El ajetreado ritmo de vida actual ha provocado que mucha gente no tenga tiempo para llegar a casa y sentarse a la mesa y apueste por llevarse una fiambrera y comer en la oficina, un mal menor, o salir fuera y comer barato en cualquiera de los múltiples restaurantes de comida rápida que existen en la actualidad. Ahorrar tiempo y dinero a la hora de comer se ha convertido en una alternativa casi obligada para muchos. La conocida como comida rápida, que surgió para compensar la escasez de tiempo de los ajetreados empresarios neoyorquinos, se ha convertido en algo habitual en todo el mundo occidental. Familias enteras, niños y adolescentes han convertido los restaurantes de comida rápida en uno de sus lugares predilectos. Basta con darse una vuelta por ellos para darse cuenta de que han sabido seducir a los españoles del siglo XXI y más aún en tiempos de crisis.

Comida rápida, a buen precio y rica para el paladar. Visto así sería ideal si no fuera porque estos menús suelen consistir en una dieta nada saludable. El colesterol ‘malo’ que les caracteriza no sólo está en los ingredientes sino también en los aceites ‘baratos’ con los que se cocinan, como los de palma y coco. A esto hay que añadir un exceso de calorías (una hamburguesa con patatas, salsa y bebida tiene más de 1200), gran cantidad de aditivos y escasez de vitaminas y minerales. La bomba está servida.

Abusando de la comida rápida asumimos unos hábitos dietéticos nada beneficiosos y que cuesta mucho erradicar, dejamos de lado alimentos que son imprescindibles para nuestra salud e ingerimos más colesterol de la cuenta, un lastre que a la larga puede provocar un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares a edades cada vez más tempranas.

Fuerza a comer más

Nuestra dieta mediterránea ha pasado en muchos hogares a un segundo plano a favor de esta nueva forma de comer, toda una forma de vida, y las consecuencias ya se han dejado notar: uno de cada dos españoles tiene exceso de peso y las enfermedades cardiovasculares avanzan rápidamente en nuestro país. El riesgo no está sólo en los alimentos que componen este tipo de dieta sino también en el hábito que le acompaña: comer en poco tiempo.

La comida rápida descontrola el apetito y fuerza a comer más. Tal y como ha puesto de manifiesto el investigador Carlos Diéguez, la ingesta rápida de comida hace que el propio organismo no tenga tiempo de poner en marcha sus mecanismos de saciedad, por lo que se acaba comiendo mucho más de lo que se haría en condiciones más relajadas. Es más, las grasas, inquilinos de honor de estos alimentos, son menos saciantes que las proteínas, por lo que para “sentirse lleno” hay que ingerir más cantidad. Más comida y, en consecuencia, más calorías, razón de más para que si se apuesta de forma más o menos habitual por la comida rápida el sobrepeso y la obesidad lo tengan mucho más fácil para acabar adueñándose del organismo.

Eso no quiere decir que no se pueda tomar, esporádicamente, este tipo de comida, pero cuando se haga se ha de intentar que sea de la forma más saludable posible. Para ello se recomienda estar atento a los consejos que se recogen en el cuadro adjunto.

FUENTES: Sanitas, Departamento de Servicios de Salud de California (EE.UU.) y Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición.