La Universidad española se distinguió hasta el siglo XVIII, por un gran hermetismo, cerramiento y por ir contra las corrientes innovadoras que venían de fuera, debido, sobre todo, al escaso contacto creativo con el exterior y a la política de censura existente. Una Real Pragmática de Felipe II promulgada en 1556 prohibía la entrada en la Península de libros extranjeros, e impedía cursar estudios fuera de nuestro país. Por otra parte, la Inquisición ejercía un férreo control sobre los libros científicos con el fin de prevenir herejías.

En esta atmósfera de pobreza cultural, como no podía ser de otra manera, se produjo una profunda decadencia en la enseñanza médica, atribuible al proceso de dogmatización tan intenso que existía en la época entre los médicos españoles y su resistencia a aceptar como válidas las conquistas que la Medicina europea iba logrando.

A este deterioro no se escapó la enseñanza universitaria de la Cirugía, como lo atestigua la Literatura Quirúrgica de la época, a lo que contribuyó, sin duda, el abandono de los estudios anatómicos y también el que las cátedras de Cirugía tuviesen un rango inferior a las de Medicina. De hecho, era menor el salario de quienes las ocupaban, lo que dio lugar a que en no pocas ocasiones, estas cátedras fueran utilizadas por los médicos sólo para iniciar su carrera docente, con vistas a cambiarse posteriormente a otras de más prestigio.

En 1603, Felipe III permitió que los candidatos a cirujanos se presentasen a examen ante el Tribunal del Protomedicato para obtener el título con sólo cinco años de prácticas aunque no hubieran asistido a los cursos teóricos de Medicina en la Universidad o incluso, no tuvieran el título de Bachiller en Artes, que era condición previa para cursar dichos estudios.

De esta manera, a principios del siglo XVIII, España se llenó de cirujanos empíricos que recorrían el país por la ruta de las ferias con nombres pintorescos alusivos a sus “especialidades”: “hernistas”, “tallistas”, “batidores de cataratas”, etc. También existía un grupo reducido de cirujanos universitarios, aunque la mayor parte de ellos eran teóricos que escribían tratados de Cirugía, sin que hubieran realizado en su vida una intervención, ni siquiera practicado con cadáveres.

Es en la época de la Ilustración y concretamente a mediados del siglo XVIII, cuando se aprecia un cambio cualitativo en la enseñanza. Cansados de la falta de unificación en cuanto a criterios docentes y académicos, de lo obsoleto de la metodología empleada y de la insuficiencia de instalaciones hospitalarias para la enseñanza a nivel oficial, los médicos buscan cauces marginales donde puedan adquirir una mejor enseñanza. Este hecho se tradujo en nuestro país en la fundación de instituciones (al margen de las facultades oficiales de Medicina) como los Reales Colegios de Cirugía de Cádiz y Barcelona por Virgili, y más tarde el de Madrid por Gimbernat, donde los nuevos cirujanos recibirían por primera vez una sólida formación anatómica.

Los Colegios de Cádiz y Barcelona fueron creados originariamente para abastecer las necesidades de servicios médicos en el Ejército y en la Armada, pero a la vista de los buenos resultados obtenidos, se creó por Real Cédula de 13 de abril de 1780 el de San Carlos de Madrid, con una finalidad más amplia, como era la de surtir de médicos el interior del Reino, que estaba muy necesitado de facultativos. Más tarde se comprobó que estos tres colegios no eran suficientes para tales propósitos y en abril de 1799 se acordó el establecimiento de otros dos colegios de Cirugía en Burgos y en Santiago.

En estos nuevos centros, no obligados a respetar tradición alguna y creados con unos urgentes fines prácticos, la enseñanza de la Medicina era mucho más adecuada a los conocimientos de la época. Se edificaron cerca de importantes hospitales, donde se practicaba la Anatomía, la Clínica en general y otras materias científicas, como la Química y la Botánica. La enseñanza se impartía en castellano, se realizaban exámenes frecuentemente y los alumnos disponían de textos útiles creados a veces por los mismos profesores de los colegios. Los Colegios de Cirugía fueron ganando cada vez más adeptos y aumentando su prestigio a costa del de las facultades.

Su vida duró hasta 1834, en las que una nueva organización de la enseñanza médica los sustituyó por las Facultades de Ciencias Médicas. Se cerró de este modo uno de los mayores impulsos renovadores de la docencia médica en nuestro país y que constituiría el embrión para la transformación de la misma.

Real Colegio de Cirugía

de Cádiz

Con la nueva dinastía de los Borbones llegaron a España prestigiosos profesionales de la Medicina y Cirugía, como el francés Jean Le Combe (conocido en nuestro país por Juan Lacomba), al que se le nombró Cirujano Mayor de la Armada y director del Hospital Real de Cádiz, en cuyo edificio creó un anfiteatro anatómico y una escuela para los practicantes de la Marina. Gracias a su magnifica labor, la preparación profesional de los cirujanos al servicio de la Armada alcanzó un gran nivel.

