La distribución de la grasa corporal es un aspecto relevante a la hora de valorar el riesgo cardiovascular, ya que se ha visto que dependiendo del lugar de depósito y de la distribución de la grasa en el cuerpo el riesgo es diferente. El tejido adiposo abdominal, concretamente el tejido adiposo perivisceral, es el que se asocia con mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2 y cáncer, entre otras patologías.

Para poder hacer un control de la obesidad, lo primero es medir el perímetro abdominal con una cinta métrica, con el paciente de pie, una vez realizada una expiración, y colocando la cinta por encima de las crestas iliacas. Los valores que se suelen tener en cuenta para hacer el diagnóstico son > 94cms en hombres y> 80 en mujeres.

El perímetro de la cintura es un método sencillo para valorar la distribución de la grasa corporal que constituye un elemento de alerta que obliga a determinar la posible presencia de otros factores que, con frecuencia, se asocian al aumento de cintura e incrementan el riesgo cardiometabólico, como la dislipemia y la hiperglucemia.

Pautas para su control

La obesidad está asociada a numerosos factores de riesgo, entre los que se encuentran  la dislipemia, la hipertensión arterial y la diabetes. Está íntimamente relacionada con la resistencia a la insulina, por lo que la probabilidad de desarrollar una diabetes tipo 2 es elevada. Hay que insistir en las medidas dirigidas no solo a reducir la obesidad, sino también a la grasa localizada en el abdomen.

Hay que tener en cuenta que los hombres tienden a acumular grasa en la zona del tronco, es decir, abdominal o visceral. Esto se relaciona con la resistencia a la insulina. Si no se corrige esta situación, posteriormente aparece la diabetes tipo 2. En las mujeres en edad fértil, la grasa se acumula más en zona de caderas y piernas, lo que no supone un riesgo cardiovascular. Cuando la mujer entra en la etapa de la menopausia, la grasa comienza a localizarse más en región abdominal por la pérdida de estrógenos y pasa a tener la distribución típica de los hombres. En estos momentos es cuando las mujeres entran en el riesgo cardiovascular.

Modificar estilo de vida

El primer paso en el manejo de la obesidad abdominal es conseguir que los pacientes modifiquen su estilo de vida poco saludable. Para ello, es necesario que se conciencien de la gravedad de la situación y de la necesidad de cambiar su actitud. Es importante establecer una negociación individualizada con cada paciente y establecer objetivos alcanzables; en este aspecto es muy importante la colaboración de los profesionales de Enfermería para conseguir implantar los cambios, entre los que se incluyen una reducción de la ingesta calórica y la realización de actividad física.

Así, las principales medidas que se deben adoptar son la adecuación de la dieta y el desarrollo de una actividad física diaria, según la situación del paciente. Se debe optar por tomar cinco comidas al día, disminuyendo el consumo de grasas e hidratos de carbono y sin olvidar una ingesta adecuada de agua.

Actividad física

La actividad física recomendada se centra en una actividad aeróbica diaria o al menos tres veces por semana. Caminar o correr, según la capacidad y situación de cada paciente, son una actividad adecuada para estos casos.

El mayor riesgo cardiometabólico del tejido adiposo perivisceral se debe a su facilidad para liberar ácidos grasos libres. Este exceso de AGL liberados al torrente sanguíneo actúa en varias zonas. En el aspecto cardiovascular, favorece la hipertrigliceridemia, la formación de partículas de lipoproteínas de baja densidad (LDL) pequeñas y densas, más susceptibles a la oxidación y, por tanto, mucho más aterogénicas, y el descenso de las lipoproteínas de alta densidad (HDL), la dislipemia aterogénica.

El tratamiento más adecuado, a día de hoy, es la asociación fija de pravastatina y fenofibrato que, al ir en toma única, facilita el cumplimiento por parte del paciente, y que actúa disminuyendo el LDL y TG, aumentando el HDL.

Estos pacientes, a parte de dislipemias, suelen tener también HTA o diabetes tipo 2, que habrá que tratar también para controlar su riesgo cardiovascular.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores Fernando Álvarez-Franco Cañas, Enrique, Castrillo Martínez, José Antonio Vázquez López,  Maximino González Fernández, Demetrio Ruano Rubio y Fernando Rodríguez Mielgo, del Centro de Salud Era de Renueva, y los médicos generales Mª Dolores Briso-Montiano de Alvaro, Concepción Gómez Melero, Pilar Álvarez Rocha, Lourdes Laguna Luengos, Elena Gutiérrez Martín y M. Canto Primo Rodríguez, de Valladolid.