Un motivo frecuente de consulta en Pediatría es el del niño que come mal, una situación que genera la lógica preocupación en los padres. El abordaje básico en estos casos es la realización de una historia clínica detallada, para descartar signos de alarma, y realizar una exploración física minuciosa, aunque en estas situaciones es muy habitual que el profesional tenga que enfrentarse a dos patrones muy frecuentes: el exceso en el consumo de lácteos y el picoteo entre horas. El reto es romper este círculo como primer paso para reeducar al pequeño desde el punto de vista de los hábitos de alimentación.

“Las familias, cuando hablan de que tienen un niño ‘mal comedor’, se refieren a niños que comen pocos alimentos o pocas cantidades, que son muy lentos y que se niegan a probar nuevas cosas”, señala la doctora Teresa Cenarro, vicepresidenta de la Asociación Española de Pediatría y Atención Primaria (AEPap) y coordinadora de su Grupo de Trabajo de Gastroenterología y Nutrición. Para los pediatras, en cambio, un niño ‘mal comedor’ sería aquel que no obtiene las calorías necesarias para su desarrollo y su actividad a través de los alimentos que consume.

En esta definición, apunta, “también entrarían aquellos niños que no obtienen los nutrientes necesarios a través de lo que ingieren”. Desde este punto de vista, “incluso un niño obeso, a pesar del exceso de calorías, podría ser un ‘mal comedor’ ya que podría no obtener los nutrientes adecuados si su dieta es desequilibrada”.

Hábitos no saludables en aumento

Desde su punto de vista, la variabilidad de las cifras que existen en diversos estudios hace que no se pueda asegurar la prevalencia de este tipo de situaciones. No obstante, “subjetivamente no parece que lo que se entiende por ‘mal comedor’ haya aumentado significativamente, pero sí que aumentan los niños con hábitos de alimentación no saludables”.

“Ante unos padres que consultan preocupados hay que hacer una anamnesis detallada descartando los signos de alarma y llevar a cabo una exploración física valorando el desarrollo pondoestatural y buscando signos que pudieran indicar la existencia de algún trastorno orgánico”, incide la doctora Cenarro. Esta es la manera de descartar que exista una patología que origine este problema, ya que, de ser así, “estaríamos hablando de una patología concreta que sería la causa de la situación. Por ejemplo, en algunos niños celíacos uno de los posibles síntomas es el escaso apetito”.

¿En ocasiones puede darse el caso de que se trate de una cuestión subjetiva, una percepción de los padres? “Esto sucede en numerosas situaciones”, afirma en este sentido. “Hay que tener en cuenta el periodo de desarrollo en el que se encuentra el niño: los dos primeros años de vida la velocidad de crecimiento es muy elevada, por lo que necesitan muchas calorías para este período de crecimiento tan rápido. A partir de los dos años, y hasta la preadolescencia, se trata de una etapa de crecimiento continua pero lenta, en la que proporcionalmente los niños necesitan para su desarrollo menos calorías que en la etapa anterior”.

Advertencias en consulta para prevenir

Por ello, es a partir de los dos años cuando muchos padres se preocupan pensando que comen poco sus hijos, “cuando realmente comen lo que necesitan para su desarrollo”. Esto lleva a incidir en que “la prevención es muy importante en las consultas de Pediatría de Atención Primaria, por eso se debe advertir a los padres”.

La doctora Cenarro resalta que, ante un niño ‘mal comedor’ en el que se ha descartado patología orgánica, “hay que reeducar y restablecer buenos hábitos”, para lo que hay que informar a padres, colegio y todos los implicados en la alimentación, “explicando que es un proceso largo”. Dentro de estos niños encontramos dos patrones muy frecuentes: los pequeños que ingieren demasiados lácteos y los que pican entre horas.

“Hay niños que toman demasiada leche y productos lácteos, alimentándose casi exclusivamente de estos alimentos, por lo que no tienen apetito para el resto de los grupos de alimentos, con el consiguiente riesgo de anemia ferropénica”, comenta con respecto al primero de estos patrones. “En numerosas ocasiones los padres se preocupan porque creen que no se están alimentando adecuadamente y, si no comen lo ofrecido, suplementan con leche, yogures…, con lo que se va a establecer un círculo en el que los niños acaban comiendo exclusivamente lo que quieren”, advierte.

No puede decidir ni cuándo ni qué

El otro patrón, “muy frecuente”, es el de los niños que “están picoteando continuamente entre horas como las gallinas, por lo que no comen en las comidas principales”. Eso sí, “acaban comiendo muchos alimentos entre horas (galletas, pan, dulces…) que no van a aportar los nutrientes adecuados”.

Para la doctora Cenarro, un niño puede decidir, dentro de las cantidades que le aportan lo necesario, cuánto quiere comer, “pero nunca tiene que decidir ni cuándo ni qué quiere comer”. Evitar el exceso de lácteos y el picoteo entre horas “suele ser de gran ayuda en este tipo de niños”, a lo que une otras recomendaciones como “no castigar ni premiar con los alimentos, evitar comer con pantallas, limitar el tiempo de las comidas y, sobre todo, dentro de lo posible, comer en familia”.

Y es que, apostilla, “el modelo a seguir en los niños son siempre sus adultos de referencia; si en casa los hábitos de alimentación son saludables, el niño antes o después acabará comiendo saludable”. Por ello, “es muy importante aprovechar siempre que se pueda para comer juntos en familia” …