Una fractura por fragilidad puede provocar daños importantes en la persona, pero además implica que se abre la puerta a repetir una fractura de este tipo y con consecuencias más graves. Es una señal de alarma, un aviso de que las cosas pueden ir a peor si no se toman las medidas oportunas, de ahí la importancia de actuar con el paciente que presenta este riesgo de fractura inminente. El problema añadido es que todavía no existe una conciencia plena sobre este tipo de fracturas, lo que dificulta una atención precoz y, por tanto, que en muchos casos estas fracturas se agraven.

Pero, para empezar, ¿qué es exactamente el riesgo de fractura inminente? El concepto “se refiere al riesgo de un individuo de sufrir una nueva fractura durante un año o dos años después de haber sufrido una fractura previa, es como se ha denominado el muy alto riesgo de fractura tras una fractura reciente”, señala la doctora Nuria Guañabens, reumatóloga, consultora senior del Hospital Universitario Clínic de Barcelona y portavoz de la Sociedad Española de Reumatología (SER). “Se ha descrito que un 25 por ciento de los pacientes que han padecido una fractura vertebral y un 15 por ciento aproximadamente de los que han padecido una fractura de cadera se refracturarán en los siguientes dos años”, un contexto en el que “la señal es una fractura por fragilidad reciente de vértebra o de cadera, pero también de húmero proximal, de pelvis o de antebrazo distal”.

Estos pacientes no tienen un perfil concreto, explica la doctora Guañabens, pero generalmente se trata de una mujer posmenopáusica mayor de 65 años, “aunque también puede ser un varón que ha padecido recientemente una fractura, muchas veces vertebral o de cadera”. A esto se une que la persona afectada suele tener “una densidad mineral ósea baja (medida por densitometría ósea), se suele caer con frecuencia y a menudo es un paciente con mala salud”.

Un problema nada trivial

Uno de los problemas asociados a la fractura por fragilidad es que no hay una conciencia real, social e incluso profesional, de la gravedad de este tipo de casos. “Este riesgo se infravalora porque a menudo se desconoce que esta fase temprana postfractura es de muy alto riesgo para desarrollar otra fractura, y así se pierde la oportunidad de evitar una segunda fractura”, lamenta. “Por eso se trata de un problema que no es trivial”.

A esto se une otro factor crítico y es que, “por desgracia, se considera que sólo un 20-25 por ciento de los pacientes que han sufrido una fractura reciente reciben tratamiento para la osteoporosis”. La doctora Guañabens considera que estamos ante “una cifra alarmante que se debería reconducir”.

“El médico debe seleccionar en cada caso el tratamiento”, apostilla, pero subrayando que “hay dos premisas importantes”, la primera de las cuales es que “el tratamiento debe ser precoz”. La segunda es que es recomendable que dicho tratamiento “sea con un fármaco de acción rápida y de reconocida eficacia en la reducción del riesgo de fractura”.

Mayor concienciación

Para mejorar la lucha contra el riesgo de fractura inminente, a su juicio “lo importante es que los facultativos, desde los especialistas del aparato locomotor y geriatras a los médicos de Atención Primaria, reconozcan este período de particular alto riesgo de fractura”. En el contexto de la sanidad pública, destaca, se están dando pasos importantes con el desarrollo en algunos hospitales de las Fracture Liaison Services (FLS), las unidades de fractura, “que identifican a los pacientes con una fractura reciente a partir de los servicios de Urgencias o de Traumatología, estudian su patología ósea y recomiendan un tratamiento para reducir el riesgo de una segunda fractura”.

Junto a ello, la doctora Guañabens considera que es vital “la concienciación de este problema de salud por parte de reumatólogos, traumatólogos, geriatras, internistas, médicos de Atención Primaria y enfermería especializada”. Asimismo, habría que desarrollar más FLS en hospitales distribuidos por el territorio español, una cuestión que “sería de gran ayuda”, además de que las sociedades médicas y los responsables de sanidad faciliten el desarrollo del conocimiento y el abordaje de este problema, “que tiene tantas consecuencias personales, familiares y económicas”.