Cuando se habla de los avances de la Medicina personalizada, casi toda la atención se focaliza en la industria farmacéutica, los nuevos tratamientos biológicos, inmunoterápicos, biomarcadores y otras terapias que están cambiando la perspectiva de la Medicina. Pero aplicar todos estos tratamientos no sería posible si no se contara con una tecnología sanitaria que también innova cada día.  No solo se trata de grandes equipos de diagnóstico, sino todo tipo de dispositivos y productos pensados también para la prevención, el control y el tratamiento de la enfermedad. Una tecnología que impacta sobre todo en la calidad de vida de los pacientes.

No obstante, el sector de tecnología sanitaria en España tiene un gran peso no solo en la salud, sino también en la economía. En total, se compone por más de 1.000 empresas y aproximadamente 500 fabricantes. Dentro de las mismas, la Federación Española de Empresas de Tecnología Sanitaria (Fenin) representa al 80 por ciento del total del mercado.

La inversión en tecnología sanitaria supone el 7,2 por ciento del gasto sanitario según datos de 2017, y el 0,65 por ciento sobre el PIB. Por otra parte, este sector tiene una facturación de más de 7.800 millones de euros, con más de 3.500 millones en exportaciones. De hecho, el mercado de la tecnología sanitaria de España supone el 6 por ciento sobre el mercado europeo, con un total de 109 patentes. Asimismo, esto supone un empleo directo de más de 25.500 empleados.

Pese a todo ello, lo cierto es que, si bien España se sitúa en una posición privilegiada en la incorporación de nuevas terapias en Europa, no tiene el mismo privilegio en cuanto a su parque tecnológico.  Según la última edición del Informe ‘Perfil tecnológico hospitalario y propuestas para la renovación de tecnologías sanitarias 2019’, elaborado por la Federación Española de Empresas de Tecnología Sanitaria (Fenin) con datos de diciembre de 2018, España ocupa el penúltimo lugar respecto a Europa en cuanto a la antigüedad de sus máquinas de tomografía computarizada (TC) y de resonancia magnética (RM), entre otros datos.

Paralelamente, pese a este nivel de obsolescencia, lo cierto es que la deuda de las CC.AA. con la industria no ha disminuido, sino más bien al contrario. Según los últimos datos del Observatorio de Deuda de Fenin, a cierre del ejercicio 2019, el total de la deuda de estas facturas se situaba en 1.068 millones de euros. Esto supone un incremento del 20 por ciento respecto al cierre del ejercicio anterior (923 millones de euros) y un 17,9 respecto al tercer trimestre de 2019 (940 millones de euros). Desgranando esta cantidad, el observatorio detalla que el 93,3 por ciento de las facturas pendientes de cobro corresponden al ejercicio 2019 y el 6,7 restante al de 2018 y anteriores.

Respecto a los días de retraso en los pagos de estas facturas, el periodo medio de pago ha aumentado en 2019 en un 27,91 por ciento en relación con 2018, es decir, se ha pasado de 86 días a 110 días (24 días más), al igual que ha ocurrido en comparación con el tercer trimestre de 2019, al incrementarse en 9 días (un 8,9 por ciento más).

Todos estos datos concluyen que la inversión en las tecnologías de la salud sigue siendo uno de los retos del sistema sanitario.

Una inversión en valor

Hablar de las tecnologías sanitarias parece un concepto abstracto, por ello desde Fenin organizaban una serie de encuentros en los que compartir los retos y oportunidades que supone el impacto de las nuevas tecnologías en los pacientes en diferentes patologías, para visibilizar que invertir en tecnologías es también invertir en valor.