Con el fin de proseguir este empeño, se fundó por Real Cédula de 11 de noviembre de 1748, el Colegio de Cirugía de Cádiz, otorgándosele la dirección del mismo a Pedro Virgili.

Pedro Virgili nació probablemente en el año 1699 en Palma de Mallorca. Estudió Medicina en Montpellier y ejerció de cirujano en el hospital de Tarragona, así como en diversos barcos de la Armada y civiles. Era gran conocedor de los progresos quirúrgicos que se impartían en las escuelas de Cirugía de Rochefort, París, Toulon y Brest y aportó esta experiencia en favor de los Colegios de la Armada que le tocó dirigir. Escribió varias obras entre las que cabe destacar Memoria sobre Broncotomía (1743) y Compendio del arte de partear (1765).

Al frente del Colegio de Cádiz redactó su proyecto de funcionamiento, que contó con el apoyo del Marqués de la Ensenada. En él justificaba la creación del mismo, aludiendo a la “gran falta que se experimenta en la Marina de buenos cirujanos para asistir y curar a los enfermos de la Armada, en la que son precisos cirujanos prácticos y observativos”.

El Colegio desde su fundación quedó adscrito al Hospital de la Marina de Cádiz, encomendándose las enseñanzas a cuatro maestros. En una primera etapa, el plan de estudios se desarrolló en tres años y comprendíó la enseñanza de Anatomía, Cirugía General y saberes clínicos especializados, entre los que se encontraba la Obstetricia.

En 1757 se autorizó al Colegio a conceder títulos de bachiller en Filosofía, “del mismo modo que lo practican las Universidades”, lo que elevó el rango académico de la institución. Unas Ordenanzas de 1791, permitieron otorgar títulos de bachiller en Medicina, lo que equivalía a equiparar el Colegio a las Facultades de Medicina.

El periodo de estudios se amplió entonces a cinco años y se incluyeron en él la enseñanza de disciplinas básicas como la Física Experimental, la Química y la Botánica, la Fisiología y la Higiene; entre las asignaturas propiamente médicas figuraban el estudio de la Medicina Clínica y la Materia Médica, la Cirugía y las Técnicas Quirúrgicas, la Obstetricia y la Venereología.

Este Real Colegio de Cirugía fue innovador en muchos aspectos. El profesorado gozaba de plena dedicación a la enseñanza y se comprometía a impartir lecciones semanales, preferentemente prácticas, basadas en la exploración del enfermo y en los resultados del estudio necrópsico.

Por otra parte, para ingresar en el Colegio se exigía un nivel adecuado y de él podría ser expulsado el alumno, tanto por deficiente aprovechamiento escolar, como por mala conducta. Había un examen anual de todos los colegiales ante un tribunal, cuya no superación, llevaba aneja la separación del alumno del Colegio.

Los escolares con mejores expedientes académicos podían realizar ampliación de estudios en el extranjero. Los dos centros preferidos eran la Universidad de Leyden (a la que acudían médicos y estudiantes de Medicina de toda Europa atraídos por el prestigio de Boerhave) y París, donde funcionaba, desde mediados del siglo XVIII, y a semejanza del Colegio de Cádiz, un hospital con escuela médica.

En definitiva, no se trataba de una escuela más de Cirugía, sino un centro con merecido prestigio docente y el primero en Europa, donde se unieron oficialmente las enseñanzas de Medicina y Cirugía (1791), en contra de todo lo legislado anteriormente y con la oposición del Protomedicato y de la Poderosa Hermandad de San Cosme y San Damián, que veían lesionados sus intereses y competencias.

Real Colegio de Cirugía

de Barcelona

Se dispuso la fundación de este Colegio de Cirugía por Orden Real de 19 de septiembre de 1760, con el fin de proporcionar a los cirujanos del ejército una preparación similar a la lograda por los cirujanos de la Armada en Cádiz.

El Colegio fue inaugurado el 24 de marzo de 1762, siendo su primer director Pedro Virgili. La reacción opositora de la Universidad y del Protomedicato a su puesta en marcha todavía fue más virulenta que la habida anteriormente en Cádiz.

Los mejores alumnos del Colegio gaditano formaron el primer claustro de profesores. Las enseñanzas que se dispensaban eran similares al plan de estudios del Colegio de Cádiz e incluían Anatomía, Fisiología, Patología Quirúrgica y el estudio de las Enfermedades Quirúrgicas. La formación práctica de los alumnos se realizaba en el Hospital general donde los profesores del colegio podían realizar su cometido asistencial.

