Un estudio realizado por investigadores de Stanford Medicine (Estados Unidos) ha demostrado que el SARS-CoV-2, el virus que provoca la COVID-19, puede infectar el tejido graso humano.

Este fenómeno se observó en experimentos de laboratorio realizados con tejido adiposo extraído de pacientes sometidos a cirugías bariátricas y cardíacas, y posteriormente infectado en una placa de laboratorio con SARS-CoV-2. Además, se confirmó en muestras de autopsia de pacientes fallecidos con COVID-19.

La obesidad es un factor de riesgo para la infección por el SARS-CoV-2, así como para la progresión de los pacientes, una vez infectados, hacia la enfermedad grave y la muerte. Las razones ofrecidas para esta mayor vulnerabilidad van desde el deterioro de la respiración resultante de la presión del peso extra, hasta la alteración de la capacidad de respuesta inmunitaria en las personas obesas.

Pero el nuevo estudio aporta una razón más directa: el coronavirus puede infectar directamente el tejido adiposo (al que la mayoría de nosotros nos referimos como simple "grasa").

Esto, a su vez, provoca un ciclo de replicación viral dentro de las células grasas residentes, o adipocitos, y causa una pronunciada inflamación en las células inmunitarias que se encuentran en el tejido graso. La inflamación convierte incluso a las células no infectadas del tejido en un estado inflamatorio.

La obesidad se define médicamente como un índice de masa corporal (peso en kilogramos dividido por el cuadrado de la altura en metros) de 30 o más. Una persona con un IMC de 25 o más se define como con sobrepeso.

Las personas obesas tienen hasta 10 veces más probabilidades de morir a causa del COVID-19, pero el mayor riesgo de padecer la infección por el SARS-CoV-2 comienza a partir de un IMC tan bajo como el de 24.

"La susceptibilidad del tejido adiposo a la infección por el SARS-CoV-2 puede contribuir a que la obesidad se convierta en un factor de riesgo de COVID-19. El tejido graso infectado bombea precisamente las sustancias químicas inflamatorias que se observan en la sangre de los pacientes con COVID grave. Es razonable deducir que tener mucha grasa infectada podría contribuir al perfil inflamatorio general de los pacientes con COVID-19 grave", apunta Catherine Blish, una de las líderes de la investigación, que se ha publicado en la revista científica ‘Science Translational Medicine’.

Los científicos obtuvieron muestras de tejido graso de varias localizaciones del cuerpo de 22 pacientes sometidos a cirugía bariátrica o cardiotorácica en la clínica de Cirugía Bariátrica y Cirugía Cardiotorácica de Stanford Medicine.

Infectar, replicarse en las células grasas y causar nuevas infecciones

A continuación, en una instalación segura, los investigadores infectaron las muestras con una solución que contenía SARS-CoV-2 o, como control, una solución sin SARS-CoV-2. Los rigurosos experimentos demostraron que el virus podía infectar y replicarse en las células grasas, salir de ellas y causar nuevas infecciones en otras células.

El tejido adiposo no sólo contiene células grasas, sino también una gran variedad de células inmunitarias, entre ellas un tipo llamado macrófagos. Estas células (cuyo nombre deriva de dos palabras griegas que significan "grandes comedores") llevan a cabo una serie de acciones que van desde la reparación de tejidos y la limpieza general de la basura hasta el ataque feroz a los patógenos percibidos, produciendo a veces importantes daños colaterales al tejido normal en el proceso.

Los investigadores identificaron un subconjunto de macrófagos en el tejido adiposo que se infectan por el SARS-CoV-2, aunque sólo de forma fugaz. La infección de estos macrófagos por el SARS-CoV-2 es abortiva: no produce ninguna progenie viral viable. Pero sí induce un importante cambio de humor en los macrófagos.

Una vez infectados, estos macrófagos no sólo se inflaman ellos mismos, sino que también segregan sustancias que atraen a más células inmunitarias inflamatorias, además de inducir la inflamación en las "células espectadoras" vecinas no infectadas", explica Blish.

El tejido graso rodea el corazón, los intestinos, los riñones y el páncreas, que pueden verse afectados negativamente por la inflamación del tejido. Los científicos encontraron una infección capaz de provocar inflamación en prácticamente todas las muestras de tejido graso infectadas por el SARS-CoV-2 que recogieron y analizaron.

El material genético que codifica el SARS-CoV-2 estaba casi invariablemente presente en el tejido graso de varias regiones corporales de ocho pacientes que habían fallecido por COVID-19. Al examinar el tejido de otros dos pacientes fallecidos por COVID-19, el equipo observó una infiltración de células inmunitarias inflamatorias adyacentes a las células grasas infectadas en la grasa epicárdica.

"Esto nos preocupó mucho, ya que la grasa epicárdica se encuentra justo al lado del músculo cardíaco, sin ninguna barrera física que los separe. Por tanto, cualquier inflamación allí podría afectar directamente al músculo cardíaco o a las arterias coronarias", detalla otra de los autoras, Tracey McLaughlin.

La falta de ACE2

Curiosamente, la ACE2, la molécula de la superficie celular que ha sido implicada como el receptor cardinal del SARS-CoV-2, parecía desempeñar un papel escaso o nulo en la capacidad del virus para infectar las células grasas.

El método por el que el SARS-CoV-2 consigue entrar en las células grasas y los macrófagos del tejido adiposo sigue siendo un misterio. El principal modo de entrada establecido se produce cuando el virus se une a una proteína llamada ACE2 que se encuentra en las superficies celulares de numerosos tejidos corporales.

Aunque la ACE2 desempeña funciones importantes y legítimas, al virus no le importa lo que hace la ACE2 para ganarse la vida: considera que esta proteína de la superficie celular es una mera estación de acoplamiento.

Esto fue el colmo de la ironía para McLaughlin y Blish, que iniciaron el estudio porque habían visto estudios que sugerían, aunque no probaban, que la ACE2 podría estar presente en el tejido graso.

Pero los investigadores descubrieron, para su sorpresa, que la ACE2 era prácticamente inexistente en las células presentes en el tejido graso. "Es muy poco probable que el virus entre a través de la ACE2, porque no pudimos detectar la proteína funcional en el tejido adiposo", argumenta Blish.

Esto significa que la eliminación del SARS-CoV-2 del tejido adiposo podría requerir nuevos fármacos. Las terapias con anticuerpos monoclonales autorizadas contra la COVID-19, por ejemplo, suelen funcionar interfiriendo en la interacción ACE2/SARS-CoV-2.

La posibilidad de que el tejido adiposo sirva de reservorio en el que el SARS-CoV-2 puede esconderse también plantea la posibilidad de que contribuya a los duraderos síntomas posteriores a la infección denominados COVID-19 persistente.