El 13 de marzo de 1803, el Consejo de Indias comienza a solicitar informes sobre “si se creía posible extender la vacuna a los países de Ultramar y qué medios serían más acertados para el intento”. El 22 de marzo de 1803, Francisco Requena, miembro del citado Consejo, informa sobre la utilidad que produciría en Ultramar la inoculación de la vacuna, solicitando un informe al médico de cámara José Felipe Flores. Dicho documento, favorable a enviar una expedición, destaca las funciones que debería cumplir ésta, como difundir la vacuna, instruir a médicos y otro personal implicado en todos los lugares por los que pasara la expedición, en la práctica de la vacunación. Por último, crear juntas de vacunación en los virreinatos, que se ocuparían de la conservación del fluido vacuno activo.

Naturalmente, un viaje de tal calado requería una financiación y a Francisco Requena se le ocurre, para que saliera más barato, que los cargos de la expedición fueran voluntarios, que no percibirían sueldo ni compensación económica. Aún así, la Real Hacienda se hizo cargo de los gastos de material en infraestructuras y, posteriormente, también se consiguió ayuda local.

Cuando hubo que decidir la dirección de la expedición, se propusieron los nombres de José Felipe Flores, que era el autor del proyecto inicial, y de Francisco Xavier Balmis y Berenguer, traductor del “Tratado histórico y práctico de la Vacuna” y que practicaba ya la vacunación con gran éxito. Flores iría a Cartagena de Indias y Balmis, a Veracruz.

Tras oír los dictámenes del Consejo de Indias, del Consejo de Hacienda y de sus médicos de cámara, el 5 de agosto de 1803, Carlos IV decide que “se envíe una expedición marítima, compuesta de facultativos hábiles y adictos a la empresa, dirigida por el médico honorario de cámara D. Francisco Xavier de Balmis”.

La Gaceta de Madrid, en crónica fechada el mismo 5 de agosto, describía así la aprobación de la expedición: “El precioso descubrimiento de la vacuna, acreditado en España y casi en toda Europa como un preservativo eficaz de las viruelas naturales, ha excitado la paternal solicitud del rey a propagarlo en sus dominios de Indias, donde suele ser mayor el número de víctimas que sacrifica esta horrorosa plaga”.

Los preparativos preliminares

Una vez nombrado director, Balmis propuso un equipo formado por el subdirector, José Salvany y Lleopart, los ayudantes Manuel Julián Grajales y Antonio Gutiérrez Robredo, los practicantes Francisco Pastor y Balmis y Rafael Lozano Pérez, los enfermeros Basilio Bolaños, Antonio Pastor y Pedro Ortega y la rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, Isabel Sendales y Gómez. También les acompañaron 21 niños de tres a nueve años de la Casa de Expósitos de Santiago, seleccionados por no haber pasado la viruela, para ser inoculados con la vacuna sucesivamente durante la travesía para conservar el fluido.

En cuanto al subdirector, José Salvany y Lleopart, era cirujano interno en el Real Cuerpo de Guardias Walonas, cirujano del Regimiento de Infantería de Irlanda y del Regimiento de Infantería de Navarra. La rama de la expedición que dirigió fue enormemente activa y más duradera en el tiempo que la del propio Balmis, a pesar de las enormes dificultades por las que atravesó. Pasó diversas enfermedades, como tercianas, garrotillo, opresión y mal de pecho, fuerte mal de corazón, posiblemente tuberculosis, perdió un ojo… Finalmente, murió en Cochabamba el 21 de julio de 1810.

El verano de 1803 fue de gran actividad para los responsables de la expedición. En primer lugar, había que reclutar al personal y, después, contratar el barco. Para la primera parte atlántica de la expedición fue elegida la corbeta María Pita, de 200 toneladas, al mando del teniente de fragata Pedro del Barco y España. Por último, había que establecer y elegir los criterios de conservación de la vacuna.

A pesar de la primera propuesta altruista de José Requena, se asignaron los sueldos de los componentes de la expedición. El director recibiría 40 reales de vellón; el subdirector y ayudantes, 20; practicantes, 12; y enfermeros, 10. No debían ser sueldos muy sustanciosos, cuando Balmis, en carta a José Antonio Caballero, ministro de Gracia y Justicia, le decía: “No se puede mantener con una mediana decencia, aun estando avecinados en un Pays, cuanto menos teniendo que estar en continuas y penosas marchas, en que la escasez y la distancia obligan a gastos tan extraordinarios…”.