Las Ordenanzas de 1795 actualizaron el plan de estudios incorporando nuevas asignaturas como la Física Experimental, Botánica, Higiene, Patología y Terapéutica, Cirugía Especializada, Partos que incluía las enfermedades de mujeres y niños, Venereología y Medicina Teórico-práctica. Estas Ordenanzas autorizaban al Colegio a otorgar títulos de bachiller y licenciados equivalentes a los que daban las Universidades.

Los libros utilizados para la enseñanza eran los de Boerhaave, Haller, Gorter, Le Dran, Bell, Petit, Astruc y Underwood, aunque los maestros del Colegio también redactaban textos que los alumnos usaban para la enseñanza, contándose entre estos, los escritos por Diego Velasco, Francisco Villaverde, Domingo Vidal y Francisco Puig.

El Colegio de Cirugía de Barcelona desarrolló una gran actividad científica, uno de cuyos exponentes fueron las “juntas literarias”, cuya organización fueron establecidas en los Estatutos del Colegio de 1764 y 1795. En las “juntas” se daba lectura a disertaciones que recogían la experiencia profesional de los miembros del Colegio y se elaboraban dictámenes y también censuras.

Real Colegio de Cirugía

de Madrid

Fue creado por una Real cédula de 13 de abril de 1780 y ratificada por Real resolución de 29 de julio de 1783, encomendándose su fundación a Gimbernat y Mariano Rivas.

Antonio Gimbernat y Arbós nació en Cambrils (Tarragona) en 1734. Después de estudiar filosofía y latín en la Universidad de Cervera, marchó a Cádiz para formarse como cirujano, obteniendo el título en 1762. Ese mismo año pasó al Colegio de Barcelona donde dio clases de Anatomía y poco después fue nombrado cirujano mayor del Hospital. Unos años más tarde (1774), presionado por el rey, emprendió un largo viaje de estudios por el extranjero, donde entabló relación con importantes anatomistas y cirujanos.

De nuevo en nuestro país, le fue encargado el proyecto para establecer un Colegio de Cirugía en Madrid. Después de muchos años de planificación éste comenzó a funcionar en 1787 y allí fue catedrático de operaciones y de “álgebra quirúrgica”. En 1789 fue elegido como cirujano de cámara. En los años de invasión napoleónica, Gimbernat colaboró con los franceses, lo que supuso el cese de sus cargos en el reinado de Fernando VII. Sus últimos años fueron penosos, con una situación económica francamente mala, casi ciego y con la razón perturbada. Murió en Madrid en 1816.

Fue autor de varios trabajos de corta extensión, entre los que destaca el que lleva por título “Nuevo método de operar la hernia crural”, en la que expone con precisión la anatomía de la región inguinal, y describe el ligamento que lleva su nombre, también llamado Ligamentum Lacunare.

El Colegio de Madrid, denominado de San Carlos en una nueva cédula de 1787, fue creado con el fin de dotar a la sociedad civil de cirujanos con la misma preparación que tenían los cirujanos del Ejército y de la Armada. La construcción del edificio se encargó a Francisco Sabatini, con capacidad para doce colegiales internos, instalándose según el proyecto inicial, cuatro cátedras de teórica y otras tantas de práctica, más los puestos de disector anatómico, bibliotecario, secretario e instrumentista. El edificio no se llegó a construir, y el Colegio se instaló en los sótanos del Hospital General, donde permaneció muchos años.

Las enseñanzas se iniciaron el uno de octubre de 1787 pronunciando su director, Antonio Gimbernat, la conferencia “Disertación inaugural sobre el recto uso de las suturas y su abuso” con motivo de ese acto.

El plan de estudios se desarrollaba en cinco años e incluía las enseñanzas de Física Experimental, Anatomía, Fisiología e Higiene, Afectos Quirúrgicos, Operaciones y “Álgebra Quirúrgica”, Afectos Mixtos y Lecciones Clínicas, Materia Médica y Partos, y Enfermedades Venéreas.

A estas clases asistían un alto número de médicos y cirujanos en ejercicio, sin embargo a diferencia de Cádiz y Barcelona, el número de alumnos matriculados era bajo. La enfermería se estableció como dependencia del Colegio en 1793. Con el tiempo, el Colegio también instituyó la enseñanza para parteras.

Tal como sucedía en Barcelona, también el Colegio de San Carlos celebraba con regularidad “juntas literarias” (los jueves por la tarde, al finalizar las clases), en las que se comentaban en forma de “observaciones”, las enseñanzas que deparaban el ejercicio profesional. Después de la lectura de las mismas, se designaba a uno de los maestros para que, el jueves siguiente, presentara un extracto del trabajo leído junto con la “censura” del mismo. Una vez leído este, se realizaban unas reflexiones útiles para los alumnos por parte de los docentes, en orden de menor a mayor antigüedad y cuando se mostraban de acuerdo, se anotaban las decisiones y se archivaba el escrito.

