Una de las enfermedades que por fin comienza a perder su condición de “maldita” es el lupus. Conocida como la “gran imitadora” porque su sintomatología “imita” a muchas otras enfermedades, su sola mención era hasta hace pocos años sinónimo de mal raro, irreversible y fatal. Por fortuna, los avances médicos han logrado que, con un seguimiento estrecho y un tratamiento adecuado, más del 90% de los enfermos puedan tener hoy una expectativa de vida normal. El diagnóstico precoz, medicamentos cada vez más eficaces y un mejor control de la enfermedad y de sus complicaciones hacen que el pronóstico sea esperanzador también ante los casos graves.

Bajo la denominación lupus -el término “lupus” significa “lobo” en latín, y se atribuye al médico Rogerius, del siglo XIII, que lo utilizaba para describir las lesiones faciales que le recordaban a la mordedura del lobo- , se define una enfermedad que es producto de una anomalía en el sistema inmunitario del paciente. El enfermo produce un exceso de anticuerpos, proteínas sanguíneas encargadas de defender al organismo de elementos extraños como virus o bacterias, pero por razones hasta ahora desconocidas, dichos anticuerpos comienzan a atacar a los órganos del propio individuo que los alberga.

Origen desconocido

Se desconoce la causa que lo produce, aunque la investigación evidencia la implicación de factores genéticos, hormonales e infecciosos. En este sentido, se ha observado que hay una frecuencia más alta de la enfermedad en los familiares de primer grado de los pacientes. No obstante, aunque estos factores hereditarios son importantes, no son los únicos. La mayoría de los casos de lupus son esporádicos, lo que apoya la hipótesis de un origen multifactorial, en la que también participarían factores ambientales. De esta forma, además del papel de los genes en su desarrollo, los científicos valoran la influencia del entorno, el estrés, la luz solar, ciertas infecciones víricas o algunos medicamentos.

Se estima que en nuestro país el 1% de la población puede estar aquejado de lupus, del que el 90% son mujeres, principalmente entre 15 y 55 años de edad. La Sociedad Española de Reumatología (SER) indica que el lupus puede aparecer a cualquier edad: infancia, edad adulta y ancianos, y es más frecuente en la raza negra y en los asiáticos. El hecho de que el lupus ejerza una especial incidencia en el sexo femenino, preocupa razonablemente a aquellas mujeres que están en edad fértil.

A este respecto, la Federación Española de Lupus (FELUPUS) pone de relieve que hace años se aconsejaba que las afectadas no tuvieran hijos, pero hoy en día “y siempre que no exista una afectación moderada-severa de algún órgano interno, o se haga necesario el uso de inmunosupresores/ inmunomoduladores que pueden poner en riesgo la salud de la madre o del niño, no suele haber ningún problema”. No obstante, esta enfermedad sí está considerada como factor de riesgo en un embarazo: las enfermas de lupus embarazadas “deben ser controladas por un médico experto en estos temas para evitar problemas potenciales.

Tipos

Existen cuatro tipos de Lupus: Lupus Eritematoso Cutáneo, que sólo afecta a la piel, Lupus Eritematoso Sistémico (LES), que ataca a varios sistemas del organismo, Lupus Inducido por Medicamentos y Lupus Neonatal, que es una afectación rara en el feto y recién nacido. Según los especialistas, aproximadamente el 10% de los casos de lupus cutáneo evoluciona a lupus sistémico, lo cual, sin embargo, no es posible predecir ni prevenir. Según los grupos de trabajo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dedicados al estudio básico de esta patología, el lupus eritematoso sistémico puede afectar a muchos órganos: piel, articulaciones, riñones, corazón, pulmones, sangre, vasos sanguíneos, hígado, cerebro y sistema nervioso, pero la mitad de los pacientes con lupus tienen afectación casi exclusiva de la piel y las articulaciones. El lupus es una enfermedad inflamatoria crónica, es decir, produce inflamación de los órganos afectados que persiste durante un largo período de tiempo, a veces durante toda la vida. No obstante, el lupus se manifiesta alternando períodos de mayor actividad o más síntomas (exacerbación) con otros de inactividad (remisión).

Síntomas variados

Una de las principales características de esta enfermedad reside en la gran variedad de síntomas que puede presentar. El investigador del CSIC, Jaime Sancho, señala a este respecto que el lupus eritematoso sistémico, junto a patologías como la artritis reumatoide o la esclerodermia, forma parte del conjunto de enfermedades autoinmunes sistémicas que afectan a diversos órganos y sistemas del cuerpo humano, pero de todas ellas, “el lupus es el paradigma”, ya que ninguna otra presenta tal cantidad de manifestaciones clínicas. “Ningún órgano escapa a su campo de acción, lo que provoca que la cantidad de combinaciones de síntomas sea muy amplia”. Ello explicaría el porqué el lupus eritematoso sistémico es objeto de estudio desde múltiples campos: genética, epidemiología, neuropsiquiatría, etc.

El lupus puede comenzar con síntomas muy ligeros e indefinidos también presentes en otras enfermedades comunes. Algunas veces, el primer síntoma que un paciente desarrolla es poco habitual en el lupus, como el dolor abdominal. En esta situación, otras enfermedades que presentan estos síntomas serían consideradas antes de estudiar la posibilidad de lupus.

Todas estas circunstancias pueden desconcertar inicialmente a los médicos y, en consecuencia, retrasar el diagnóstico que puede ser crucial para el tratamiento temprano de la enfermedad y limitar así los daños potenciales en riñones, corazón, pulmones o cerebro. En España el diagnóstico del lupus eritematoso sistémico suelen realizarlo los médicos internistas, reumatólogos o nefrólogos; si se trata de lupus eritematoso cutáneo compete al dermatólogo llevarlo a cabo.

Tratamiento

De acuerdo con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el lupus eritematoso sistémico no tiene cura por el momento, de ahí que el objetivo de los tratamientos sea controlar los síntomas con el fin de que el paciente pueda desarrollar una vida normal. Reducir la inflamación y suprimir la respuesta inmune de la enfermedad marcan las estrategias farmacológicas empleadas en los últimos años, que se basan en corticoesteroides, antiinflamatorios no esteroideos, inmunosupresores o fármacos contra la malaria. La comunidad científica ha logrado, en los últimos años, avances en el manejo de los fármacos tradicionales y la incorporación de algunos fármacos nuevos.