Después de la tensión acumulada en el día a día del hospital, a mí no me apetece ver noticias, muchas negativas muchas partidistas, ni escuchar críticas, ni tertulianos de “esto lo advertí yo hace semanas”. A mí lo que me despeja es pensar en el futuro post-COVID, sobre el reto no de reconstruir sino de construir una sanidad moderna. Tenemos una gran oportunidad de aprender de los errores, de hacer las cosas mejor, pero sobre todo de ser conscientes por fin de ver cómo una crisis de esta dimensión ha puesto en primera línea un pilar tan importante y tan olvidado en nuestro país como es la innovación biomédica. La teníamos ahí pero no la habíamos dado todo el valor que se merece, a pesar de que ha irrumpido con fuerza, silenciosamente en medio de esta pandemia. Y sin darnos cuenta, con todo el vértigo y al ritmo que nos marcaba este dichoso virus, la innovación ha aflorado como una solución fundamental a la crisis.

Ahora todo el mundo habla de la capacidad de nuestro país y nuestras empresas de construir respiradores, de poner a trabajar a las impresoras 3D para hacer todo tipo de piezas fundamentales para dispositivos médicos o para suplir a los equipos y las mascarillas que no llegan. Así, como el que no quiere la cosa, hemos visto que no teníamos que esperar a los pedidos de China, no teníamos que depender del exterior, nosotros mismos podíamos hacerlo.

El talento y el tejido empresarial estaban ahí, no eran “frikis”, no eran experimentales, son grandes profesionales que llevan trabajando mucho tiempo, por eso han podido dar una respuesta rápida, los teníamos ahí a pesar de no haberlos valorado adecuadamente. Será fundamental cuando pase todo esto que no retrocedamos y sigamos potenciando estas empresas que en tiempo récord se han puesto a trabajar contrarreloj. No solo nos están resolviendo un problema que puede salvar vidas, sino que puede ser una fuente de riqueza muy importante en el nuevo escenario económico que vendrá después del COVID.

Otro aspecto fundamental es que nuestro sistema tradicional de relación médico-paciente ha saltado por los aires ante una crisis de este calibre. Hemos visto perplejos cómo un hospital o un centro de salud han pasado de ser el lugar de encuentro para cuidar y curar, a ser un territorio peligroso, donde el paciente puede tener un alto riesgo de contagio y los hemos confinado en sus casas, hemos cortado esta relación ¿estábamos preparados para hacerlo? Seguro que no por varios motivos. Primero, porque nuestro sistema asistencial sigue siendo todavía bastante paternalista y recae en el sanitario la responsabilidad del cuidado permanente del enfermo.

Por suerte esto va mejorando y ya hablamos de dos conceptos quizá extremos, paciente experto, paciente empoderado, pero con una filosofía basada en que el paciente o el ciudadano sea el primer responsable e interesado en velar por su salud. Por desgracia, hemos visto cómo ha costado que una parte minoritaria asuma el confinamiento como un medio de detener la infección. Pero también hemos visto cómo nuestros enfermos crónicos, oncológicos, trasplantados, etc., conscientes del riesgo que suponía caer infectados, se han protegido desde el principio y, por suerte, muchos de ellos lo han conseguido. Además, a pesar de que el autocuidado no estaba en la mente de muchos pacientes y menos de personas que de repente se han visto con síntomas de un virus desconocido, se les ha pedido que pasen su enfermedad en la soledad de sus domicilios ¿completamente solos? No, porque muchos sanitarios estaban al otro lado del teléfono. Pero esta no es la mejor forma de conexión, se podían haber empleado otros medios, y es aquí cuando ha emergido la palabra mágica de la telemedicina. Si hubiéramos tenido un sistema de teleconsulta todo hubiera sido más fácil, mucho más humano seguro, porque el contacto visual no se hubiera perdido.

De nuevo con toda la premura del mundo, hemos intentado adaptar plataformas de telemedicina a nuestros sistemas, pero las barreras han sido múltiples, la mayoría informáticas o tan ridículas como que muchos de los ordenadores disponibles en los centros sanitarios no tienen videocámara, a alguien no se le ocurrió que podía haber sido muy útil. Hacemos “consultas” por teléfono que son un mal menor, pero, en el caso del paciente con alta sospecha de infección COVID, mucho menos eficaces.

