La medicina del futuro, esa que hace no muchos años era poco menos que ciencia ficción, ya es una realidad hoy en campos como la terapia celular y génica o en la implantación de programas que permiten controlar millones de datos. Pero pese a la enorme potencia de estas herramientas, ni la más sofisticada de las tecnologías “va a sustituir nunca al profesional. No estamos ante un futuro cercano de ordenadores con bata”.

Esta afirmación tan gráfica la hacía José Manuel Jerez, catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad de Málaga, que fue uno de los ponentes en la III Jornada ‘Anticipando la medicina del futuro’, organizada por la Fundación Instituto Roche para analizar un mañana que ya es presente. Algunos de los espectaculares avances que hoy son realidad tienen, no obstante, que enfrentarse todavía a importantes retos, especialmente el de la financiación de su elevado coste, a lo que hay que sumar debates éticos pendientes y la necesidad de una mayor formación de los profesionales para impulsar la aplicación clínica.

El punto de partida de la jornada fueron los tres nuevos Informes ‘Anticipando’ impulsados por el Observatorio de Tendencias en la Medicina del Futuro, dedicados a las terapias avanzadas (celular y génica), al exposoma y a los retos éticos y legales de la Inteligencia Artificial (IA) en salud. En esta última mesa intervino José Manuel Jerez que, aunque no ve que esté a la vuelta de la esquina que un robot con bata sustituya al médico, sí incidió en que los resultados más espectaculares en relación con la IA se están dando en el procesamiento de imágenes, hasta el punto de que un algoritmo ya puede detectar con mayor precisión que un equipo profesional determinados tipos de tumores. La medicina del futuro, a su juicio, “será un problema de ingeniería además de médico”.

Nuevos perfiles profesionales

Coincidiendo con lo apuntado, Encarnación Guillén, presidenta de la Asociación Española Genética Humana (AEGH), afirmó que “el profesional va a ser siempre la clave”. Eso sí, apuntó a dos cuestiones fundamentales para que las cosas sigan así: es “muy importante” una mejora de la formación y es “crítico” que se incorporen nuevos perfiles profesionales, “necesitamos entender los procesos”.

El coordinador del informe sobre los retos éticos y legales que plantea la inteligencia artificial ha sido Carlos Romeo, coordinador del Grupo de Investigación Cátedra de Derecho y Genoma Humano de la Universidad del País Vasco, para quien uno de los principales riesgos en salud es el de la reidentificación de datos personales anónimos o anonimizados. A esto sumó su preocupación por la autonomía del médico frente a las propuestas que plantee una IA y el riesgo de despersonalización de la relación entre profesional y paciente.

En esta misma mesa se abogó por la necesidad de generar confianza en estas nuevas herramientas sobre la realidad de la transparencia y el control adecuado, a lo que se unió la reivindicación de asegurar el mayor número posible de datos y mejorar su integración, y es que queda mucho recorrido para lograr una interconexión plena a nivel del Sistema Nacional de Salud. La IA, por lo demás, ya se está utilizando para infinidad de aplicaciones, como la búsqueda de nuevas opciones para medicamentos ya en uso, aunque, partiendo de la base de que nunca va a sustituir al contacto humano, su principal aportación puede ser que los profesionales ganen tiempo.

Otra de las mesas de la jornada fue la de ‘Terapias avanzadas: terapia celular y terapia génica’, unas técnicas a las que los ponentes dedicaron adjetivos como “espectaculares”, “increíbles”, “extraordinarias”, “alucinantes” o “impresionantes”. El contexto lo situó el moderador, Ángel Carracedo, director de la Fundación Pública Gallega de Medicina Genómica, quien resaltó que en 2027 habrá más de 1.000 tratamientos para abordar enfermedades raras o que, en ese mismo año, el 10% del gasto en medicamentos va a estar ligado a estas patologías.

Gestión de las expectativas

Los participantes coincidieron en la espectacularidad de unas terapias que suponen un cambio de paradigma, hasta el punto de que permiten el tratamiento curativo de neoplasias muy avanzadas. Esto supone un riesgo, explicó Felipe Prósper, director del Área de Terapia Celular de la Clínica Universidad de Navarra, y es el de la gestión de las expectativas, ya que estas técnicas “no van a curar todas las enfermedades de unos pacientes que van a tener toxicidades y van a seguir recayendo”.

“Esto es revolucionario pero hay que transmitir una cierta calma, tenemos que ser muy honrados porque la expectativa es brutal”, apostilló. Asociado a ello, a su juicio uno de los grandes problemas es que hablamos de “un coste para el sistema que probablemente no estamos preparados para abordar”, lo que puede llevar a mecanismos de pago que pongan en jaque el pilar fundamental de la equidad. “Nuestro sistema tiene que ser equitativo, si no tendremos un problema”.

En la mesa también se celebró que los aspectos éticos en este campo se resolvieron con la introducción de las células pluripotentes inducidas, lo que zanjó buena parte del dilema moral planteado inicialmente por algunos profesionales. Superada esta situación, otro de los retos pendientes es el de la transferencia del conocimiento de los investigadores a la práctica clínica, a lo que se sumó la reivindicación de una asignatura de genómica o genética en los estudios de Medicina.

La última mesa se centró en el exposoma, el conjunto de factores externos y ambientales a los que una persona está expuesta desde antes de nacer hasta su muerte. En líneas generales, hubo coincidencia con lo apuntado con anterioridad, como la necesidad de mejorar la financiación y la formación, además de la importancia de introducir nuevos perfiles profesionales. A ello se unieron dos retos, el de incorporar todos estos avances a la Atención Primaria y el de poder realizar estudios que incluyan datos de cantidades ingentes de sujetos.