La betaína es un nutriente que se encuentra en diferentes alimentos. Por ejemplo, en los cereales integrales, las espinacas, la remolacha o la quinoa. Pero además está presente de forma natural en la leche materna. Una nueva investigación señala que suplementar la dieta materna con betaína durante la lactancia podría disminuir el riesgo de obesidad infantil.

Así lo concluye un trabajo en el que han participado investigadores del CIBER de Obesidad y Nutrición (CIBEROBN). En la investigación publicada en la revista ‘Science Translational Medicine‘ también ha colaborado el Instituto de Investigación Sant Joan de Déu y el Hospital Sant Joan de Déu Barcelona.

El equipo investigador analizó muestras de leche materna de dos grupos poblacionales diferentes. Uno de Estados Unidos y otro de la Comunidad Valenciana. De esta forma, comprobaron que una menor concentración de betaína en la leche estaba asociada a un crecimiento más rápido durante los primeros meses de vida. Este es un factor de riesgo para el desarrollo de obesidad infantil.

Por otra parte, el equipo de trabajo realizó una serie de experimentos en modelos animales. Observaron que esta suplementación de la dieta materna solo durante la lactancia aumentaba el contenido de este nutriente en la leche y moderaba el crecimiento de las crías.

Betaína y obesidad infantil

La suplementación con betaína también tenía efectos a largo plazo. Se comprobó que las crías presentaban una reducción de su adiposidad y marcadores de inflamación. El investigador del CIBEROBN, David Sánchez-Infantes, primer co-firmante del estudio, afirma que existen factores que predisponen a desarrollar obesidad temprana. Estos pueden desembocar en problemas metabólicos a largo plazo. De hecho, afirma, esta suplementación durante la lactancia podría reducir el riesgo de desarrollar obesidad. Por ende, también podría reducir las enfermedades relacionadas cuando lleguen a la edad adulta.

En España alrededor del 41 por ciento de los niños y niñas de entre 6 y 9 años padecen sobrepeso u obesidad. Estas patologías son factores de riesgo “muy importantes” para el desarrollo de otras enfermedades crónicas. Por ejemplo,  la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares durante la edad adulta.