Otros Reales Colegios

Antes de finalizar el siglo XVIII, se crearon instituciones similares en Palma de Mallorca, Burgos y Santiago.

La Escuela de Cirugía y Anatomía de Mallorca se fundó por iniciativa de Francisco Puig, que había ejercido como profesor en el Colegio de Barcelona. En 1790 publicó un Plan para perfeccionar los estudios de Cirugía, donde detallaba la organización del nuevo centro docente, así como los estudios que debía cursar el cirujano y duración de los mismos.

En 1799 el ministro Mariano Luis de Urquijo logró que toda la enseñanza médica pasara exclusivamente a manos de los colegios, y éstos se hicieron momentáneamente responsables de la formación de los médicos-cirujanos; al mismo tiempo, desaparecía el Real Protomedicato, sustituido por una Junta General de Gobierno de la Facultad reunida, que agrupaba los estudios de Medicina y de Cirugía. Este hecho hizo necesaria la creación de Colegios “menores” de Cirugía en Burgos y Santiago.

El Colegio de Burgos, denominado oficialmente “de la Purísima Concepción” fue obra de su vicedirector Carlos Nogués, antiguo catedrático de Medicina de la Universidad de Cervera y médico militar en la guerra del Rosellón y, posteriormente en Algeciras. Fue un centro con escasez económica que tuvo dificultades para poder organizar las aulas necesarias, los gabinetes y hasta el jardín botánico.

El Real Colegio de Cirugía Médica de Santiago, constituyó un intento serio de establecer un importante centro de enseñanza en Galicia. Desde el primer momento se le intentó ubicar en el Hospital de Santiago, pero la dirección de éste se negó, escudándose en una supuesta falta de espacio para las aulas y de terreno para el jardín botánico, aduciendo además su falta de interés para la enseñanza. Después de varios intentos para establecerse en dicho hospital, terminó por instalarse el Colegio en unas casas propiedad de éste.

Pedro San Martín cesante de la Facultad de Medicina, fue designado vicedirector del nuevo centro, pero las tareas de puesta en marcha del mismo, recayeron en dos médicos llegados desde Madrid: Eusebio Bueno y Francisco Pedralbes.

El Colegio fue inaugurado el 9 de Diciembre de 1799, en una pieza de la casa Guixáldez, sita en la plaza de Feixóo, presidiendo el acto Pedro San Martín.

El programa de estudios constaba de diez asignaturas: Anatomía; Fisiología e Higiene; Vendajes; Patología y Terapéutica; Tumores, Heridas y Úlceras; Partos, Enfermedades de las Mujeres, de los Niños, Venéreas, Oídos, ojos y boca; Enfermedades de los Huesos; Operaciones y Heridas por armas de fuego; botánica, química, Materia Médica, Arte de Recetar y Clínica, y finalmente, Medicina Teórico-Práctica y Clínica.

El apoyo económico recibido del “real erario” fue escaso y esto originó que tanto la infraestructura, como la dotación de personal docente fuera insuficiente. Sin embargo, esto no fue óbice para que se desarrollara una buena enseñanza, debido fundamentalmente al gran trabajo llevado a cabo por Bueno y Pedralbes.

El primero introdujo en Santiago, la Química de Lavoisier, Fourcroy, Guyton de Morveau y Bertholet. Sus lecciones también versaban sobre física experimental:

imanes, electricidad, fluidos, calor, termómetros, botella de Leyden, descomposición del aire, galvanismo, etc. Dado que era cirujano, impartió además la enseñanza quirúrgica. Entre sus méritos cuenta el haber sido el introductor de la vacuna en Galicia.

En lo que respecta a Pedralbes, tenía una sólida formación y una extraordinaria capacidad intelectual. Nos podemos hacer una idea de su labor docente, a través de los textos que escribió: “Diseño de un plan de Instituciones médicas para la completa enseñanza de la Medicina” (1826), “Curso de Fisiología”, “Tratado de Medicina Legal”, “Curso elemental de Medicina Teórico-práctica”, “Medicina Práctica Clínica”, “Therapeutica” (en latín en 1821), etc. Dio clases de Fisiología, higiene, Medicina Legal y Forense.

La decadencia del Colegio de Santiago, comenzó en 1816, con la creación de los “Colegios” de segunda y tercera clase. En 1820, el abandono era total: no tenía edificio propio, los alumnos eran escasos y se debía todavía los sueldos de 1810-1813. Finalmente, se extinguió en 1833.