Se la conoce como la ‘enfermedad silenciosa’ y hace honor a su sobrenombre porque puede llegar a estar hasta 30 años oculta sin que nada haga sospechar de su presencia. Lo habitual es que se descubra de forma casual mediante un análisis de sangre rutinario y que los síntomas no existan o sean tan leves, como cansancio, malestar o molestias en el lado derecho del costado, que los afectados no les den ninguna importancia. Por estas razones, la mayoría de los infectados desconoce su situación. De los 800.000 casos de hepatitis C con infección activa que hay en España, aproximadamente 560.000 son casos ocultos. Sin síntomas que la delate, no hay nada que haga sospechar su presencia y la enfermedad camina libre durante años. Es tal su relevancia que se estima que 500 millones de personas en todo el mundo, una de cada 12, están infectadas por el virus B ó C de la hepatitis, una cifra que es diez veces superior a la de los infectados por el VIH/SIDA. Causas La hepatitis C consiste en la inflamación del hígado causada por el Virus de la Hepatitis C (VHC), uno de los principales responsables de los casos de hepatitis crónica que se dan en todo el mundo. Una hepatitis es crónica cuando se prolonga durante más de seis meses y detrás de ella puede estar, además de este virus, otros como el Virus de la Hepatitis B o el de la hepatitis D, el alcohol, determinados medicamentos o enfermedades hereditarias. A la mayoría de las personas que padecen hepatitis C esta enfermedad no les acarrea ningún problema serio de salud a lo largo de su vida, a pesar de que son muchos los casos en los que el virus no desaparece nunca (en 7 de cada 10 casos la enfermedad se hace crónica). Por suerte, la enfermedad se complica sólo en una porción pequeña de casos. Aún así, la hepatitis C es la principal causa de trasplante hepático, la responsable del 20% de los casos de cirrosis y del 70% del cáncer de hígado diagnosticado. Unos datos que han ayudado a convertir a esta enfermedad en concreto y al conjunto de las hepatitis virales en general en un auténtico problema de salud pública.

Contagio

El virus se adquiere exclusivamente a través de la sangre. Un 10 por ciento de los pacientes desconoce o no recuerda cómo pudo contraer la enfermedad, hecho lógico si se tiene en cuenta que el contagio pudo producirse muchos años antes del diagnóstico. La transmisión sexual, el contagio de madre a hijo durante el embarazo, el parto, la lactancia, o el hecho de convivir con una persona infectada son vías de transmisión del virus muy poco probables. La principal vía de transmisión es a través de transfusiones, si bien en la actualidad, los casos de contagio a raíz de una transfusión de sangre son prácticamente inexistentes. Tatuajes, piercings y acupuntura son puertas modernas de entrada de la enfermedad a través de la sangre, pero las drogas siguen siendo la forma de transmisión principal por compartir jeringuillas. También se dan casos, aunque de forma excepcional, por pinchazos accidentales con agujas o dispositivos contaminados con el virus.

Precauciones

El enfermo de hepatitis C puede llevar una vida totalmente normal, sin ningún aislamiento social o laboral. El virus sólo puede contagiarse a través de la sangre, por lo que deberá adoptar una serie de precauciones para evitar el posible contagio a otras personas: uso del preservativo en sus relaciones sexuales, no compartir cepillos de dientes u otros objetos que puedan conservar restos de sangre y cubrir con un apósito las heridas. El virus no se contagia por compartir utensilios de uso común, como vasos o cubiertos, o por el contacto piel con piel.

Diagnóstico

Normalmente la enfermedad se descubre casualmente en un análisis de sangre rutinario en el que se observa un aumento de las transaminasas en sangre. Esta alteración no es única y exclusiva de la hepatitis C, por lo que para confirmar o descartar el diagnóstico se ha de realizar una prueba específica. Otros valores que alertan sobre una posible alteración en el hígado son la albúmina, la bilirrubina o el tiempo de protrombina. Pero no todos los casos de hepatitis C son iguales. El virus C tiene subtipos o genotipos que se denominan con los números del 1 al 6. Estos subtipos no indican mayor o menor daño hepático, pero sí es importante conocer cuál presenta cada enfermo para planificar el tratamiento a seguir. En España el más común es el 1, que es el que tiene menos posibilidades de curación, aproximadamente un 50%. En el otro extremo, los que tienen genotipo 2 ó 3 se pueden curar hasta en un 80% de los casos. Otro de los datos que hay que tener en cuenta con vistas al tratamiento, pero que no guarda relación con la gravedad de la enfermedad, es la viremia o carga viral, o lo que es lo mismo, la cantidad de virus que circula en la sangre. Y es que, puede darse el caso de personas que tienen cantidades muy elevadas de virus en sangre y que tengan el hígado poco dañado y viceversa. Aún así, lo cierto es que cuando los virus que circulan por la sangre son pocos es más fácil que la enfermedad acabe siendo tan sólo un mal recuerdo. Hay que tener en cuenta que en ambos valores, transaminasas y viremia, las cifras son oscilantes, unas veces son más altas y otras más bajas. Con todos estos datos de la mano, será el médico quien valore la necesidad o no de realizar una biopsia de hígado.

Tratamiento

Aunque a día de hoy no existe ningún tratamiento que garantice la desaparición del virus en todos los afectados, son muchos los que se benefician de determinados medicamentos. En concreto, superan la enfermedad aproximadamente la mitad de las personas que se tratan. No obstante, cada caso es diferente e incluso hay situaciones en las que no es necesario instaurar ningún tipo de tratamiento. Los fármacos buscan conseguir que, tras 24 semanas de terapia, la cantidad de virus de la hepatitis C presente en la sangre descienda de tal forma que las pruebas no sean capaces de detectarlo. Si permanece así al menos seis meses después de finalizado el tratamiento se entra en una fase llamada ‘respuesta viral sostenida’, una situación en la que descienden considerablemente las probabilidades de padecer problemas hepáticos graves en el futuro. El tratamiento más efectivo a día de hoy es el resultado de la unión de dos medicamentos: interferón pegilado y ribavirina. El interferón se inyecta una vez por semana y la ribavirina se toma en cápsulas todos los días por la mañana y por la noche con la ingesta de alimentos. Ninguno de los dos es del todo inocuo, pero los efectos secundarios que acarrean desaparecen cuando finaliza el tratamiento, cuya duración es de aproximadamente un año. Actualmente no existe ninguna vacuna capaz de prevenir la infección por virus de la hepatitis C. Estos enfermos deben vacunarse frente a la hepatitis A y B, para evitar otros posibles daños hepáticos.