Balmis sabía de lo que estaba hablando, porque ya había estado en América años antes, primero como cirujano del ejército, y en 1788, dejando temporalmente el ejército, recorrió México estudiando las propiedades curativas de plantas autóctonas, una de las cuales, la Begonia balmisiana, lleva su nombre. De hecho, posteriormente (4 de diciembre de 1806), en su informe de cuentas al mismo ministro, se quejaría con las siguientes palabras: “No tiene número las pesetas que he repartido entre los indios para que se dejasen vacunar, y las empleadas en juguetes para que se entretuvieran a bordo los niños embarcados, con otra porción de gastos que no tengo ahora presente”.

El 1 de septiembre de 1803, en Real Orden, la Corona comunica a todos los territorios de ultramar lo que se exige a cada uno de ellos de forma personalizada. La resolución del rey sobre la propagación de la vacuna es enviada por el ministro Caballero al comandante general de Canarias, a los gobernadores de Puerto Rico y La Habana, a los virreyes de Nueva España, Santa Fe, Buenos Aires y Perú, a los capitanes generales de Caracas y Filipinas y a los presidentes de Guatemala y Chile.

La expedición filantrópica de la vacuna

Finalmente, tras ultimar todos los preparativos, el miércoles 30 de noviembre de 1803 la María Pita se encuentra lista para zarpar cargada con su tripulación, los miembros de la expedición y un importantísimo material: 500 ejemplares del Tratado histórico y práctico de la vacuna, de Jacques Louis Moreau de la Sarthe, traducido por Balmis en 1803, para irlos donando en las diferentes escalas. También llevaba cuatro termómetros, cuatro barómetros para observaciones meteorológicas, 2.000 laminillas de cristal para conservar la linfa vacunal, colocando una gota entre dos de ellas y cerradas herméticamente con parafina previo vacío. Portaba, asimismo, una máquina neumática para hacer el vacío en la preparación y conservación. También seis libros en blanco para ir escribiendo todas las incidencias.

La Gaceta de Madrid, de 27 de diciembre de 1803, publicaba la siguiente crónica, fechada en La Coruña el 1 de diciembre: “Ayer zarpó de este puerto la corbeta Maria Pita, al mando del teniente de fragata de la Real Armada D. Pedro del Barco, llevando a su bordo los individuos de la expedición filantrópica destinada a propagar en América y Filipinas el precioso descubrimiento de la vacuna… Son varios facultativos comisionados, y llevan 21 niños, que siendo sucesivamente inoculados brazo a brazo en el curso de la navegación, conservarán el fluido vacuno fresco y sin alteración”.

Islas Canarias

Con todo este material, zarpan desde el puerto de La Coruña hacia las Islas Canarias, donde llegan a Santa Cruz de Tenerife al cabo de diez días y permanecen hasta el 6 de enero de 1804. La estancia fue un éxito. Aunque sólo visitan Santa Cruz, La Laguna, La Palma, Gran Canaria y Lanzarote, la vacuna llega a todas las islas, puesto que desde todas ellas se envían grupos de niños para ser vacunados y mantener la continuidad. En este caso, los gastos fueron cubiertos por suscripción popular y por fondos públicos locales.

Puerto Rico

El 6 de enero de 1804, la María Pita parte hacia Puerto Rico, donde la expedición permanecerá hasta el 12 de marzo. A Puerto Rico ya había llegado la vacuna, de manos del médico Francisco Oller Ferrer, que llevaba vacunando desde noviembre en San Juan. La aparición de un brote de viruela en la isla aceleró las vacunaciones antes de la llegada de la expedición. Balmis alegaba que las vacunaciones de Oller eran ineficaces y que las autoridades locales, más que evitar la enfermedad, querían hacer méritos de cara a la metrópoli.

Posteriormente, se demostraría que a los vacunados por Oller no les prendió la vacuna de Balmis, e incluso, Oller inoculó a sus hijos la viruela y tampoco les prendió, lo que demuestra la valía de sus vacunaciones.

Venezuela

Cuando zarparon rumbo a Venezuela el 12 de marzo, lo hicieron con menos niños de los que hubieran deseado, debido a los problemas de Puerto Rico. Otros contratiempos técnicos y la salud de los niños hicieron que llegasen a un puerto diferente del previsto, Puerto Cabello en lugar de La Guayra, con un solo niño con la vacuna en su punto para ser usada. Afortunadamente, la disposición de este territorio era totalmente abierta, con lo que pudieron vacunar a 28 niños inmediatamente. Durante toda la estancia en Venezuela no dejaron de ser homenajeados con actos, tanto religiosos como festivos. A partir de este punto se plantea y se efectúa la división de la expedición para que la vacuna se difundiera más rápidamente. El grupo dirigido por Balmis iría a México, América Central y Filipinas, mientras que el de Salvany se desplazaría a América del Sur.

