Desde hace aproximadamente veinte años ha cobrado una importancia creciente la preocupación por los trastornos de la conducta alimentaria, cuyos máximos exponentes son la anorexia nerviosa, que consiste en la privación deliberada y obsesiva de alimentos, y la bulimia, una ingesta compulsiva de alimentos, seguida de purgas mediante el vómito provocado o el consumo de laxantes.

En general se cree que la anorexia y la bulimia son problemas de chicas pero la verdad es que cada vez son más los chicos que se miran a un espejo y se ven gordos, cuando en realidad están en su peso o muy delgados. Para entenderlo basta con mirar un poco a nuestro alrededor. Por todos lados llueven millones de mensajes que repiten sin cesar la misma idea: para tener éxito en la vida es imprescindible ser guapo y en los diccionarios de la sociedad actual no se entiende ninguna definición de guapo que no incluya la palabra delgado.

Es un tema preocupante dada su alta prevalencia, que va en aumento, y por los efectos devastadores que supone para el desarrollo psicológico y la salud -incluso la vida- de los afectados, especialmente de los adolescentes, principales víctimas de este fenómeno.

Y en la lucha para la prevención de estos trastornos no cabe duda del importante papel que puede desempeñar el entorno escolar, especialmente el profesor, quien debe estar atento a las señales que la anorexia y la bulimia van dejando a su paso. Por suerte, son enfermedades que aunque se inician muy sutilmente no pueden ocultarse y acaban dando la cara. Un profesor tiene a lo largo de la jornada escolar muchas oportunidades para darse cuenta de que algo no va bien.

¿Qué le pasa a Ana?

Hace calor, toca clase de gimnasia y el profesor se da cuenta de que todas las chicas llevan pantalones cortos y camisetas de tirantes, todas menos una. Es raro, de la noche a la mañana Ana ha dejado de mostrar su cuerpo. Va con una camiseta ancha y se ha anudado a la cintura la chaqueta del chándal tratando de ocultar su cuerpo. Sigue mirándola y se da cuenta de que está mucho más delgada de lo que estaba hace apenas unas semanas y que ya no se ríe como antes. No sabe porqué pero la nota triste y marchita (actitud habitual en la anorexia). También puede ser que no sea el peso lo que llame su atención, pero sí comprobar que sus nudillos están llenos de heridas o callosidades, como los que se producen cuando una persona se mete una y otra vez los dedos en la boca para vomitar (actitud habitual en la bulimia).

En clase Ana se distrae más fácilmente, parece que no escucha y está “ensimismada” en sus propios pensamientos. Parece más cansada que de costumbre, a veces se marea e incluso se ha llegado a desmayar alguna vez. Da igual las notas que saque, se preocupa tanto por los estudios y se exige tanto a sí misma que ni siquiera se permite disfrutar de sus logros. Ha mejorado todas las notas pero hay una asignatura que la obsesiona especialmente y en la que se esfuerza al máximo: gimnasia. Pero, como no podía ser de otra manera, según avanza la enfermedad las dificultades de concentración y de aprendizaje le impiden seguir bien las clases (actitud habitual en la anorexia). O quizás ocurra todo lo contrario y de repente sus notas vayan de mal en peor y sea más desordenada y despreocupada (actitud habitual en algunos casos de bulimia). Sea como sea, su comportamiento en el aula cambia y eso se nota.

Comida y recreo

Llega la hora de la comida y Ana sigue rara. O bien prefiere saltársela y quedarse en el recreo o va a comer pero no para de quejarse de que es demasiada comida o de que tiene demasiadas calorías. Come muy despacio y no deja de revolver el plato. Ha partido la comida en tantos trozos que casi no se pueden ni comer y cuando cree que nadie la observa la esconde o la tira. También puede ser que lo único que se note en Ana, aparte de quejarse mucho, es que come menos de lo habitual. Lo que el profesor no sabe aún es que es bulímica y que los atracones se los da cuando nadie la ve.

