La pandemia por la COVID-19 ha constatado hasta qué punto la investigación biomédica es crítica en la sociedad moderna. Son las vacunas las que nos están sacando de esta cruda tragedia.

Junto a ello, hemos comprobado cómo la salud está ligada estrechamente a la economía y al bienestar social, tal como lo concebimos hoy en los países desarrollados. La crisis sanitaria nos ha abocado a una profunda crisis económica y social. Al sufrimiento y la muerte de tantas personas se han sumado unas caídas brutales del PIB y del empleo; y la renuncia obligada a las más elementales bases de nuestro modo de vida, como la libertad de movimiento.

Ambas realidades hacen más patente aún la condición estratégica de la industria farmacéutica, por su liderazgo global en la investigación biomédica y por su condición de sector tractor de la economía.

En España, el trabajo de años de colaboración entre industria farmacéutica, Administración sanitaria, hospitales, investigadores, clínicos y pacientes nos ha convertido en una referencia internacional en investigación clínica, lo que se ha traducido durante la pandemia en que fuéramos el primer país de Europa y el cuarto del mundo en ensayos contra la COVID-19.

Por otro lado, incluso en un año tan duro como 2020, el sector pisa fuerte en nuestro país. Es líder, junto a la automoción, de la inversión en I+D industrial, con casi un 19% del total. Esta apuesta por la investigación ha convertido a España, como decía, en referencia internacional en ensayos clínicos: hoy hay en marcha más de 3.400 ensayos en nuestro país, en los que participan 145.000 pacientes. Es el sector que más patentes solicitó el año pasado y el gran dinamizador de la investigación biomédica pública y privada, puesto que casi la mitad de la inversión de las compañías farmacéuticas en I+D es en contratos con terceros.

Constituye un potente motor económico. Produce por valor de casi 15.000 millones de euros y ha batido el récord de exportaciones, con 12.800 millones de euros, lo que supone más del 22 por ciento de las exportaciones de alta tecnología y el 5 por ciento de todas las exportaciones españolas. Y estos datos adquieren aún mayor peso por el efecto tractor de la industria farmacéutica: cada euro invertido en ella genera dos más en otros sectores. Además, en un país que afronta el gran desafío del empleo precario, es un sector líder en empleo de calidad, por indefinido (el 94 por ciento), cualificado (el 62 por ciento son titulados universitarios) y diverso (el 52 por ciento son mujeres).

Junto a estas cifras, hablamos de un sector cada vez más abierto a la sociedad, volcado en el diálogo y la colaboración con profesionales sanitarios y pacientes para conocer sus necesidades y tratar de responder a ellas, y con la Administración, en la busca de soluciones para impulsar el cuidado de la salud y conciliar el acceso de los pacientes a la innovación y la sostenibilidad financiera del sistema sanitario; y, en fin, un sector más comprometido con las buenas prácticas, la transparencia y otras demandas sociales como el cuidado del medio ambiente.

Por todo esto, hablamos de un sector fundamental para salir de la crisis sanitaria, económica y social en la que aún estamos y para contribuir a enriquecer el modelo productivo que necesita la España del futuro. El golpe especialmente duro que la pandemia ha supuesto para nuestro país prueba que necesitamos un modelo productivo en el que nuevos sectores complementen a los clásicos motores de nuestra economía y le aporten capacidad de resiliencia y de atracción de inversiones internacionales. Las compañías farmacéuticas aportan innovación, producción y exportación de alta tecnología y empleo de alta cualificación.

Desde Farmaindustria, con el objetivo de contribuir a la reactivación, ya se han planteado al Gobierno dos líneas prioritarias de trabajo en materia de producción e investigación. En el caso de la producción, se ha presentado un plan para la fabricación de medicamentos estratégicos (MedEst), que pretende reforzar la capacidad de producción de medicamentos esenciales en nuestro país. Responde a una necesidad real, dado que buena parte de los medicamentos veteranos, ya sin protección industrial y con bajos precios, pero que aún son fundamentales ante ciertos síntomas y enfermedades, han pasado a producirse casi de forma exclusiva en países asiáticos, lo que durante la pandemia ha generado preocupación en Europa, por lo que se considera una excesiva dependencia del exterior.

España cuenta con más de 80 plantas de producción de medicamentos de uso humano y con un significativo número de compañías dispuestas a invertir para reforzar este tejido productivo. El plan cubriría dos ámbitos: el de la estrategia sanitaria, puesto que daría mayor protección y capacidad de respuesta a nuestro Sistema Nacional de Salud; y el económico, dado que implicaría generación de empleo e incremento de exportación, terreno donde, como se ha dicho, la industria farmacéutica radicada en España batía el año pasado su registro histórico.

En el caso de la investigación, España parte de la ventaja competitiva que le da su condición de referente internacional en ensayos clínicos de medicamentos. Ante el impulso histórico que está viviendo la investigación biomédica de la mano de los nuevos conocimientos en materia celular y genómica, nuestro país está en condiciones de aprovechar esa ventaja para apuntalar su liderazgo en investigación clínica y desarrollar todo un ecosistema de investigación capaz de atraer mayor inversión internacional. Así lo entendía ya el año pasado un informe del Real Instituto Elcano que analizaba sectores que en España podrían crecer sobre la base de la innovación.

Estamos ante una verdadera oportunidad para nuestro país y tenemos que aprovecharla. Para ello, necesitamos una cooperación estrecha con la Administración y crear un marco estratégico ambicioso y a medio plazo que nos permita desarrollar todas las potencialidades como un sector económico de vanguardia para España.

El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia recientemente aprobado por el Gobierno prevé un Plan Estratégico de la Industria Farmacéutica con tres pilares: i) acceso de los pacientes y sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud, ii) fomento de la competitividad, la innovación y el desarrollo; y iii) asegurar una cadena de suministros sólida, resiliente y ecosostenible. Este plan industrial debe ser el marco de entendimiento entre Administración, industria y resto de agentes del sector salud para fijar metas ambiciosas y medios para alcanzarlas. Trabajemos juntos.