Sin duda, una de las áreas más paradigmáticas es la Oncología, donde las nuevas tecnologías han contribuido a aumentar las posibilidades de curación y tiempos de supervivencia, siendo estos un 20 por ciento mayor que en los años 80. En este caso, destacan los propios biomarcadores, la tecnología de imagen, las técnicas híbridas, la imagen molecular, la biopsia óptica, los ultrasonidos, los biosensores, la cirugía robótica y la propia radioterapia. Sin embargo, el gran reto sigue siendo reconciliar una creciente demanda con una cantidad de recursos limitados, por lo que desde Fenin trabajan en cuestiones como los ahorros a través de sistemas cerrados y robotizados, nuevos enfoques del tratamiento de crónicos o el fomento de la cultura de la seguridad.

Otro ejemplo es el caso del área de la Nefrología, donde los avances tecnológicos han permitido personalizar los tratamientos y avanzar en la diálisis domiciliaria, que reduce las visitas al hospital y ofrece una mayor autonomía al paciente.

En la misma línea, el sector de la tecnología sanitaria se ha convertido en un sector estratégico para optimizar la calidad de vida de los pacientes con dolor, gracias a la aplicación de dispositivos no implantables como los generadores de radiofrecuencia, las bombas de infusión o la epiduroscopia. Por otra parte, han tenido un gran impacto dispositivos implantables como el neuroestimulador cerebral profundo para el dolor intratable, el corre espinal, el neuroestimulador medular para dolor crónico refractario, el neuroestimulador para las raíces sacras en el tratamiento del dolor pélvico crónico o la estimulación periférica.

Asimismo, en materia de enfermedades raras, Carmen Ayuso,  que recibía uno de los Premios de la Fundación Tecnología y Salud, 2018, como jefa de su propio grupo de investigación en el CIBER de Enfermedades Raras (CIBERER), reconocía que la investigación se encuentra en un nuevo paradigma gracias a tecnologías como el big data, que permiten avanzar no solo mucho más rápido en el laboratorio, sino también tener resultados de forma más inmediata que permiten implementar cambios en las decisiones clínicas.

Centrándose en el impacto concreto de la tecnología genética y genómica, y la secuenciación masiva, Ayuso exponía cifras concretas. Así, si en 2013 su grupo de investigación pudo analizar a 1.500 familias y conseguir identificar a un 23 por ciento de las mismas, en este último año ya son 4.000 familias analizadas, de las cuales más del 50 por ciento han sido identificadas. “Supone multiplicar exponencialmente nuestra capacidad de diagnóstico y ser más rápidos para actuar sobre la familia y cambiar nuestra actitud clínica e incluso los tratamientos”.

Sin embargo, la implantación de todas estas tecnologías, pese a tener beneficios a largo plazo, mejorando no solo la calidad de vida de los pacientes sino también otras cuestiones como el absentismo laboral, también supone una importante inversión económica por parte de los sistemas sanitarios, no solo en la compra de la misma, sino en su mantenimiento y gestión. Es por ello que, tras una importante crisis económica, la obsolescencia del parque tecnológico sanitario sigue siendo una realidad que precisa de múltiples soluciones.

El reto de la obsolescencia

Volviendo a la situación actual del parque tecnológico sanitario, Fenin advertía, en su último informe, de que el alto nivel de obsolescencia del equipamiento necesitaría de una inversión de 1.600 millones a cuatro años para su renovación.

Para llegar a esta conclusión, se analizaban los datos de 13 familias tecnológicas sanitarias del conjunto de hospitales públicos y privados, incluyendo como novedad los sistemas digitales de inyección de contraste y la endoscopia flexible. Las diferencias entre el sector público y privado no eran especialmente llamativas, aunque en algunas tecnologías el sector privado se encontraba más actualizado, algo que se explicaba debido a que en este sector existe una competencia por la demanda que exige una mayor actualización de las últimas tecnologías disponibles.

Ninguna de estas 13 familias cumple con el estándar ideal del 10 por ciento de parque tecnológico con más de 10 años, por el contrario, la mayoría supera el 20 por ciento, e incluso llega al 67 y 55 por ciento respectivamente en tecnologías tan sensibles como el soporte vital y la monitorización. Por otra parte, se concluía que precisamente las áreas quirúrgicas y de cuidados de pacientes críticos eran algunas de las más afectadas, teniendo en cuenta que el 50 por ciento de los equipos tiene más de 10 años.

