sobre todo en los últimos años, a causa de sus consecuencias, como cataratas, pérdida de visión, dolores por neuropatía y arteriopatía diabética, insuficiencia renal y complicaciones cardiovasculares como cardiopatía isquémica, accidente cerebrovascular, embolia pulmonar o enfermedad tromboembólica generalizada.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores Lucas Cano, Luis Escobar, Adolfo Bolea, Eugenio Sánchez, Luciano López, José Luis Cidra, Mari Carmen Vela, Domingo Barras, Rafael Gimeno, Moisés Madueño, Francisco Carlos Carramiñana, José Raúl López, Antonio Cordero, Juan Carlos Lisbona, Moisés Morely, Ramón Nogués, Francisco J. Ramírez, Juan Antonio Carrillo, Manuel Delgado y Angel Enrique Caballero.