Es evidente que la edad puede ocasionar cambios que afectan a la visión, pero las revisiones oftalmológicas periódicas pueden ayudar a detectar precozmente cualquier alteración ocular y reducir así el riesgo de que se produzca una pérdida de visión importante.

Algunos problemas oftalmológicos son más frecuentes a medida que cumplimos años, por ejemplo la presbicia, que es la pérdida lenta de la habilidad para ver objetos cercanos o letras pequeñas, un proceso normal que sucede a medida que se envejece.

Otra alteración frecuente con el envejecimiento es el exceso de lágrimas producido ante fenómenos como la luz, el viento o los cambios de temperatura. En este caso, una medida sencilla como es utilizar gafas de sol puede solucionar el problema, pero en ocasiones el exceso de lágrimas puede significar un problema más grave, como una infección o un lagrimal obstruido. Con la edad también aumenta el riesgo de cataratas, pérdida de transparencia del cristalino, que provoca una visión borrosa y deteriorada. Otras patologías como el glaucoma o la DMAE (degeneración macular asociada a la edad), suponen la lesión del nervio óptico o de la mácula, y también presentan una mayor incidencia con la edad.

No obstante, en general, el trastorno ocular más frecuente en la edad avanzada es la baja visión, una condición que puede afectar negativamente en las actividades de la vida diaria y que no mejora con ningún tratamiento (gafas, lentillas, medicamentos o cirugía).

Los especialistas consideran que una persona tiene baja visión si:

” Tiene problemas para ver lo suficiente para poder realizar tareas diarias, como leer, cocinar o coser.

” No puede reconocer las caras de amigos o familiares.

” Tiene problemas para leer la señalización en las calles.

” Descubre que las luces no son tan brillantes como solían serlo.

Si usted sufre de alguno de estos problemas, acuda al oftalmólogo.

FUENTE: Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de EE.UU.

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