Como dato positivo se reseñaba que, gracias a las donaciones de 320 millones de euros por parte de la Fundación Amancio Ortega, y a las iniciativas de algunas regiones, las tecnologías de imagen y tratamiento médico han experimentado un avance positivo. Específicamente en el área de Oncología Radioterápica, que se ha beneficiado de cerca del 70 por ciento de estas donaciones.

No es la primera vez que se exponen estos datos. En realidad, desde Fenin ya se ha señalado en reiteradas ocasiones la situación de elevada antigüedad del parque tecnológico. Sin embargo, si en otras ocasiones la falta de inversión de las Administraciones se podía atribuir a la crisis, en esta no existe esa justificación.

Las preocupaciones de los expertos

Como se expone en este mismo informe, los motivos para renovar el parque tecnológico son diversos, pero tal y como resumía Carlos Sisternas, responsable del informe, en la mayoría de los casos se trata de reducir la toxicidad, poder implantar los procedimientos que están en las nuevas guías clínicas y que la tecnología obsoleta no permite realizar, tener procedimientos más rápidos y productivos para disminuir las listas de espera, ahorro energético y, sobre todo, un diagnóstico más preciso y temprano, que impacta en la expectativa de vida del paciente.

En esta misma línea, Ángel Gayete, vocal de la junta de FACME y responsable del grupo de tecnología, recordaba que “debe primar la seguridad de los pacientes y de los profesionales”. Sin embargo, reconocía que gran parte del problema no está solo en la falta de inversión en equipamiento nuevo, sino en la conservación del antiguo. “En la práctica clínica real, aunque compres una máquina nueva, ante el aumento de la demanda sigues utilizando la antigua para hacer frente a la presión asistencial”. El problema es que muchas veces este equipamiento no solo está obsoleto, sino también falto del necesario mantenimiento, lo que no hace sino agravar el problema.

Por su parte, para Fenin, la principal preocupación no son solo las cifras, sino la falta de reacción ante las mismas por parte de las Administraciones. Y es que no se trata de exponer el problema, sino de empezar a trabajar en las soluciones. “No solo vamos a presentar el estudio, sino que hemos enunciado y tenemos trabajadas las fórmulas de contratación que podrían ser implementados para poder paliar esta situación. Entendemos que no solamente es la presentación de unos datos, sino de un plan de acción desde hoy a medio plazo”, afirmaba Margarita Alfonsel, secretaria general Fenin.

En estas soluciones, una de las medidas en las que se deben poner de acuerdo la industria y la Administración es precisamente en la búsqueda de nuevas fórmulas de contratación que permitan asumir una tecnología cada vez más cara.

La mayoría de estas fórmulas pasan por el riesgo compartido, al igual que ocurre en la industria farmacéutica. Sobre las mismas, David García, presidente de sector de Tecnología y Sistemas de Información Clínica de Fenin, insistía en que, propuestas como la compra pública de innovación, la compra de ciclo de vida o la compra por resultados no suponen solo apostar por tecnologías más innovadoras, sino también por la mejora de los procesos.

“Ya no se busca un proveedor, sino un partner tecnológico, lo que supone que a veces deban asociarse varias empresas para poder ofrecer el servicio completo”. Además, estos modelos de compra suponen también la oportunidad de beneficiarse de fondos europeos, que muchas veces no se aprovechan lo suficiente. “En 2018, de los 300 millones de euros de fondos FEDER disponibles, solo se usaron 150”, insistía García.

El problema de fondo no es que este tipo de contratos suponga una mayor complejidad a la industria, sino que faltan recursos técnicos para llevarlos a cabo por parte de los hospitales, ya que los centros no tienen tiempo para poder presentar los pliegos correspondientes, o bien ven limitados el techo de sus inversiones.

