No está demostrado que padecer migraña sea un factor que haga que un paciente tenga más predisposición para contagiarse por COVID-19, pero la cefalea sí es un síntoma de alerta de sufrir el virus. Quien hace esta distinción es la doctora Patricia Pozo, responsable de la Unidad de Cefaleas del Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona y directora del Migraine Adaptative Brain Center (MABC), que señala que pacientes migrañosos “muy acostumbrados al dolor” relataron hace semanas picos de especial intensidad que, en determinados casos, pueden indicar que han pasado el coronavirus sin saberlo. “Tener migraña para nada es un riesgo, pero si tienes el COVID-19 la cefalea una de las principales señales de alerta”, resume.

La doctora Pozo confiesa que en la lucha contra el virus se va “aprendiendo semana a semana”, pero que antes de que se declarara la pandemia ya hubo pacientes con anosmia y cefalea, un cuadro que no terminaba de encajar con la gripe que se les diagnosticaba. Varios de estos pacientes, que padecen migraña, señalaron que unos días antes habían sufrido una cefalea “más fuerte y mucho más intensa” que a la que están acostumbrados, lo que podría indicar que habrían pasado el coronavirus. Para intentar validar esta impresión, se está ultimando una encuesta que la Sociedad Española de Neurología (SEN) pasará a los neurólogos para tratar de traducir en cifras lo ocurrido.

El que la cefalea sea un indicador se debe, a su juicio, a que el virus necesita el receptor AT para internalizarse en las células, y precisamente por los tratamientos para la migraña se tiene bien identificado que este mecanismo activa el sistema trigéminovascular y que esto lleva al dolor migrañoso. “No tienes dolor por fiebre, sino porque se está inflamando la zona del endotelio, hay un paso de sustancias tóxicas e inflamatorias y se transmite como un dolor muy fuerte”, subraya.

Por lo que respecta al confinamiento, considera que incluso puede conllevar una parte positiva para los migrañosos, ya que “es más fácil cumplir la rutina” que se recomienda para estos pacientes. Eso sí, también implica aspectos negativos, como que es más difícil desarrollar el necesario ejercicio cardiovascular y, sobre todo, que se han tenido que suspender muchos de los tratamientos preventivos y esto “hay quien no lo lleva nada bien. Ahora sólo podemos darles apoyo a distancia, pero después tendremos que trabajar mucho para ponernos al día”. El temor es que se produzca una “avalancha” de pacientes, a los que habrá que atender con unas medidas de distanciamiento social que harán necesarios más espacios y recursos.

¿Y los migrañosos están siendo, en general, buenos pacientes durante el confinamiento? Su opinión es que sí, pese a reconocer que hay una “tensión acumulada” que hace más difícil el control del estrés, cuya gestión es “clave” para estos enfermos. “Están aguantando, pero empiezan a necesitar su tratamiento”, relata, y es que “durante los picos de estrés no hay tantos ataques de dolor, que se producen cuando te relajas”.

Por ello, y para sobrellevar esta situación de la mejor manera, tienen que mantener su tratamiento y continuar con su calendario diario de cefaleas. Es fundamental también que, dentro de lo posible, sigan con sus rutinas, que intenten manejar la ansiedad y el estrés y que se informen por fuentes fidedignas, sentido en el que recomienda seguir las directrices de la Organización Mundial de la Salud.

En cuanto a si esta crisis dejará secuelas neurológicas y psicológicas, considera que hay varios escenarios posibles. “Si nos remontamos a la gripe española, después llegaron los locos años 20, hubo una descompensación y nos fuimos al otro extremo”, algo que cree que volverá a ocurrir “cuando parezca que esto se medio solventa”. “Pero durará poco porque no tendremos dinero”, y ahí será “cuando nos demos cuenta bien de todo lo que hemos vivido”, porque a esta crisis seguirá una “económica y financiera que va a ser bastante fuerte”. Y todo ello, tal y como ocurrió tras el 11-S, con la implantación de una serie de normas que impondrán “más control del ciudadano y de sus libertades”.

¿Y en qué se traducirá todo esto para las personas que sufren migraña? “Los migrañosos son unos pacientes muy ansiosos, les gusta controlar y no les agradan las sorpresas”, por lo que considera que el panorama que se avecina “lo van a vivir como un estrés postraumático y se van a sentir muy vulnerables”. Una pandemia como la que sufrimos “puede volver a ocurrir en cualquier momento y puede afectar a todo el mundo”, de una manera mucho más impactante incluso que el terrorismo, “una sensación de inseguridad que lo que hace es alimentar ansiedades”. Y eso, recuerda, es de lo peor para estos enfermos.

“Esto no va a ser nada fácil, aunque también todo esto acabará: habrá una vacuna o el virus desaparecerá, pero tardaremos año y medio o dos años, va a ser una etapa bastante larga”, vaticina. Luego pasaríamos a un estado de semialerta en el que, si hay un rebrote, “habrá una sobreactuación” de los gobiernos y sistemas sanitarios. Esto, a la larga, teme que traiga falta de recursos para el campo de la neurología, “podemos ir para atrás unos años” si se entiende que no hay que invertir tanto “en enfermedades que ahora parecen banales” frente a lo que se está viviendo. “Espero que se den cuenta de que nuestras investigaciones pueden ayudar a avanzar de forma paralela y que son complementarias”, apostilla.