Son conocidos los casos de deportistas, jóvenes y sanos, que han fallecido repentinamente por muerte súbita realizando su actividad física. Se trata de casos muy puntuales, pero muy llamativos. Es por ello que en eCardio20, el congreso online de cardiología más importante del mundo en habla hispana organizado por la Sociedad Española de Cardiología, se ha querido profundizar sobre este tema.

La primera idea a tener en cuenta es que el deporte puede desencadenar una muerte súbita, pero esta ocurre en personas con enfermedades cardiovasculares genéticas, como las miocardiopatías y las canalopatías. La cuestión es que generalmente los pacientes no son conocedores de estas patologías. Además, hay que tener en cuenta que la incidencia de este tipo de muerte súbita es rara: uno o dos casos de muerte súbita por cada 100.000 deportistas al año.

Como explicaba Esther Zorio, cardióloga de la Unidad de Cardiopatías Familiares y Muerte Súbita del Hospital Universitario y Politécnico La Fe de Valencia y miembro de la SEC, “la cardiopatía isquémica, es decir, la enfermedad coronaria que se manifiesta fundamentalmente como un infarto agudo de miocardio o una angina de pecho, se sitúa como la primera causa de muerte súbita asociada al deporte”.

Sin embargo, no todos los deportes suponen el mismo riesgo. Tal y como matizaba la experta “se sabe que es la intensidad del deporte la que determina el riesgo de muerte súbita”. De esta forma, los deportes con más demanda energética como el ciclismo, el running o el fútbol se encuentran entre los deportes que presentan más riesgo de muerte súbita en pacientes con miocardiopatías o canalopatías. Por el contrario, los deportes menos asociados a muerte súbita son aquellos con baja carga estática y dinámica: el golf, el yoga o el críquet, por ejemplo.

Recomendaciones a tener en cuenta

Teniendo en cuenta estos factores de riesgo, el siguiente paso es saber cuáles son las recomendaciones al respecto, para evitar el riesgo de muerte súbita. En este sentido es muy importante la comunicación con el deportista, su familia y entrenador. Tienen que quedar claros los riesgos y beneficios en cada caso concreto sin olvidar que el riesgo cero no existe.

A la hora de practicar deporte es importante hacerlo en un ambiente seguro; es decir, evitar situaciones de riesgo añadidas como caídas, deshidratación, u olvidos en la toma de la medicación entre otros; no superar la barrera del 60-80 por ciento de la frecuencia máxima cardiaca y contar en el entorno con personal formado en técnicas de reanimación cardiopulmonar (RCP) y un desfibrilador (DESA).

En el caso concreto de la miocardiopatía arritmogénica, el problema es que no es fácil de diagnosticar porque la presentación entre pacientes es muy heterogénea. Para su diagnóstico se utiliza una escala que incluye diversos criterios (ecocardiograma, resonancia magnética, holter, antecedentes de la familia o biopsia del tejido). En relación al deporte, “la práctica de ejercicio en sujetos con esta enfermedad puede favorecer que se desencadenen arritmias malignas y muerte súbita, sobre todo si es intenso y prolongado”, según Begoña Benito, cardióloga de la Sección de Arritmias del Hospital Universitario Vall d’Hebron.  Pero también, prosigue la experta, “practicar deporte acelera la progresión de la enfermedad, de forma que se favorece la evolución a la fase de insuficiencia cardiaca”. Por ello, una vez confirmado el diagnóstico en un individuo, se desaconseja la práctica deportiva.