El mundo de la microbiota y las interacciones entre sí y con nuestro organismo son tan complejas que “aún estamos en los preámbulos del verdadero conocimiento de este vasto mundo”, pese a lo mucho que se ha avanzado de un tiempo a esta parte. Esto ha hecho que “incluso haya un cambio en la actitud de muchos escépticos”, pese a lo cual “no acaban de mostrar el interés adecuado en la profundización de su estudio pues los consideran como ‘ciencia infusa'”.

Esta reflexión lleva la firma del doctor Anselmo Hernández Hernández, coordinador del Grupo de Trabajo de Gastroenterología y Nutrición de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP), que aboga por medidas para superar esta falta de entusiasmo con respecto a la microbiota por parte todavía de muchos pediatras. “Es necesario, más que una mayor formación en estos temas, crear interés en los mismos, demostrando con evidencia científica la importancia de la misma como moduladores de muchos aspectos de la salud y la enfermedad”.

La cuestión es especialmente importante si tenemos en cuenta que la microbiota se establece de forma casi específica desde muy temprana edad, “pero se ha visto que no es inamovible a lo largo de la vida, sino que puede modificarse, al menos en parte, con cambios en los hábitos de salud mantenidos en el tiempo”. En este sentido, habría que empezar por “lo que comemos y cómo, que importa y mucho”.

Potenciar una microbiota ‘saludable’

El mejor ejemplo de hábitos alimenticios que favorezcan un crecimiento correcto de la microbiota lo tenemos en una dieta mediterránea en la que predominen los cereales, verduras, frutas como base de una alimentación sana. Eso favorecerá una microbiota ‘saludable’ a base de firmicutes (Lactobacilus Casei, Rhamnosus y otros), prevotella y algunas especies de bifidobacterias, “mejorando el tránsito intestinal y la salud del colonocito”.

También sirve como refuerzo el uso de prebióticos-probióticos-simbióticos, parabióticos o postbióticos, que “pueden contribuir a la recuperación del equilibrio microbiano y por lo tanto a prevenir o normalizar a un estado sin inflamación del intestino y por ende prevenir el desarrollo de patologías funcionales, inflamatorias o de tipo inmunológico”. Pero aquí hay que tener en cuenta que “todos los probióticos no son iguales ni todos sirven para todo, y esto es un fallo que muchos profesionales cometen al pensar que podemos usar cualquier probiótico para cualquier cosa”.

El doctor Hernández Hernández recuerda en este sentido que los probióticos, “al igual que los antibióticos, tienen unas indicaciones específicas que han evidenciado su utilidad en función del tipo de probiótico y las dosis adecuadas tanto en cantidad como en tiempo a aplicar”. Estas evidencias, subraya, se especifican y revisan de forma periódica por los comités de expertos basados en estudios de revisiones sistemáticas, incorporando nuevas indicaciones o eliminando algunas otras en las que la evidencia no ha sido clarificada por completo.

Una sociedad que potencia una flora proinflamatoria

Desde su punto de vista, en nuestra sociedad está aumentando el riesgo de enfermedades inflamatorias y reacciones alérgicas relacionadas con la alimentación. Esta situación la achaca “al proceso de industrialización y comercialización, la higienización de los alimentos, el uso de antibióticos, antiácidos, dietas desequilibradas con predominio de grasas y proteínas”, un cóctel que “ha producido sin lugar a dudas una flora proinflamatoria con predominio de bacterias del tipo bacteroides y proteobacterias”.

La microflora, explica el doctor Hernández Hernández, viene determinada casi de por vida y en ella influye el tipo de microflora de la madre, ya que hasta el estado de salud y los hábitos de la gestante van a influir en la microflora del recién nacido. También, “sin lugar a dudas y sin ser categórico, que el parto por vía vaginal y la lactancia materna contribuyen de forma significativa a tener una microbiota saludable, posiblemente preventiva de otras enfermedades crónicas como pueden ser la obesidad, las alergias u otras de tipo inflamatorio”.

Alimentación y hábitos de vida

Pero la alimentación es un factor influyente en la microbiota, “y eso está demostrado dado que los niños con dietas ricas en vegetales y frutas como las centroafricanas tienen una flora sacarolítica específica que les puede proteger del cáncer de colon”. En cambio, los niños de las urbes occidentales, con dietas más ricas en proteínas y grasas, “presentan una flora generadora de sustancias que a la larga pueden contribuir a determinadas enfermedades inflamatorias intestinales, de tipo oncológico y otras”.

También tienen su impacto cuestiones como la medicación y el estilo de vida. “Es bien conocido que el uso de antibióticos y antiácidos como el omeprazol, que modifican el pH gástrico, así como el estilo de vida y las demás patologías que se puedan padecer pueden producir profundos cambios en la microflora”.

Ante este tipo de situaciones, el conocimiento de la microbiota gastrointestinal impulsa el desarrollo de nuevas estrategias y “está cambiando tratamientos preventivos”. Así está ocurriendo, por ejemplo, en la enterocolitis de los prematuros, en la colitis ulcerosa, en la erradicación de la infección por Helicobacter pylori, en la prevención y tratamiento de la diarrea producida por antibióticos, en el uso de psicobióticos en diferentes alteraciones mentales o la lucha contra la obesidad, concluye el doctor Hernández Hernández.