En todas las culturas y en todas las religiones aparece el dolor ligado a la misma existencia humana. Valle de lágrimas, parirás con dolor, el dolor como redención. Solo desde hace pocos años el dolor es visto como enfermedad con personalidad patológica propia y a combatirlo se dedican muchos médicos e investigadores. Por esto, el Nobel a Ardem Patapoutian y David Julius por contribuir a conocer como combatirlo adquiere una relevancia inusitada para nuestra sociedad.

“Con el descubrimiento de las proteínas de canal iónico y las membranas celulares se nos abre un campo inmenso de posibilidades para aplicarlo en la medicina, entre ellos el del dolor”, explicó a EL MÉDICO INTERACTIVO, el premio Nobel de Medicina de este año, Ardem Patapoutian, galardonado junto a su colega David Julius, por el  Instituto Karolinska de Estocolmo.

Ciencia básica

“La investigación en ciencias básicas da pie a averiguaciones fascinantes”, sostenía Patapoutian, que una semana antes fue galardonado por la Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Biomedicina.

El descubrimiento del gen del receptor de la capsaicina se publicó en el año 1997 por parte del Dr. David Julius y abría el camino para conocer cómo están relacionados los procesos físicos de presión y temperatura con los impulsos nerviosos electroquímicos, que es el modo en el que se transmite la información sensorial desde los órganos de los sentidos al sistema nervioso central.

Mientras las investigaciones de Julius se centraban en los proteínas receptores de membrana para la temperatura y cómo estas trasforman la percepción de frío o calor en mensajes  electroquímicos que nuestras neuronas transportan y nuestro cerebro es capaz de entender, Ardem Patapoutian –un inmigrante armenio que llegó a Estados Unidos huyendo de la guerra en Líbano– que había llegado con la intención de convertirse en médico, rápidamente se “enamoró de la investigación básica” y comenzó también a estudiar las bases moleculares de la percepción sensorial, en su caso de la presión.

Proteínas de membrana

Patapoutian y Julius coincidieron en la Universidad de California en San Francisco durante una estancia postdoctoral de Patapoutian que “identificó los genes de los receptores que se activan con la tensión”, la fuerza mecánica del estiramiento. Estas proteínas se denominan Piezos y “son responsables de la percepción de la presión en la piel y los vasos sanguíneos, así que su importancia para la salud va más allá del sentido del tacto”.

Las proteínas encontradas por Ardem, las llamadas Piezo1 y Piezo2, se encuentran en la membrana celular y se encargan de captar las sensaciones de nocicepción y los cambios de presión física  transformándolos en modificaciones electroquímicas, que son el modo en el que nuestras neuronas transmiten los mensajes y nuestro cerebro recibe y analiza la información.

“Los receptores moleculares con los que percibimos los estímulos de presión nos ayudan a distinguir entre una suave brisa y el pinchazo de un cactus y también nos indican cuándo nos sube la presión sanguínea o tenemos la vejiga llena”, explicó el ahora Nobel. Este descubrimiento pone en nuestras manos la posibilidad no solo de diferenciar entre dolor agudo puntual y dolor crónico, sino la de actuar en uno u otro de manera específica.

Mientras mantener la capacidad del dolor agudo es bueno como señal de aviso patológica y defensa, reducir o incluso eliminar el crónico ha sido una batalla histórica de la humanidad ahora más cerca de ganar.

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El premio Nobel de Medicina de este año, Ardem Patapoutian.

Efecto práctico

La importancia de su descubrimiento a nivel práctico para la ciudadanía se puede resumir fácilmente: han descubierto la clave si no para eliminar completamente, sí al menos para reducir de manera muy  significativa el dolor crónico. Y es probable que en relativamente poco tiempo se aplique en protocolos clínicos.

El dolor es una noción compleja, algo muy importante para la supervivencia y por eso no debemos inhibir el dolor agudo. Lo interesante es que hemos demostrado, tanto en modelos animales como humanos, que aunque Piezo2 se requiere para el tacto, el dolor agudo no se ve afectado por él”, añadió el Nobel.

Sin embargo, cuando aparece una forma clínicamente relevante de dolor y el tacto se convierte en algo doloroso, en ese caso sí depende del Piezo2 y, por lo tanto bloquear este Piezo2 podría ser útil en individuos que sufren de dolor neuropático o de dolor crónico persistente o incluso patologías como la malaria.

En la diana de sus investigaciones

Enfermedades que cursan con patologías insidiosas y dolor continuo podrían beneficiarse de este descubrimiento: osteoporosis, artritis, hipertensión e incluso malaria están en la diana de la aplicación del descubrimiento del nuevo Premio Nobel.

“Inicialmente los investigadores buscamos el saber por el saber, lo que se llama ciencia básica; pero precisamente esta pasión por la investigación puede llevarnos a unas aplicaciones prácticas de máximo interés en nuestra vida cotidiana, como por ejemplo en el dolor crónico”, añadió a EL MÉDICO INTERACTIVO. Que la humanidad tenga en sus manos poderse librar, aunque sea solo en parte, de una maldición bíblica como el dolor, bien merece un reconocimiento Nobel.