La pandemia ha cambiado la manera de gestionar y organizar la atención sanitaria. En el ámbito de la Ginecología y Obstetricia la situación se tuvo que adaptar de manera rápida, especialmente en el caso de la atención a los partos. El paso del tiempo ha devuelto a la normalidad ciertos aspectos de esa asistencia. Otros tendrán que convivir con las nuevas herramientas y procedimientos que se han ido estableciendo tras la llegada del coronavirus.

Para valorar esos cambios y la nueva forma de trabajo en esta especialidad, el jefe del Servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, el doctor Santiago Lizarraga, ha atendido a El Médico Interactivo.

¿Por dónde va a pasar la nueva normalidad en la atención ginecológica y obstetra?

La nueva normalidad va a venir de la mano de aprender a compaginar lo que se tenía con las nuevas herramientas que hemos podido poner en marcha con el pretexto de la pandemia. Y tenemos que ser capaces de articularlo de manera lógica y homogénea. Es un proceso que, en realidad, ya hemos empezado a poner en marcha y que iremos optimizando a medida que vaya pasando el tiempo. Lo que está claro es que aún no se debe bajar la guardia, pero también es cierto que ya estamos valorando cómo podemos compaginar nuestra especialidad –que es muy intimista– con la necesidad de ser más eficaces en la atención de las pacientes, al tiempo que les prestamos la mejor atención sin que tengan que desplazarse cuando esto sea prescindible.

La pandemia ha afectado a todos los servicios de los hospitales. ¿En qué medida ha afectado al servicio que gestiona en el Hospital Gregorio Marañón y cómo se han organizado desde el confinamiento hasta ahora?

Nada más surgir la pandemia tuvimos que organizar circuitos diferentes para la atención de las pacientes no infectadas de las que sí lo estaban o tenían sospecha de infección por SARS-CoV-2. Una organización que afectó a todos los ámbitos, desde la realización de pruebas, la atención, la hospitalización, etcétera. Eran dos circuitos paralelos que nos han permitido evitar el contacto entre unas y otras. Afortunadamente, por la estructura que tenemos en la maternidad este cambio no supuso un problema de espacio, pero nos obligó a duplicar la asistencia, lo que ha conllevado estar muy justo de personal.

Por otro lado, en cuanto a la atención de los embarazos, partíamos de cero sobre las consecuencias que podía tener la infección por coronavirus en la gestante y tuvimos que irnos moviendo según se iba conociendo la información que nos llegó desde Italia y más tímidamente desde China. Al principio, nuestra actividad fue muy dependiente del servicio de Medicina Interna del hospital, y conforme fueron pasando los meses pudimos ser más autónomos, excepto en los casos más críticos. En general, desde la maternidad hemos podido manejar a todas las mujeres gestantes que nos han llegado con síntomas de COVID-19.

En cuánto a los embarazos y los partos, incluidos los partos de alto riesgo, ¿cómo ha sido el manejo a lo largo de la pandemia?

Durante el confinamiento organizamos una única planta funcionando específicamente para pacientes gestantes con PCR positivo, con o sin síntomas, de tal modo que la asistencia se dividió en dos circuitos independientes para atender a las pacientes COVID y para el resto de las gestantes. Por tanto, los partos de alto riesgo también han estado divididos en esos dos circuitos. Aún hoy mantenemos ese funcionamiento, una estructura que nos ha permitido mantener el nivel de asistencia del volumen de embarazos que teníamos. Desde el inicio de la pandemia habremos asistido a unos 160 embarazos con infección por coronavirus en diferentes grados clínicos.

En total, ¿cuántos partos se han atendido en el Gregorio Marañón en los últimos 15 meses?