Soluciones concretas

Además de las reflexiones de los expertos, el informe incluye un decálogo de recomendaciones que resultará fundamental tener en cuenta.  La primera pasa por diseñar un plan de actualización tecnológico del equipamiento (upgrades) desde el mismo momento de su instalación en colaboración con el fabricante, que permita conocer a tiempo, evaluar y, en su caso, adquirir las nuevas funcionalidades y modificaciones existentes que proveen al equipo inventariable de una mayor vida útil y de prestaciones, combinándolo con un plan, a futuro, de renovación tecnológica. A continuación, se recomienda establecer criterios de valor en los procesos de adquisición y renovación de la tecnología inventariable, que tenga una visión de medio-largo plazo, considerando la que aporta más valor al proceso, a la institución y al paciente.

También se pide establecer criterios de valoración de las inversiones en tecnología que tengan en cuenta el ciclo de vida, la calidad y el servicio, teniendo en cuenta el coste asociado al uso de un producto. Todo ello considerando variables como los resultados clínicos, beneficios para los pacientes, así como aspectos de impacto en la sociedad como, por ejemplo, impacto en el sistema de innovación, en el medioambiente, etc.

Otro paso importante es el de evaluar el impacto de las nuevas tecnologías en la eficiencia de los procesos asistenciales y abordar su implementación, cuando se justifica que el ahorro potencial es superior al coste considerando el ciclo de vida de los equipos y sus repercusiones en otros ámbitos de la Sanidad. Todo ello debería pasar además por inventariar los recursos tecnológicos disponibles y aplicar criterios de renovación en base a su impacto en los procesos, mediante una planificación rigurosa y estructurada.

Asimismo, es clave el asegurar un proceso de mantenimiento adecuado y cualificado que se ajuste a los protocolos del fabricante y siga las recomendaciones de la circular nº 3/2012 de la AEMPS, desarrollando anualmente un proceso de comprobación y calibración de los equipos, y un mantenimiento preventivo para asegurar que cumplen las funcionalidades definidas por el fabricante (ITV sanitaria). Para ello, es necesario designar y reforzar las funciones del responsable de vigilancia en los centros sanitarios, para que documente proactivamente problemas de seguridad y efectos adversos.

Otro punto es contar con disponibilidad en cada centro superior a 200 camas de un técnico especialista en electromedicina, como responsable del mantenimiento de la tecnología, con capacidad de supervisión del proceso de mantenimiento (UNE 209001 IN), junto con la creación de un observatorio sobre el mantenimiento preventivo del equipamiento crítico, de acuerdo con la circular y RD 1591/2007.
Asimismo, Fenin pide promover en colaboración con la industria la formación continua de los profesionales en el uso eficiente y cualificado de la tecnología, para la optimización de los procesos asistenciales. Por último, consideran clave implicar a los diferentes profesionales sanitarios en el proceso de decisión, aportando su valoración tanto en el proceso clínico como en el rendimiento de la inversión para que las administraciones las tengan en cuenta.

El papel del paciente

En esta línea de dar un mayor valor a la tecnología, el reto de futuro no solo va a ser cómo financiarla, sino cómo seleccionar qué se debe financiar, es decir, priorizar la tecnología con mayor valor añadido. En este sentido no solo se están actualizando las dinámicas de las agencias de evaluación, sino que se está dando una vuelta también a quiénes deben ser los agentes implicados en estas decisiones. Si bien desde Fenin tienen en cuenta en sus recomendaciones que el profesional debe ser partícipe de forma activa de este proceso, de cara al futuro el verdadero reto será incluir también al paciente en este proceso de evaluación.

Hay que admitir que actualmente el paciente tiene un papel casi anecdótico y ocasional en el proceso de establecimiento de prioridades y en la definición de las políticas sanitarias, pero todos los sectores abogan porque el futuro pasa por colocarle en el centro.

