El primer objetivo que hay que abordar en el tratamiento de un paciente con dislipemia es la reducción de las cifras de lípidos mediante la modificación del estilo de vida. El ejercicio físico, la dieta y el abandono del tabaco son los pilares fundamentales. Es necesario que el paciente siga una dieta que modifique el perfil de las grasas, con un aumento de ácidos grasos poliinsaturados y monoinsaturados, y descenso de los saturados, con un consumo calórico equilibrado para intentar conseguir el peso adecuado.

Los ácidos grasos saturados, que se encuentran principalmente en las carnes rojas, los productos lácteos enteros y en ciertos aceites vegetales (coco y palma), aumentan el colesterol total y favorecen la ateroesclerosis y la enfermedad coronaria.

Por su parte, los ácidos grasos monoinsaturados, como el aceite de oliva, favorecen el descenso del LDLc y el aumento del HDLc. Otro tipo de ácidos grasos, denominados trans, que se originan por la hidrogenación parcial de aceites como los de margarinas, helados, aperitivos, elevan los niveles LDLc y bajan los de HDLc. Los más recomendables son los ácidos grasos polinsaturados (omega 3 y omega 6) que reducen el riesgo de eventos cardiovasculares.

En lo que se refiere a las proteínas de origen animal, diversos estudios las han relacionado con cifras de colesterol más elevadas, pero podría deberse a otros elementos de los alimentos proteicos. También es aconsejable limitar las bebidas azucaradas y el alcohol, puesto que parece ser que el consumo menor de 20 gramos/día en varón y de 10 gramos/día en mujer tiene un efecto beneficioso aumentando el HDLc.

Ejercicio físico

A la hora de hablar de ejercicio, es recomendable la realización de ejercicio físico aeróbico (caminar, correr, nadar, bicicleta), de forma moderada y según las condiciones físicas de cada uno, al menos durante 30 minutos al día.

También es importante el abandono del hábito tabáquico, ya que el tabaco favorece la aparición de fenómenos trombóticos aumentando el riesgo de sufrir un evento cardiovascular.

Una de las principales causas de la alta incidencia de hipercolesterolemia y, por tanto, de riesgo de arteriosclerosis y de ECV es el consumo de ácidos grasos, con alta proporción de ácidos grasos saturados y ácidos trans. Por su parte, los ácidos grasos monoinsaturados, principalmente de ácidos grasos poliinsaturados, se asocian a concentraciones bajas de colesterol y de LDL y, en consecuencia, con una disminución de arteriosclerosis y de ECV.

Se sabe que la incidencia de ECV es multifactorial, influyendo no solo la cifras de lípidos, sino también otros factores, como genéticos, sexo, estado hormonal, la presión arterial, tabaquismo, niveles de homocisteína, la obesidad, el sedentarismo, la diabetes, el estrés,…

Evidencia

Durante los últimos años diversos estudios epidemiológicos y clínicos han relacionado el consumo de aceites vegetales y los niveles de lípidos plasmáticos. Se sabe que la dieta mediterránea, rica en ácidos grasos monoinsaturados, se asocia a niveles más bajos de colesterol y de triglicéridos. Por eso, el aceite de oliva se relaciona con menor incidencia de eventos cardiovasculares y de cáncer de mama.

En este contexto, el estudio PREDIMED, desarrollado en España sobre los efectos de la dieta mediterránea sobre la enfermedad cardiovascular, concluye que la dieta mediterránea tanto suplementada con aceite de oliva como con frutos secos reduce el riesgo absoluto de 3 ECV por cada 1.000 personas/año con una reducción del riesgo relativo del 30 por ciento entre las personas de alto riesgo. La magnitud de esta modificación de la dieta es muy relevante para la reducción de ECV, sobre todo el que más descendió fueron los eventos cerebrovasculares que a su vez están muy en relación con niveles de HTA.

Prevención primaria

Para el manejo de la dislipemia en prevención primaria, lo primero que hay que hacer es calcular el riesgo cardiovascular (RCV) con las tablas SCORE. Si es >=5 por ciento, se proponen modificaciones del estilo de vida durante tres meses, volviendo a calcular el RCV. Si trascurrido este tiempo, el riesgo continúa siendo el mismo, además de seguir insistiendo en las modificaciones del estilo de vida, se añadirá tratamiento farmacológico.

La medida no farmacológica más efectiva en el control de la dislipemia es la disminución de peso. Disminuir la ingesta calórica y aumentar la actividad física 30 minutos casi todos los días de la semana es clave. Por eso, es importante insistir en el patrón dietético mediterráneo (dieta y ejercicio físico) en la población en general y en las personas que han tenido un evento coronario. Deben de realizarse esfuerzos dirigidos a la promoción del consumo diario de fruta y verdura. Se recomienda que las intervenciones educativas sobre modificación de los estilos de vida sean realizadas por enfermeras.

Además de las modificaciones en el estilo de vida, el uso de fitoesteroles y alimentos funcionales, los nutracéuticos pueden ser útiles en prevención primaria y en pacientes que no toleran las estatinas, por su reducción significativa en los niveles plasmáticos de colesterol total, LDL colesterol, triglicéridos y glucosa con aumento de HDL colesterol. Todo esto hace que se puedan mejorar factores de riesgo cardiovascular establecidos como la función endotelial, la rigidez aórtica, descenso en el IMC un 5,5 por ciento, mejora la sensibilidad a la insulina, reducción de la inflamación sistémica y lesión endotelial.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores especialistas en Atención Primaria Ascensión Mínguez Mena y Olga Garcia Vallejo, la endocrinóloga Alejandra Durán Rodríguez Hervada y el internista Agustín Blanco Echevarria, del Centro de Salud San Fermín, y los médicos de Atención Primaria Valeriano Blazquez Díaz, José Manuel Saniger Herrera,  Mª Soledad Araujo Luis y Margarita Portillo Llompart, del Centro de Salud Los Angeles, ambos en Madrid.