En la mayor parte de las instituciones sanitarias autonómicas y nacionales, la estructura de las unidades de epidemiología dista mucho de disponer de todos los recursos necesarios en una situación de normalidad. Esta realidad se ha agravado más en una situación tan excepcional como la que la pandemia representa. En este sentido los epidemiólogos se enfrentan a un nuevo reto. Su propia fatiga pandémica.

Hace unas semanas, la Oficina Regional Europea de la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó sobre la fatiga pandémica. La definían como “los sentimientos de desmotivación que siente la población sobre el seguimiento de los comportamientos recomendados para protegerse y proteger a otros del virus”. En el ámbito de los profesionales de la salud también se aprecia esta fatiga como algo más que un sentimiento. También en el caso de los epidemiólogos.

Carga contra los epidemiólogos

Esta “fatiga epidemiológica”, en los profesionales, ha venido causada por la sobrecarga de trabajo, por las condiciones en las que se debe realizar, por la incomprensión de su función, etc. Es comprensible la frustración de una parte de la población ante una situación incierta. Sin embargo, no se debería asumir que se descargue esa frustración sobre una parte de quienes, precisamente, tratan de revertirla. Como es el caso de los epidemiólogos.

Hace unos meses, al principio de la crisis por la COVID-19, ya se publicó el posicionamiento de la Sociedad Española de Epidemiología al respecto (SEE). Este estaba titulado como “No disparen al pianista”. En el mismo se solicitaba que, en épocas de crisis, no se utilizara el trabajo de los técnicos/as dedicados a la epidemiología y la salud comunitaria en la función pública para que alguien no asumiera sus propias responsabilidades. Tampoco para atacar a otros políticamente.

Aquel llamamiento concluía exponiendo: “Los técnicos tienen la responsabilidad de hacer bien su trabajo, por el que deben ser evaluados y valorados, los políticos tienen las suyas, y por ellas también serán valorados”.