Desde el sector de la tecnología sanitaria se valora que para esto sea una realidad el primer paso es crear espacios para que los pacientes puedan formarse e informarse sobre qué es la tecnología sanitaria y qué valor implica, para que realmente se pueda fomentar su participación en la toma de decisiones. Para que esto sea así, también es necesario gestionar mejor la información, por lo que resulta clave contar con registros de determinadas patologías que contribuyan a conocer la prevalencia y a articular medidas para su correcto abordaje.

Dentro de este mismo reto se encuentra el del avance de la salud digital. En este sentido, son varios los casos de éxito en España, como la historia clínica electrónica, con más de 20 millones de historias digitalizadas; o la receta electrónica, con más de 660 millones de recetas prescritas anualmente.

En el contexto de la salud digital, el paciente es el principal protagonista y el último destinatario de gran parte de las decisiones que se toman en torno a su salud. Así, desde Fenin aseguran que el uso de estas tecnologías supone reducir el coste del tratamiento entre un 8 y un 21 por ciento a la vez que mejora el seguimiento y cuidado del paciente. Todo ello gracias a la inteligencia artificial y sistemas basados en las tecnologías del big data, la teleconsulta, dispositivos weareables, plataformas de formación, robótica, aplicaciones de realidad virtual, televigilancia o las aplicaciones móviles para la salud.

Pese a todo ello, lo cierto es que también siguen existiendo barreras para su implantación. De nuevo, según datos de Fenin, la inversión en salud digital en España se ha visto reducida, alcanzando el 1,27 por ciento del gasto sanitario público; lejos de la horquilla del 2-3 por ciento de los países europeos que lideran la transformación digital.

De esta forma, parece que esta nueva década trae consigo los retos sin resolver de los últimos años, pero, a la vez, ya tiene la respuesta sobre los pasos que son necesarios. Todo dependerá de que todos los agentes se pongan de acuerdo para empezar a recorrer el camino


La evolución del mercado 

Antes de entrar en los déficits del mercado, es importante conocer la situación del mismo a grandes rasgos. Según los datos de la Memoria Anual de Sostenibilidad de Fenin de 2018, los últimos disponibles, el 23,9 por ciento del mercado pertenece a la tecnología y sistemas de información clínica. Con una amplia diferencia le siguen los productos sanitarios incluidos en la prestación farmacéutica, con un 7,6 por ciento. Después se situaría el mercado del área de la Cardiología, Neurocirugía y tratamiento del dolor, con un 6 por cierto, y el de la tecnología dental, con un 5,5 por ciento.
Si esos son los datos más llamativos sobre el mercado, los hitos de este sector lo conforman algo más que números. Así, en enero de 2018 entraba en vigor el Código Ético del Sector de Tecnología Sanitaria, además de la creación de la Unidad de Ética y Cumplimiento y consolidación del Sistema de Validación de Eventos (SVE).  Asimismo, en noviembre se ponía en marcha la Ley 9/2017 de Contratos del Sector Público, por la que se trasponían al ordenamiento jurídico español las Directivas del Parlamento Europeo y del Consejo 2014/23/UE y 2014/24/UE.
En lo que a las Comunidades Autónomas se refiere, también se pueden analizar las diferencias entre las mismas en función de los retrasos en los pagos. Por regiones, Cantabria y Murcia son las regiones con un plazo medio de pago superior a los 150 días (310 y 224, respectivamente). Entre los 120 y los 180 días se encuentran Valencia, con 174 días, Castilla-La Mancha, 154, Extremadura, con 128 días y Aragón con 124. Por su parte, Madrid, Cataluña, Baleares, Castilla y León, Asturias, Andalucía, Canarias, Galicia y La Rioja se sitúan entre los 60 y los 120 días. El periodo medio de pago del resto de los gobiernos regionales – País Vasco, Navarra y Ceuta y Melilla- está por debajo de los 60 días. Esto supone que otro de los retos de la tecnología sanitaria es también el desequilibrio territorial.