Es curioso que de entre el ingente número de fármacos que bajo el formato de comprimidos o píldoras se expenden en el mundo, hay uno cuya sola mención lo dice todo: “la píldora”, así, a secas, sin nombre ni apellidos. A punto de cumplir medio siglo de existencia y, a pesar del paso de los años, sigue en la vanguardia de la modernidad y más solicitada que nunca. Obviamente estamos hablando de la píldora anticonceptiva. Su aparición, allá por los años 60, supuso todo un hito para la ciencia y para la sociedad, pues supuso para las parejas en general, y para la mujer en particular, la posibilidad de disfrutar de la sexualidad sin que ésta estuviera necesariamente asociada a la procreación.

En Europa entró por la puerta grande en 1961, pero en España hubo que esperar hasta 1978 -el 7 de octubre del pasado año se celebró en nuestro país el 30 aniversario de su despenalización-, si bien su comercialización se postergó hasta 1984. Entre tanto sólo se la autorizaba en tratamientos ginecológicos para “regular el ciclo menstrual”, como eufemísticamente se decía.

Aquellos comienzos son ya historia, pues en nuestros días ha cambiado la mujer, la sociedad y la propia píldora, como tan gráficamente ha reflejado la exposición itinerante “Píldora y mujer: 30 años de evolución”, presentada el pasado año por la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) y la Sociedad Española de Contracepción (SEC). Actualmente, más de un millón setecientas mil mujeres españolas han elegido la píldora como su método anticonceptivo.

Más que un anticonceptivo

En la actualidad, asegurada su eficacia y seguridad anticonceptiva (cifrada por los expertos en más de un 99%), y superados ciertos efectos secundarios, sus prestaciones van mucho más allá de su mero uso anticonceptivo, ya que también es empleada como recurso terapéutico para reducir ciertos síntomas relacionados con la menstruación: menorragia (sangrado abundante), dismenorrea (dolor menstrual), o para el tratamiento del acné, la seborrea e incluso el alivio de la sintomatología asociada al síndrome premenstrual.

Entre los importantes avances que ha experimentado este método anticonceptivo, los expertos destacan la reducción de la dosis hormonal y el hallazgo de nuevos principios activos cada vez más parecidos a la progesterona natural de la mujer. Así, son dignos de mención las nuevas posologías, basados en el sistema 24+4, que incluye 24 comprimidos activos y cuatro con efecto placebo. De esta manera se facilita la rutina de la toma y se evitan los temidos olvidos. Al reducirse el periodo libre de toma activa, se reduce también la fluctuación hormonal, lo que se traduce en un aumento de los efectos beneficiosos de este preparado.

Todas estas propiedades la han convertido en el método anticonceptivo hormonal más utilizado en nuestro país y el primero en Europa, con una media cercana al 30 por ciento. Francia lidera el ranking europeo con un uso cercano al 50 por ciento, mientras en España se sitúa alrededor del 20 por ciento. Actualmente se estima que una de cada tres españolas que toma la píldora no lo hace por razones anticonceptivas, sino principalmente para aliviar los síntomas premenstruales.

Siempre con receta

Si se desea empezar a tomar la píldora se recomienda que si se desea empezar a tomar la píldora, lo primero que ha de hacerse es acudir al ginecólogo. Este especialista, mediante una analítica de sangre y orina comprueba si se puede administrar y qué tipo es el más adecuado para cada mujer, ya que existen distintas píldoras con diferentes composiciones. Unido a ello, hay que tener también en cuenta que tienen ciertas contraindicaciones como, por ejemplo, en pacientes aquejadas de trombosis, hipertensión no controlada u otros problemas cardiacos, fumadoras mayores de 30 años, etc. Por ello, es muy importante que sea el médico quien prescriba el anticonceptivo adecuado, siempre con receta médica.

El cuerpo, engañado

El funcionamiento de la píldora, considerado, dicho sea de paso, como “científicamente brillante” por la comunidad científica, es descrito así por la SEGO: su acción consiste en “engañar” al cuerpo femenino haciéndole creer que existe un embarazo, gracias a lo cual se logra inhibir la maduración del óvulo y evitar la fecundación. Si no hay ovulación, obviamente no puede haber embarazo. Los componentes de la píldora, una serie de hormonas (progestágenos y estrógenos), similares a las producidas por el organismo de la mujer, actúan principalmente sobre el cerebro, pero también sobre los ovarios, las trompas de Falopio y el útero. El efecto anticonceptivo proviene de los progestágenos sintéticos que inhiben la maduración del óvulo y espesan el cuello del útero, de modo que los espermatozoides no pueden atravesarlo. La función de los estrógenos es mantener el ciclo regular de la menstruación.

FUENTE: www.sec.es, www.sego.es