La carencia de yodo es un problema sanitario mundial que afecta al crecimiento y desarrollo de millones de niños. La erradicación de los trastornos provocados por esta carencia se ha convertido en una prioridad mundial en salud pública, debido a sus nefastas consecuencias sobre el desarrollo del cerebro de los niños que nacen en zonas en las que existe un déficit de este mineral.

En España, aproximadamente un 40 por ciento de las mujeres embarazadas consumen yodo en cantidades inferiores a las recomendadas, con los riesgos potenciales que ello implica. Pero no somos ninguna excepción entre nuestros vecinos europeos. El primer mundo aún no ha sabido combatir esta carencia y, en la actualidad, existe déficit de yodo más o menos intenso en casi todos los países de Europa Occidental.

Henry R. Labouisse, abogado y diplomático estadounidense, estuvo el frente de UNICEF desde junio de 1965 hasta septiembre de 1979. Sus palabras marcaron a muchas personas que como él pensaban y piensan que “la deficiencia de yodo es tan fácil de prevenir que, realmente, es un crimen permitir que un solo niño nazca incapacitado por esta razón”. Por eso si entre sus planes está quedarse embarazada lea atentamente este reportaje. Le abrirá los ojos sobre una realidad que aún es una gran desconocida para muchas mujeres y le ahorrará alguna que otra complicación.

¿Qué es el yodo?

El yodo es un micronutriente esencial para la vida. Su papel es indiscutible para lograr que el hombre crezca y se desarrolle con normalidad y no es para menos cuando su presencia es imprescindible en la síntesis de las hormonas tiroideas, las cuales juegan un papel fundamental en el metabolismo de la mayor parte de las células y en el proceso de crecimiento de todos los órganos, especialmente del cerebro. Todo déficit de yodo, ya sea leve, moderado o severo, en la madre durante el periodo de gestación tiene consecuencias negativas e irreversibles en el desarrollo cerebral del bebé. Y es que, entre otras cosas, el déficit de yodo durante el embarazo repercute negativamente en el desarrollo intelectual del bebé, siendo la principal causa de retraso mental y parálisis cerebral evitable en el mundo. Tal es así que Gabriella Morreale, del Instituto de Investigaciones Biomédicas del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), asegura que “en zonas españolas con déficit de yodo hay un 35% más de niños con un coeficiente intelectual menor de 100”.

Por norma general en todo el mundo, las personas que se ven obligadas a vivir con más carencia de yodo son las que viven en zonas montañosas alejadas, en las que no se puede acceder a alimentos ricos en yodo, como el pescado, y en aquellas en las que las inundaciones son tan frecuentes que los nutrientes son incapaces de fijarse en el suelo. Las necesidades diarias de yodo varían a lo largo de la vida y se duplican durante el embarazo y la lactancia. Desde que el bebé nace hasta que cumple el año de vida tan sólo necesita 50 microgramos a lo largo del día, desde el año hasta los 6 años son necesarios 90 microgramos diarios, durante la adolescencia y en la edad adulta de 120 a 150 y en el embarazo y en la lactancia de 250 a 300 al día.

Déficit natural

El mar es el mayor almacén de yodo y los alimentos de origen marino, como el pescado, el marisco o las algas, la forma más ‘natural’ de conseguirlo. El problema es que el pescado no es precisamente el alimento preferido por los españoles, que ni lo comemos a diario ni en suficiente cantidad. La leche, los huevos y los vegetales podrían convertirse en una alternativa pero el yodo que contienen depende del que hayan extraído del suelo. Por ello, resulta muy difícil que una persona pueda obtener de su dieta todo el yodo que necesita, de ahí que surgiera la conveniencia de la sal yodada.

Suiza fue el primer país que yodó la sal. Era el año 1922 y desde entonces los distintos países del mundo occidental se han ido sumando a esta iniciativa. Los españoles tuvimos que esperar hasta el año 1982 para poder comprar un paquete de sal yodada en las tiendas de alimentación convencionales.