La expedición de Salvany

El 8 de mayo de 1804, zarpa el grupo de Salvany en el bergantín San Luis y a los cinco días comienzan las vicisitudes, ya que la nave embarranca camino de Cartagena, debiendo ser abandonada, afortunadamente sin víctimas. Pudieron llegar a Barranquilla y a Soledad, donde comenzaron ya las vacunaciones. En Cartagena fueron agasajados con todo tipo de actos y con todos los gastos pagados. A partir de este punto se hicieron dos subespediciones: un grupo donde se encontraban Salvany y Bolaños, que iría por el río Magdalena, y el otro, con Grajales y Lozano, a través del Cúcuta. Ambos grupos confluirían en Santa Fe de Bogotá con un gran éxito, puesto que lograron 56.000 vacunaciones, estableciendo una junta de vacuna y una junta de Sanidad. En este viaje, Salvany perdió un ojo en un naufragio en el río Magdalena.

En Santa Fe, Salvany conoció al padre Celestino Mutis y Bosio (1732-1808), médico, naturalista y divulgador científico, protagonista de la expedición botánica al reino de Nueva Granada.

El 8 de marzo de 1805, de nuevo en dos subexpediciones, parten rumbo a Popayán, con escalas en varios pueblos para vacunar, acompañados por muchas penalidades y enfermedades de Salvany y los niños. El 27 de mayo llegaron a Popayán, donde también fueron recibidos con manifestaciones públicas de júbilo.

Enterados de la aparición de un brote de viruela en el Reino de Quito, acudieron allí, donde permanecieron dos meses, no sólo vacunando, sino porque Salvany enfermó otra vez. En Quito, así como en Cuenca, de nuevo se repitieron los homenajes, corridas de toros, bailes de máscaras, etc. En Cuenca vacunaron a 7.000 personas y las autoridades les ayudaron a reclutar niños que llevarían la vacuna a Lima. Ese ritmo de vacunaciones se mantuvo a pesar de la dureza de los senderos de los Andes que les tocó atravesar y de la delicada salud de Salvany. Así, en Loja vacunaron a 3.500 personas y fueron recibidos como salvadores; en Trujillo, a 2.761; en Lambayeque, a 4.000; en Cajamarca, a 1.000 personas, etc.

La llegada a Lima, el 23 de mayo de 1806, donde se reencontrarían las dos subexpediciones, no se produjo con los homenajes habituales. La causa fue que por aquellas fechas la vacuna había llegado ya a Lima, procedente de Buenos Aires, donde en agosto de 1805 22 personas habían sido vacunadas y enviadas como portadoras del suero al norte de Argentina, Paraguay, Chile y Lima. La vacuna se había comercializado y los médicos, con el apoyo del virrey don Gabriel Avilés y del Fierro, querían seguir manteniendo los ingresos que les proporcionaba. Salvany se queja no sólo de la falta de facilidades para su trabajo, sino de la falta de apoyo a los niños, a los que dejaron un día entero sin comer y les dieron un pésimo alojamiento.

El cambio del virrey, con la llegada de don José Fernando Abascal el 20 de agosto de 1806 propició la vacunación de 22.726 personas en el Reino del Perú.

A partir de Lima, la expedición se vuelve a dividir, encargándose Grajales y Bolaños de ir a Huarochiri, Jauja, Tarma, Huanuco, Panatagua y Canta, en Perú, y después, por mar a Valparaíso (Chile), donde desembarcaron en noviembre de 1807. Allí se enterarían de que la vacuna llevaba empleándose más de un año, puesto que había llegado, procedente de Buenos Aires, en septiembre de 1805. No obstante, Grajales y Bolaños continuaron con su labor, creando juntas de vacuna en las principales ciudades.

Por su parte, Salvany continuó trabajando en el territorio que luego se convertiría en Bolivia, creando juntas de vacuna en los pueblos, falleciendo en Cochabamba el 21 de julio de 1810.

La expedición de Balmis

Habíamos dejado al grupo de Balmis en Venezuela en el mes de mayo de 1804, mientras Salvany partía para Cartagena de Indias. Pues bien, la María Pita se dirige a Cuba, donde llega el 26 de mayo a la Habana, permaneciendo hasta el 18 de junio. En Cuba ya había llegado la vacuna procedente de Puerto Rico, por medio de una mujer, María Bustamante, que había llegado en febrero acompañada de su hijo y dos criadas, portando la linfa vacunal. En este caso no hubo los problemas que se crearon en Puerto Rico, más bien al contrario, puesto que fueron agasajados y bien tratados, tanto los niños como toda la expedición, creándose la junta central de vacuna y llegando a vacunar a 15.000 personas en toda la isla.

