“Sin lugar a dudas, sí”. El doctor Cristóbal Coronel Rodríguez, secretario general de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP), tiene claro que la Atención Primaria es el nivel asistencial clave para luchar contra las alergias alimentarias. “El pediatra de Primaria necesita sobre todo tiempo para poder hacer una buena historia clínica (con ella se alcanzaría la mayoría de los diagnósticos) y herramientas diagnósticas con pruebas accesibles desde este primer nivel para la confirmación diagnóstica y/o seguimiento”, resalta.

“De esta forma se derivaría mucho menos a atención especializada”, continúa, pero lo cierto es que queda mucho camino por recorrer para llegar a esta situación. “Todavía es discriminatorio y vergonzante ver cómo desde Atención Primaria en muchos sitios no podemos prescribir fórmulas especiales sin ser supervisados para el tratamiento por ejemplo de alergia a proteínas de leche de vaca”, denuncia. Esto contrasta con que “desde atención especializada no se le pone impedimento a la prescripción de profesionales en formación (EIR)”.

A juicio del doctor Coronel Rodríguez, se está produciendo un aumento de las alergias alimentarias como consecuencia del “estilo de vida occidental y evolucionado”. “El estrés supone una alteración del sistema inmunitario, y los contaminantes y aditivos, entre otras cuestiones, también pueden influir”, apunta.

La “teoría higienista”

A ello le suma lo que define como su “teoría higienista”. “Tenemos un sistema inmunitario consecuencia de la evolución de millones de años para protegernos de infecciones, pero como consecuencia de las medidas higiénicas actuales (asepsia, uso de antibióticos, etc.) este maravilloso ejército deja de ejercer su función en gran medida. Y cuando no tiene guerras que vencer, genera revoluciones”. Esto se traduce en que ciertas proteínas, que en condiciones normales se toleran, pasan a ser consideradas “posibles agresores y generan fenómenos de autoinmunidad e intolerancias”.

Según las diferentes series y estudios, la incidencia de las alergias alimentarias oscila entre el 6 por ciento en menores de 3 años y el 2 por ciento en adultos, aunque otras series la cifran en el 0,5 por ciento de la población. Y en cuanto a los tipos más frecuentes, “lógicamente aquellos alimentos que más precozmente contactan con nuestro organismo son los más susceptibles de generar alergias”. Así, el más habitual sería la leche, después el huevo, el pescado… En adultos y en países anglosajones dominan los frutos secos y sobre todo los cacahuetes.

En continua evolución

El doctor Coronel Rodríguez, miembro también del Grupo de Gastroenterología y Nutrición de la SEPEAP, considera “sin lugar a dudas” que el nivel de la Pediatría española es alto, y que “los pediatras actuales están bien formados en este problema de salud dada su importancia y prevalencia”. Y la cuestión de la formación es vital, porque “todo está en continua evolución y cambio, sobre todo con los nuevos contaminantes y aditivos industriales”.

En cuanto a los tiempos de diagnóstico, y frente a las reacciones alérgicas inmediatas, en algunas ocasiones detectarlas “es mucho más difícil sobre todo en las silentes o retardadas”. Otras veces, subraya, “hay que recurrir a criterios diagnósticos a veces no claros aunque sí tipificados para poder confirmarlos porque no contamos con una prueba diagnóstica de seguridad”, como en el caso de la enterocolitis inducidas por proteínas o FPIE.

En estas patologías es frecuente en algunos casos un retraso diagnóstico, por lo que “es importante el conocimiento de las mismas por todos los pediatras para poder realizar un diagnóstico precoz y evitar así la repercusión nutricional y el desarrollo de trastornos de conducta alimentaria secundarios”. En este sentido, recuerda que, ante casos dudosos, con riesgo nutricional elevado o cuando sea necesario valorar la realización de pruebas complementarias, “la derivación al gastroenterólogo pediátrico puede agilizar el proceso diagnóstico y terapéutico”.

Asegurar el aporte nutricional

Desde su punto de vista, la base del tratamiento debe consistir en la eliminación en la dieta de los alimentos causantes, “asegurando un adecuado aporte nutricional y minimizando su repercusión en la conducta alimentaria y en la calidad de vida del niño y sus cuidadores”. En esta línea, resalta que ello “también va a tener una repercusión económica importante”.

En cuanto a si la clave debe estar en educar a los niños alérgicos o centrarse en sus padres, señala que “soy de la opinión de que la educación se mama en casa, la cultura se adquiere”. Los niños, en última instancia, “son imitadores de lo que hacen los adultos, no de lo que les dicen que deben hacer y no ven el ejemplo”. “Nosotros enseñamos a los padres y estos a sus hijos hasta que alcanzan la madurez adecuada y podemos delegar en ellos parte de esa responsabilidad, como en el resto de los aspectos de la vida”, apostilla.