La yodación de la sal es una forma sencilla, efectiva y económica de proporcionar yodo a las poblaciones que lo necesitan, por eso la Organización Mundial de la Salud (OMS), UNICEF y el Consejo Internacional para el Control de Desórdenes por Deficiencia de Yodo recomiendan el consumo habitual de sal yodada, es decir, sal común enriquecida con yodo. Una solución lógica y eficaz que ya ha supuesto avances importantísimos en la lucha contra el déficit de yodo, especialmente en los países del mundo en vías de desarrollo, pero a la que aún le queda mucho camino que recorrer, pues tal y como indican la OMS y UNICEF la carencia de yodo afecta a la tercera parte de la población mundial.

Pero con la sal yodada no basta para prevenir los problemas que pueden esconderse tras un déficit de yodo en el embarazo. Se da la paradoja de que las mujeres embarazadas no pueden tomar toda la sal que desean y los médicos se ciñen a una cantidad muy concreta: tres gramos de sal al día, como una cucharadita de café. Teniendo en cuenta que en España la sal yodada contiene 60 miligramos de yodo por kilo de sal, es decir, 60 microgramos por gramo, a lo sumo la ingesta de yodo que se realiza por esta vía es de 180 microgramos, una cantidad que aunque sirve para cumplir con los requisitos del resto de personas es insuficiente para prevenir el déficit de yodo en las mujeres embarazadas.

Suplementos de yodo

Para que una mujer embarazada alcance los niveles de yodo que su estado requiere tendría que tomar cinco gramos diarios de sal yodada o 300 gramos diarios de marisco, o 500 gramos de pescado o tres litros de leche de vaca, o seis kilos de lechuga o seis litros de vino y tendría que cumplir con ello a rajatabla diariamente pues el yodo no se acumula en el organismo sino que éste expulsa el que no necesita cada día a través de la orina. Como ninguna opción es posible y en muchos casos iría en contra de su propia salud, los médicos apuestan por que las mujeres embarazadas tomen un suplemento de yodo que incluya 200 microgramos diarios para alcanzar las cifras que la dieta por sí sola es incapaz de aportar. Se trata de fármacos con yoduro potásico en mono-sustancia que está financiado por el Sistema Nacional de Salud y que debe ser prescrito por un médico. Siempre que lo recomiende el médico, este fármaco debe tomarse durante todo el embarazo y mientras dure la lactancia e incluso, si es posible, toda mujer que desee quedarse embarazada debería empezar a tomarlo antes de que el embarazo ya esté en marcha.

No se puede ignorar que el cerebro del feto se desarrolla durante las primeras semanas de gestación, cuando en muchas ocasiones la futura mamá aún ni siquiera sabe que ya tiene en su vientre al que será su bebé. De hecho, los daños más graves, como el retraso mental, se ‘escriben’ durante la primera mitad del embarazo y una vez que se han producido ya no hay marcha atrás, por mucho yodo que se ingiera después. Si la futura madre ha tomado antes de quedarse en estado el suplemento de yodo pertinente es más fácil que al feto le lleguen, especialmente durante el primer trimestre del embarazo, las hormonas yodadas que necesita para formar y madurar los tejidos.

Además, cuando el pequeño nace, la leche materna es lo único que le aporta el yodo que necesita para crecer sin problemas, de ahí la transcendencia de seguir tomando este suplemento mientras dure el periodo de lactancia.

Si está embarazada tome poca sal pero la que utilice para preparar los alimentos debe ser yodada, es decir, rica en yodo, no escatime a la hora de comer productos marinos, como el pescado, los crustáceos y los mariscos y, siempre que lo recomiende el médico, tome suplementos de yodo, una costumbre que debería haber hecho suya, a ser posible, antes del embarazo y que deberá alargar mientras esté dando el pecho a su bebé.

FUENTES: UNICEF, Colegio Oficial de Farmacéuticos de La Coruña, Ministerio de Sanidad y Consumo y Fundación de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición.