La realización de ejercicio físico de forma regular, una o dos veces por semana, junto con una alimentación sana y equilibrada, constituye uno de los principales pilares responsables de modificar el riesgo cardiovascular de un paciente. Además, en el caso del ejercicio físico, comporta un valor añadido en la salud pues aumenta el ritmo cardiaco, la contracción de los músculos del corazón, disminuye la presión arterial, aumenta la masa muscular, disminuye la grasa corporal y la ansiedad.

Sin embargo, el ejercicio físico extenuante y sin ningún control médico tiene a largo plazo una repercusión negativa en el paciente con patología cardiovascular, ocasionando situaciones de estrés metabólico y muscular que desembocan en isquemia muscular, cardiaca o cerebral.

Y es que el ejercicio es un agente de importancia en el mantenimiento de la salud y en la prevención de diversas enfermedades. El papel de la actividad física en la prevención y control de las enfermedades crónicas está documentado a lo largo de la literatura científica. El cuidado en la enfermedad coronaria, la hipertensión, la diabetes, la obesidad, el cáncer, la osteoporosis y la salud mental se han relacionado muy claramente con actividad física y el ejercicio.

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El ejercicio se está empezando a utilizar más ampliamente en la prevención de las enfermedades que son más prevalentes. Aún así, los médicos necesitan más formación en este campo con el objeto de que prescriban más frecuentemente la actividad física. Las personas que realizan ejercicio físico de acondicionamiento, como andar, correr o nadar,  aumentan seis o más veces su metabolismo basal y tienen un riesgo 60% más bajo de padecer infartos de miocardio.

La práctica de ejercicio físico vigoroso en la edad adulta confiere una protección frente a lo cerebrovasculares, tanto tromboembólicos como hemorrágicos. Este efecto es independiente de otros factores. Más aún, el ejercicio es esencial en restablecer la función tras un accidente cerebrovascular, un beneficio no compartido con el tratamiento farmacológico o la cirugía. El ejercicio aeróbico ayuda a controlar la presión sanguínea. Así, la realización de actividad física es un tratamiento efectivo para la hipertensión leve y moderada, y es una ayuda importante para el tratamiento de la hipertensión grave.

De esta forma, muchos pacientes que se impliquen en un programa de actividad física de forma regular pueden reducir su presión arterial sin necesidad de tomar medicamentos. El grado de reducción de la presión sanguínea depende del tipo, duración e intensidad del ejercicio así como los factores genéticos.

Calidad de vida

Por otra parte, la práctica del deporte produce muchos beneficios que influyen de forma positiva en la calidad de vida, que se traducen en un aumento de la capacidad física y funcional. Los beneficios obtenidos están en relación al nivel previo, a la intensidad y duración del deporte y a la edad del deportista. Se ha visto que también mejora el nivel en sangre del colesterol total, el LDL, los triglicéridos y aumenta el HDL, además de la actividad fibrinolítica del plasma.

Otras de las beneficiadas son la glucosa en sangre y la hormona del crecimiento. Desde el punto de vista psíquico, se mejora la ansiedad y la depresión de forma significativa.

Pero antes de que un adulto sedentario se ponga a hacer ejercicio, debe hacerse las exploraciones necesarias para descartar una cardiopatía coronarias.

Hay que diferenciar varios perfiles de pacientes. Si hablamos de un paciente sedentario que no practica deporte es fundamental que empiece a hacerlo. Para ello, lo primero que hay que hacer es explicarle cómo puede mejorar su calidad de vida si incluye un hábito tan beneficioso como la práctica de algún deporte, incluso es bueno que salga a caminar. Si hablamos de una paciente que ya tiene este hábito incluido en su vida, pero lo ha hecho de una forma abusiva, hay que intentar informarle y formarle sobre todas las consecuencias que puede tener si continúa con la práctica de la misma forma.

Por eso, todo paciente que desee realizar ejercicio físico debería de formularse tres preguntas: ¿cuál es el fin de realizar el ejercicio?, control de peso, enfermedad, bienestar…; ¿cuánto tiempo debe hacerlo, tanto a corto como a largo plazo?, desde media hora a un máximo de 150-180 minutos, y por último ¿a qué intensidad?, rutinas básicas a entrenamientos específicos, como cardiovascular, resistencia, ganancia ponderal. Con todos estos datos, se debe ofrecer una optimización a través de controles semestrales o anuales coordinados con la elaboración y puesta en marcha de una dieta acorde al peso y gasto calórico que realice el paciente. En definitiva, una preparación física y psicológica para una rutina que se transforme en un hábito de vida saludable.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores especialistas en Atención Primaria Antonio Javier Roldán Villalobos, Juan José González López, Luis Latorre Rus, José Osuna Mejías, Antonio García Fernández, Alfonso Hidalgo Pineda, Carlos Javier Berral de la Rosa, Amador Velarde Escoriza, Rafael Ángel Cejas López y el cardiólogo Jaime Fernández-Dueñas Fernández, de Córdoba; María del Carmen Mendoza Padrón, Alfredo Bartolomé Andrés, Mikel Gotzón Casado Goti, Pedro José de la Paz Gutiérrez, Gianna Elena Quintero Pita y Blas José Monterrey Baez, del Centro de Salud Adeje; Ileana Frias Prado, María de los Ángeles de la Nuez García, Mirvian Bertha Pino Reyes, Miguel Ángel Hernández Hernández, Luis Aarón Falcón Espínola, Isidro Domingo Godoy García, del Centro de Salud El Fraile, e Irene de la Haza, Lianella Sánchez Peñate, Rodrigo Rodríguez Batista, Yara María Pérez Díeguez,  Francisca Dominguez Pacheco, Mabel Tavarez Durán, de San Bartolomé de Tirajana.