Sigue observándola, ahora en el recreo. Ana ya no trae su bocadillo de media mañana, le basta con una fruta. La conversación con sus compañeras es casi monotemática. Cosas como las dietas, las formas del cuerpo ideal o quién es la más guapa de la clase ocupan todas sus palabras. No para de moverse sin sentido y da largos paseos sin sentarse ni un segundo, todo por quemar las calorías que ella cree que le sobran. Cada día que pasa se aísla más en sí misma y su cara refleja infelicidad. Está decaída y ha perdido el interés por las actividades en las que participa. Pero también puede ocurrir que en vez de no parar de moverse para quemar calorías, no se corte y siga comiendo dulces o chucherías, siempre, claro está, que pueda vomitarlas después. Al principio nada cambia con sus compañeros pero con el tiempo serán las propias amigas las que le den la espalda por las conductas inestables que protagoniza.

Tras la sospecha

Si tras observar varios días a Ana, el profesor se da cuenta de que pasa algo raro, lo primero que debería hacer es compartir sus impresiones con otros profesores de la chica para ver si piensan igual. Ante la sospecha de que esté ocurriendo algo, lo primero sería ponerlo en conocimiento del tutor e intentar, de la forma que se considere más conveniente, hablar con ella con la excusa de notarla triste y cabizbaja. Si se consigue ganar su confianza puede que cuente su historia. Tras escucharla atentamente le tendrá que convencer para que haga lo mismo con sus padres.

Pero no siempre es tan fácil. Puede que Ana no se atreva a contar a sus padres lo que le está pasando. En ese caso, el profesor debe ofrecerse para hablar con ellos en su nombre. Si tampoco acepta esta propuesta, ha llegado el momento de ponerse firme. Tiene que hacerle ver que su problema es serio, que no puede solucionarlo por sí misma y que necesita ayuda. El colegio no puede ocultar algo así, no puede convertirse en su cómplice, por lo que el tutor tendrá que hablar con sus padres aún a costa de que se enfade.

El problema parece que está encauzado, pero en algunos casos puede que lo que haya encontrado no sea más que la punta de un iceberg. Ahora toca mirar con lupa a los amigos de Ana pues en ocasiones las artimañas para perder peso, como las dietas incontroladas o el ejercicio físico excesivo, se comparten en grupo, potenciándose entre ellos los comportamientos anoréxicos o bulímicos.

Convivir con la enfermedad en el aula

El problema ya está en manos de los médicos pero el entorno escolar todavía puede ayudar y mucho a Ana. Lo mejor es que los compañeros no conozcan su problema pero si ya es un “secreto a voces” el profesor tiene que hablar del tema con ellos de la forma más natural posible, explicarles de forma clara y sin alarmismo en qué consiste la enfermedad que padece Ana y aclararles lo que han de hacer para ayudarla. Están ante una enfermedad que no se trata con buenos consejos por lo que habrán de tratarla como a cualquier otro compañero pero, eso sí, dejando a un lado todo lo relacionado con el aspecto físico, la comida y el peso. Y es que Ana tiene una preocupación tan grande por no engordar que puede malinterpretar cualquier comentario, por inofensivo que parezca. Es muy importante que la acojan con cariño y que no dejen que se encuentre aislada del grupo en ningún momento.

A menudo, Ana tendrá que salir del colegio en medio de las clases para ir a hacerse controles médicos. Ahora es el centro el que debe de demostrar su buena voluntad no poniendo ninguna pega y permitiéndole recuperar los exámenes que pueda perder en cada salida. Si no lo consienten, están dando a Ana una excusa para no ir a sus consultas. Además, puede que su enfermedad requiera que esté ingresada en algunos momentos. cuando salga le vendrá muy bien volver a su clase con total normalidad, aún cuando su rendimiento escolar no sea bueno, en cuyo caso habrá que ayudarla a recuperar el tiempo perdido. Por lo demás, es una persona normal y tiene que ser tratada como tal.

Pero todo esto es teoría y llevarlo a la práctica puede que no sea tan fácil como parece. Siempre será positivo que los profesores se pongan en contacto con los profesionales sanitarios que están ayudando a Ana a salir adelante, un contacto que de hecho puede ser útil e incluso necesario en alguna fase del tratamiento. Y todo porque el centro educativo es un apoyo muy importante para la recuperación de estos enfermos.

FUENTES: Dirección General de Salud Pública y Alimentación de la Comunidad de Madrid, Servicio Aragonés de Salud, ONG Protégeles, Instituto de Trastornos Alimentarios y ADANER.