El mensaje ha sido, quédate en casa si no estás muy malo, solo si notas que te falta el aire o te sientes peor acude a urgencias. Es decir, hemos cortado drásticamente la clásica comunicación asistencial y hemos dejado en sus manos la responsabilidad de su gravedad, le hemos pedido ser experto de golpe, en un momento donde solo está enfermo y asustado. ¿Se imaginan si hubiera estado funcionando una aplicación de teléfono donde el paciente pudiera haber medido su temperatura o su grado de oxigenación en sangre? ¿Dónde un sistema sanitario colapsado hubiera podido recibir la alerta del paciente que realmente se estaba poniendo malo para que acudiera urgentemente en su ayuda? Esto ni es ciencia ficción ni es tan caro. Al contrario, es algo que utilizamos de forma cotidiana cuando nos bajamos miles de aplicaciones o nos compramos un reloj que mide constantes vitales.

El gran problema es que ni el sistema ni la población había entendido que la conectividad debería ser clave también para la atención sanitaria. Ahora es muy raro comprar un billete de avión en el aeropuerto o una simple entrada en la taquilla del cine, pero nuestro sistema sanitario sigue comunicándose mediante la relación directa. Cuando se inició el proyecto de construcción del nuevo Hospital La Paz, muchos de los profesionales que colaboraron en el plan de necesidades se preguntaban extrañados dónde iban a ir los puestos de secretaría, les parecía raro que hubieran desaparecido…Y es que todavía la cultura de relación entre el usuario y el centro sanitario sigue siendo muy tradicional a pesar de que haya cambiado para casi todo a nuestro alrededor.

En Estados Unidos ya hay funcionando hospitales que no tienen pacientes, donde la relación es permanentemente telemática y donde el paciente acude solo para lo necesario. No solo para una crisis como la actual sino para el control de la mayoría de los procesos crónicos nuestro sistema de relación, de conectividad médica, debe adaptarse a los nuevos tiempos. Por eso, es imprescindible que al salir de esta pesadilla que estamos sufriendo no volvamos al modelo tradicional y la telemedicina sea una realidad en la relación sanitaria.

En un mundo globalizado, hemos asistido estupefactos al salto vertiginoso de un virus que ha pasado de un continente a otro en días y donde los sistemas de alerta sanitaria tradicionales son ineficaces. La inteligencia artificial puede conocer mejor el flujo de personas de riesgo en tiempo real y puede ser la respuesta más rápida para una epidemia que se convirtió en pandemia sin darnos cuenta. De hecho, sabemos que empresas como Google pueden conocer nuestros movimientos o nuestros gustos e, incluso, muchos de nuestros perfiles de salud, pero ponemos dificultades cuando se propone geolocalizar a las personas para el control sanitario escudándonos en la protección de datos o en la libertad individual. Es sorprendente que aludamos a nuestros derechos cuando estamos confinados por real decreto y damos nuestra localización fácilmente cuando colgamos una foto en Facebook o en Instagram. Lo cierto es que países como Taiwán que trabajaron con estas herramientas de inteligencia artificial desde el principio, han controlado con eficacia evidente la epidemia.

Nos enfrentamos a un virus nuevo que produce un espectro clínico desconocido sin evidencia científica de cómo tratarlo. La investigación nos dará, una vez más, la respuesta, pero el tiempo apremia. El “Big Data” nos puede ayudar a predecir el desarrollo de los contagios, a planificar la necesidad de recursos en función de la evolución de la enfermedad o a identificar a los pacientes que pueden tener mal pronóstico. Nunca se ha hecho tan necesario el análisis masivo de datos que a un ritmo frenético se están generando de forma espectacular sobre el COVID 19 y el Big Data puede ser la respuesta.

Talento, innovación tecnológica, impresión 3D, telemedicina, inteligencia artificial, Big data, …estaban ahí para sacarnos de esta terrible crisis, no los abandonemos de nuevo cuando salgamos de ella, junto a la investigación son la clave de la Medicina del futuro.