En el hospital atendemos unos 5.900 partos al año aproximadamente. En el último año, en realidad no hemos notado una disminución en la asistencia de los partos, ya que hemos tenido prácticamente la misma actividad. Durante los meses de la pandemia hemos registrado una media de entre 360 y 450 partos mensuales, con un porcentaje variable, más elevado en la primera ola, de aquellos donde la madre era COVID positiva. A día de hoy todavía tenemos alguna paciente infectada, pero el volumen no tiene nada que ver con lo que hemos pasado.

¿Qué hay de la vacuna de la COVID-19 para las mujeres gestantes?

Desde el punto de vista científico existe evidencias suficientes para que se pueda vacunar a las embarazadas con esta vacuna de manera segura y eficaz. Se ha demostrado que se puede utilizar prácticamente en todas las etapas de la gestación, a excepción de ciertos momentos críticos. En este sentido, las sociedades científicas nacionales e internacionales recomiendan la vacunación de las embarazadas.

Volviendo a la organización… ¿De las nuevas medidas que han tenido que implantar en la maternidad, cuáles se van a mantener?

En realidad todo lo que se ha hecho ha sido reforzar los circuitos de seguridad de la paciente. Venimos de una situación de hospitales de puertas abiertas donde, especialmente en las maternidades, era realmente sencillo que se produjeran avalanchas de familiares. Con la pandemia esas visitas han desaparecido por completo. Lo que vendrá a partir de ahora, probablemente, será una modulación progresiva de ambas situaciones. No se debe olvidar que en un hospital hay riesgos de contagio por transmisión aérea y esta situación nos debe hacer pensar que determinadas áreas deben estar resguardadas para evitar esa posibilidad. Esto es especialmente importante cuando la frecuencia de visitas de personas ajenas al centro es muy alta, como es el caso de las maternidades. Aunque aún no está claro cuál será la dinámica que seguiremos, estoy convencido de que habrá un antes y un después a la hora de racionalizar el ámbito hospitalario y eso hará que se modifiquen algunos circuitos que antes funcionaban con mucha laxitud.

¿Qué otras patologías de la especialidad se han tenido que abordar de manera excepcional durante el confinamiento y cómo se ha hecho?

Las restricciones que hemos tenido y la disminución de la asistencia de la población ha hecho que haya disminuido la frecuencia de las consultas externas. También de la hospitalización y de los procedimientos quirúrgicos, exceptos los partos que no tienen fecha ni horario. En ese sentido, la asistencia programada se ha ralentizado lo que, a su vez, ha causado que ahora tengamos una avalancha de pacientes que no han podido ser atendidos.

En el caso de los procesos oncológicos, casi por definición, no tienen demora y estos casos se han estado atendido al ciento por ciento tal y como se venía haciendo antes de la llegada de la pandemia, sin ningún tipo de restricción quirúrgica tampoco. En el caso de otros procesos de Ginecología general como un tratamiento de mioma o problemas de suelo pélvico, sí que hemos tenido una disminución en el número de casos. Estamos empezando a recuperar el ritmo pero esto va a ser paulatino y pasará tiempo hasta que podamos tener las mismas listas de espera que  antes de la pandemia.

En otras especialidades, la telemedicina ha sido una opción muy utilizada en este tiempo. ¿Cómo ha funcionado en el ámbito de la Ginecología y la Obstetricia teniendo en cuenta la intimidad que requiere?

Efectivamente, desde el punto de vista de la intimidad hemos tenido algún hándicap. Sin embargo, la telemedicina es una herramienta que ha venido para quedarse. En nuestro caso, hemos tratado de adecuar los medios telemáticos a procedimientos que en realidad no requieren la presencialidad de la paciente. Hablamos de ofrecer resultados de pruebas, creación de informes y otro procesos administrativos. Esto no quiere decir que las consultas presenciales vayan a desaparecer, pero en un proceso asistencial la presencialidad puede estar muy localizada. Además, hemos constatado que las pacientes lo agradecen. Por lo tanto, evitaremos desplazamientos innecesarios y conseguiremos una atención más sencilla y eficaz.