Cuando sí hubo problema fue en la consecución de niños para llevar a México.

Balmis se vio obligado a comprar esclavos para asegurar la continuidad del cultivo en este tramo.

De Cuba, la María Pita zarpa para Sisal, en la península de Yucatán, de donde van a establecerse a Mérida. Allí, Balmis envía una subexpedición a Guatemala, al mando de Francisco Pastor, que recorre Campeche, Vistahermosa (Tabasco), Chiapas (donde se aprovisiona de niños) y Guatemala, creando la correspondiente junta central de vacuna.

El resto del grupo partió de Sisal en la María Pita hacia Veracruz, a donde llegarían el 24 de julio de 1804 en un estado no muy adecuado para aguantar el ritmo de trabajo que llevaban, con bastantes enfermos, incluido el propio Balmis, aquejado de disentería. Las pústulas de los niños estaban en su punto, pero no consiguieron receptores, hasta que el gobernador pudo aportar algunos voluntarios del ejército.

Pasando por Jalapa llegaron a México capital, en donde el virrey había dado previamente las órdenes oportunas para el recibimiento y el alojamiento, aunque Balmis llegó antes de lo previsto, con lo cual fueron acoplados en unos alojamientos que consideraron inadecuados. De hecho, enfermaron varios de los niños vacunados alojados en la Casa de los Expósitos, y algunos fallecieron, posiblemente a causa de las pésimas condiciones de vida.

Durante unos dos meses recorrieron otras localidades del virreinato de Nueva España, como Puebla de los Ángeles, Oaxaca, Guadalajara, Zacatecas, Durango, Valladolid, San Luis Potosí, etc., hasta su vuelta para la preparación del viaje a Filipinas. A pesar de todas las dificultades que se encontraron en Nueva España, la misión, en cuanto a vacunaciones, fue un éxito, puesto que llegaron a preparar a un gran número de profesionales que aseguraron la continuidad.

Salieron hacia Acapulco el 27 de enero de 1805, donde embarcaron en el galeón Magallanes, que iba lleno de personas y mercancías, el 8 de febrero rumbo a Manila. Debido al hacinamiento y a los contactos que se producían entre los niños, se producían vacunaciones involuntarias. La alimentación también era deplorable y no por falta de pago, puesto que el precio del pasaje que estableció el capitán era superior al resto de los viajeros. Todos pagaban 200 pesos, menos los niños, que pagaban 300 y los adultos de la expedición, que les costaba 500 pesos.

Llegan a Manila el 15 de abril de 1805, comenzando la vacunación al día siguiente, no por la ayuda recibida de las altas autoridades, sino con la colaboración de mandos intermedios más concienciados, como el deán de la Catedral de Manila, Don Francisco Díaz Duana, el capitán D. Pedro Márquez Castrejo y el sargento mayor de Milicias D. Francisco Oynelo. Sólo en la capital, a principios de agosto habían vacunado a 9.000 personas. Mientras tanto, el ayudante Francisco Pastor y el enfermero Pedro Ortega habían sido comisionados para vacunar en otras islas del archipiélago.

Balmis solicita permiso para ir a Macao, puesto que era colonia portuguesa. Una vez obtenido el permiso, parte en la fragata Diligencia el 3 de septiembre de 1805. Gutiérrez queda encargado de terminar el trabajo en Filipinas y devolver a los niños a México. Tras el naufragio de la Diligencia, causado por un tifón, llegan a Macao el 16 de septiembre, donde entrenaron al personal en la técnica de la vacunación.

De Macao pasaron a Cantón, donde, contando con la ayuda de una compañía comercial británica, la British East India Co., lograron hacer algunas vacunaciones. La citada compañía había intentado introducir la vacuna en China, procedente de la India, pero sin éxito. Durante su estancia en China, como buen científico ilustrado, Balmis se dedicó a aprender lo que pudo de la Medicina y ciencia autóctona. Se hizo con cientos de dibujos de plantas de Asia y se trajo diez cajas de plantas para el Jardín Botánico de Madrid.

El viaje de vuelta

Balmis consiguió un préstamo de un agente de la Real Compañía de Filipinas en Cantón, con el que embarcó en febrero de 1806 con destino a Lisboa en el Bom Jesús. Hizo escala en Santa Elena, donde con gran esfuerzo logró introducir la vacuna, y llegó a Lisboa el 14 de agosto de 1806. Después de unos días en la capital portuguesa, hasta que consiguió fondos para volver a Madrid (de donde podemos deducir el beneficio económico que le reportó la expedición), fue recibido por el Rey en La Granja de San Ildefonso el 7 de septiembre.

BIBLIOGRAFÍA

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