El uso de las pruebas de función pulmonar, junto con la clínica y la radiología, son fundamentales no solo en el diagnóstico, sino también en el control de las enfermedades respiratorias como es el caso del asma. Estos exámenes médicos están muy extendidos en el establecimiento del diagnóstico y en su confirmación, aunque también son muy valiosas para evaluar su gravedad y en el seguimiento y control de las patologías, tal como lo consideran un grupo de especialistas clínicos.

En el caso específico del asma, “el diagnóstico se debe considerar ante unos síntomas y signos clínicos, pero, como ninguno de ellos es específico de asma, existe la necesidad de incorporar alguna prueba objetiva diagnóstica como las pruebas funcionales respiratorias”, asegura la doctora Elisabet Bertrán Mazón, del servicio de Urgencias del CAP de Santa Coloma de Farners (Gerona).

Estas pruebas constituyen un grupo de exámenes médicos para conocer el buen funcionamiento de los pulmones. La capacidad pulmonar, el movimiento del aire que entra y sale de los pulmones o la cantidad de oxígeno que pasa al torrente sanguíneo son algunos de los resultados que se obtienen.

Existen varios tipos de pruebas de función pulmonar. Entre las más utilizadas, según apunta la doctora María Luisa Maldonar Mairal, del CUAP Manso (Barcelona), están la espirometría, la prueba de volumen pulmonar, la prueba de difusión de gases y la de esfuerzo con ejercicio. El doctor Jorge Sasieta Wong, del CAP Puigcerda (Gerona), asegura, además, que “existen equipos que ofrecen patrones estandarizados de forma automática que nos facilitan el diagnóstico en Atención Primaria”.

No obstante, pese a que estas pruebas son un “instrumento perfecto para evaluar el impacto de las enfermedades neumológicas sobre el sistema cardiopulmonar y sus técnicas bien consolidadas, muchas veces están infravaloradas e infrautilizadas”, concluye el doctor Carlos Azuaje Tovar, especialista en el Hospital de Cerdanya, en Gerona.

La espirometría, la más usada

La prueba de función pulmonar más extendida en su uso es la espirometría. Se realiza con un espirómetro que mide la cantidad de aire que puede retener los pulmones de una persona, el volumen de aire, y la velocidad de las inhalaciones y exhalaciones durante la respiración, la velocidad del flujo de aire.

De estas mediciones se obtienen, según explica la doctora Noemí Bermúdez Chillida, del Hospital de Barcelona, cuatro volúmenes: volumen residual (RV), volumen de reserva espiratoria (ERV), volumen corriente (Vt) y volumen de reserva inspiratoria (IRV); cuatro capacidades: (suma de dos o más volúmenes): capacidad residual funcional (FRC), capacidad vital (VC) capacidad inspiratoria (IC) y capacidad pulmonar total.

Esta prueba suele utilizarse principalmente en el diagnóstico de enfermedades obstructivas de las vías respiratorias como el asma, la bronquitis y el enfisema; así como de patologías restrictivas que impiden que los pulmones o músculos del pecho se puedan expandir, como es el caso de la esclerodermia, la sarcoidosis y la fibrosis pulmonar, destaca el doctor Javier Martínez Rodríguez, médico de Urgencias en CUAP SALOU (Tarragona).

Prueba de broncodilatación

Otra de las pruebas habituales es la de broncodilatación que se utiliza para medir los cambios que se producen en una espirometría basal tras la administración de un agonista β2 de corta duración. Habitualmente, se utiliza el salbutamol o terbutalina a dosis terapéuticas, repitiendo la espirometría unos 15 minutos después de su administración.

Esta medición refleja los valores de la llamada respuesta broncodilatadora (RBD). Es decir, la mejoría que se produce en un determinado parámetro de la espirometría (FEV1) con relación al valor basal, más allá de su variabilidad biológica espontánea y de la respuesta observada en personas sanas. Se considera como respuesta positiva (o broncodilatación significativa) a un aumento del FEV1 ≥ 12% y ≥ 200ml respecto al valor basal, destaca la doctora Bertrán.

Prueba de provocación bronquial

En el diagnóstico y control del asma y otras enfermedades respiratorias también se utiliza la prueba de provocación o hiperrespuesta bronquial. También conocida como test de metacolina es un procedimiento que se utiliza para diagnosticar y determinar la existencia de la hiperreactividad bronquial o sensibilización anormal de las vías aéreas.

Mide el volumen y la rapidez de inhalación y exhalación de aire antes y después de administrarse un medicamento inhalado como la metacolina, la histamina o, simplemente, aire frío que provoca una broncoconstricción controlada. Al igual que la anterior se realiza comparando los datos con una espirometría basal. Se considera positiva si se evidencia una disminución del VEF1 mayor o igual al 20%, indica el doctor Azuaje.

Provocación inducida por ejercicio

Esta prueba se puede realizar solicitándole al paciente que haga ejercicio bien en una cinta de correr o en una bicicleta estática para valorar la presencia e intensidad del broncoespasmo inducido por la actividad física. La doctora Bermúdez señala que: “Un test de provocación bronquial normal con metacolina, dada su alta sensibilidad y elevado valor predictivo negativo, es más útil para descartar que para confirmar el asma. En cambio el test de esfuerzo es bastante específico para esta enfermedad”.

Este tipo de pruebas están contraindicadas, según añade la especialista, en personas con limitación grave al flujo aéreo, pacientes con cardiopatía isquémica o accidente vascular cerebral hace menos de 3 meses, con arritmia grave o con hipersensibilidad a los fármacos utilizados.

El doctor Martínez añade que la prueba posee una alta sensibilidad, pero una limitada especificidad, “por lo que un resultado negativo es útil para descartar el diagnóstico de asma; sin embargo, un resultado positivo no siempre lo confirma”.

La prueba de provocación bronquial con agonistas directos se emplea para identificar el origen asmático de la tos crónica, para confirmar el diagnóstico en asma inducida por el ejercicio, monitorizar la respuesta terapéutica, el grado de control de la enfermedad y para la valoración de algunas enfermedades respiratorias de origen laboral, concluye el experto.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores: Elisabet Bertran Mazón, Maria Luisa Maldonar Mairal, Noemí Bermúdez Chillida, Javier Martínez Rodríguez, Carlos Azuaje Tovar, Carlos Alcides Herrera Guardado, Jorge Sasieta Wong, Josep Llaona Butiña y Rafael Perello Carbonell.