El hierro es un componente esencial para el organismo que participa en muchos procesos biológicos vitales, del que la síntesis de la hemoglobina es el más conocido. El cuerpo humano está diseñado para reciclar cada miligramo que utilizamos, y por eso también es tan importante detectar cuándo un paciente sufre déficit de hierro, una situación que puede obedecer a cuatro causas básicas: un incremento de requerimiento de hierro, una ingesta inadecuada, una disminución de la absorción y un aumento de la pérdida que se produce cada día por causas naturales.

Controlar estos cuatro factores es fundamental, ya que cada miligramo de hierro cuenta al disponer el ser humano de una cantidad muy pequeña de este oligoelemento, aproximadamente entre 3 y 4 gramos en la mujer y entre 4 y 5 gramos como máximo en el hombre. “Con esta cantidad tan pequeña hay una distribución muy eficiente”, señala el doctor Carlos Jericó, médico internista del Hospital Sant Joan Despí, quien también resalta la trascendencia del ciclo que consigue reciclar la mayoría de ese hierro que utilizamos. Gracias a ello, “la pérdida fisiológica en condiciones normales diarias es muy baja, uno o dos miligramos, lo que se compensa con una dieta normal”.

Este sistema tan eficiente se descompensa si hay déficit de hierro, de ahí la importancia de conocer las causas, y para ello es necesario reforzar la formación de los profesionales sanitarios. En ese objetivo trabaja el proyecto ‘Con Fe de Hierro’, una iniciativa formativa impulsada por UCB sobre la actual coyuntura y su repercusión en el manejo de la deficiencia de hierro, una patología que tiene en el incremento de los requerimientos del organismo “el factor más frecuente a nivel mundial”. “Esto se produce en diversas situaciones fisiológicas”, como puede ser el embarazo, la lactancia, el crecimiento en niños y adolescentes o en situaciones de ejercicio intenso (sobre todo deportistas de élite), a lo que se unen “algunas acciones médicas como cuando hacemos a un paciente intensificar la fabricación de sangre”.

Pérdidas de sangre

La segunda causa más habitual es el aumento de las pérdidas, básicamente asociadas a pérdidas de sangre. ¿Cuáles son las causas más frecuentes? La menstruación y otros sangrados ginecológicos, así como las pérdidas gastrointestinales altas (esofagitis, úlceras, gastritis…) o bajas (diverticulosis, procesos hemorroidales, sangrados por angiodisplasias…). También pueden producirse pérdidas urinarias, pérdidas a nivel otorrino como la epistaxis e intervenciones quirúrgicas mayores con importante pérdida de sangre, así como algunas patologías que provocan pérdida de sangre a nivel intravascular como las anemias hemolíticas.

“Luego hay dos cuestiones que cada vez toman más relevancia y que a veces no las tenemos en cuenta como déficit de hierro”, subraya el doctor Jericó. Por un lado, personas que donan sangre repetidamente, varias veces al año, y por otro las multiextracciones en pacientes ingresados.

En tercer lugar aparece la ingesta inadecuada, “pacientes que ingieren muy poco hierro en su dieta o un hierro que es sobre todo inorgánico”, una situación propia de las dietas vegetarianas y presente también en pacientes ancianos, que tienen con más frecuencia una ingesta “más limitada en alimentos ricos en hierro u otros procesos de malnutrición”. Por último tendríamos la disminución de la absorción, que puede tener su origen en cirugías que afectan al estómago o al duodeno y en enfermedades que dificultan la absorción como la celiaquía, la gastritis crónica atrófica o procesos inflamatorios intestinales.

La importancia de la acidez

También hay que tener en cuenta que, a nivel gástrico, “es muy importante la solubilización gástrica, cuando a nivel del estómago hay diferentes sustancias que facilitarán el paso del hierro hasta el duodeno, donde se absorberá, y hay otras sustancias que lo dificultarán”. ¿Y qué lo facilitará? “Un estado ácido”, indica el doctor Jericó, y aquí entran en juego alimentos ricos en ácido o vitamina C.

En el otro lado de la balanza tenemos todo lo que propicie una reducción de ácido en el estómago, como los fármacos inhibidores de la bomba de protones o alimentos que dificulten la absorción, como los ricos en fitatos (salvado, soja, dietas muy ricas en fibra, taninos, polifenoles, té, café, vino, oxalatos como los lácteos…), “todos ellos van a dificultar la absorción del hierro a nivel gástrico”. Ocurre igualmente con algunas situaciones como la gastritis crónica atrófica o los pacientes operados de cirugía gástrica. Por último está el nivel duodenal, en el que es necesario que el paciente disponga de esta mucosa (la cirugía bariátrica más habitual, por ejemplo, extirpa el duodeno) y que funcione correctamente, lo que no ocurre en enfermedades como la celiaquía.

En cuanto a las herramientas para evaluar el déficit de hierro, se pueden medir diferentes parámetros. Los más utilizados son la sideremia, la ferritina, la transferrina y, “más que la transferrina, un cálculo que se hace que se llama el índice de saturación de transferrina”. “A efectos prácticos”, afirma el doctor Jericó, “cuando hay un déficit de hierro la sideremia o el hierro circulante siempre será bajo, la ferritina será claramente baja y la capacidad de saturación de transferrina será también significativamente baja”.

Una cuestión adicional es saber diferenciar el déficit de hierro que a veces puede ocurrir parcialmente en un proceso crónico. “Cuando hay una enfermedad crónica o una inflamación puede haber un déficit de hierro asociado, y podemos encontrarnos pacientes con la sideremia y la ferritina normales”, con lo cual no se detecta que estamos ante un caso de deficiencia de hierro. Aquí la voz de alarma la da la saturación de transferrina, “que está baja cuando hay una inflamación o enfermedad crónica que asocia ferropenia, y está normal cuando es una enfermedad crónica pura”.

Acceda al video motion graphic sobre las causas generales del déficit de hierro https://vimeo.com/478016634/afff3ec1e5

Acceda al podcast de la entrevista al Dr. Jericó http://gruposaned.com/podcasthierro/drjerico.mp3