La lista de síntomas que comparten estas dos patologías es tremendamente abrumadora, lo que dificulta en gran medida la tarea de los especialistas que intervienen en su diagnóstico. Hay un considerable solapamiento entre fibromialgia (FM) y síndrome de fatiga crónica (SFC) aunque, según la doctora Nancy Klimas, conocida inmunóloga y presidenta de la International Association of CFS/ME, “ya se están desarrollando biomarcadores que dirán qué es la FM y qué es el SFC”.

A pesar de estas similitudes, existe un amplio consenso entre todas las organizaciones internacionales y comités de expertos en considerar la FM y el SFC como entidades complejas claramente diferenciadas. De hecho, los criterios diagnósticos que siguen teniendo vigencia en la actualidad del síndrome de fatiga crónica, adoptados en Atlanta en 1994, nada tienen que ver con los establecidos por el Colegio Americano de Reumatología sobre fibromialgia en 1990.

La realidad es que la Organización Mundial de la Salud las define en epígrafes distintos en su Clasificación Internacional de Enfermedades. No obstante, todavía hay un grado de desconocimiento elevado.

Fatiga extenuante

El Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Atlanta define a la encefalomielitis miálgica, comúnmente conocida como síndrome de fatiga crónica, como una enfermedad compleja y debilitante que se caracteriza por un agotamiento intenso que no remite tras el descanso en cama y que puede empeorarse con la actividad física o mental. Además de estas características básicas, algunos pacientes padecen diversos síntomas inespecíficos como debilidad, mialgias (dolor muscular), deterioro de la memoria o concentración, insomnio y fatiga que persiste 24 horas después de un esfuerzo.

Es una enfermedad crónica, de causa desconocida, de carácter oscilante, y que produce una acentuada discapacidad funcional en el paciente. Tanto es así que el impacto cognitivo que sufren los enfermos -quizá el trastorno más distintivo del SFC- afecta en más de un 50% a lo que sería su rendimiento habitual, situación que marca la principal diferencia con la fibromialgia junto con la intensa fatigabilidad post-esfuerzo y la presencia de signos inespecíficos. Estamos ante una enfermedad con repercusión social, no reconocida, que compromete a todos los sistemas corporales pero que, paradójicamente, produce muy pocas lesiones. De ahí que muchos especialistas la consideren un “ente fantasmagórico”.

El Documento de Consenso Canadiense, confeccionado en 2003 por un panel de expertos de varios países, determina que los síntomas de esta enfermedad están basados predominantemente en la disfunción neurológica, inmunológica y endocrinológica. Básicamente es una inflamación del sistema nervioso central y muscular, pero pocas patologías tienen una cantidad tan diversa de síntomas.

La padecen adultos, niños y adolescentes, cualquiera que sea su entorno social o su origen étnico. Nuestro país carece de estudios clínicos poblacionales y, por tanto, se desconoce la prevalencia real, sin embargo, actualmente se acepta el porcentaje del 0,2-0,5% de la población con este tipo de afectación.

El origen es multifactorial pero predomina la hipótesis del comienzo por una infección vírica. Diversos estudios apuntan también a una susceptibilidad genética, alteraciones inmunológicas, el estrés grave y continuado y la exposición a agentes tóxico-químicos.

Para el doctor Ferrán J. García- Fructuoso, del Servicio de Reumatología de la Clínica CIMA; “el pronóstico no es bueno, considerándose que menos del 5% de enfermos entrará en remisión. Un 40% se mantendrá estable con oscilaciones, que incluirán períodos de mejoría y empeoramientos y el resto tendrá una clara tendencia a ir empeorando. Un 25% del total de afectados entrará en la definición de SFC grave que requerirá una especial atención. El 80% de los enfermos evolucionarán hacia una situación de invalidez funcional muy significativa”.

No existe ninguna prueba de laboratorio definitiva y ampliamente aceptada que permita establecer el diagnóstico del SFC y por ello éste sigue realizándose a través del examen clínico. Tampoco hay un tratamiento curativo, ya que la heterogeneidad de esta enfermedad crónica hace muy complicado una recomendación general. Recientes trabajos han puesto en entredicho el ejercicio gradual y la terapia cognitivo-conductual, por lo que, de momento, la aceptación por parte del enfermo de su nueva situación, un diagnóstico fiable, una información amplia y actualizada y tratar los síntomas constituye la actuación médica más indicada a la espera de nuevos avances científicos.

Dolor insoportable

La fibromialgia es una enfermedad de origen desconocido que tiene en el dolor crónico generalizado y localizado en el aparato locomotor (zona cervical, occipital, trapecios, hombros, parte proximal de los brazos, zona lumbar, trocánteres y muslos, parte anterior de las rodillas, los antebrazos, los carpos, las manos, los tobillos y los pies) su principal campo de batalla. Reconocida por la OMS en 1992, la FM va más allá de los reumatismos de partes blandas y precisa, en opinión de la Sociedad Española de Reumatología (SER), un abordaje multidisciplinario más amplio.

Su alta prevalencia en la población general adulta (2,4%), el desconocimiento de sus posibles causas (base genética, experiencias traumáticas severas en la infancia, situaciones de estrés físico, psicológico y laboral, o alteraciones relevantes y continuadas del estado del ánimo) y de los mecanismos que la producen hacen de ella un problema de salud pública de gran magnitud. Sin olvidar, claro está, la ausencia de un método curativo y la insatisfacción de los pacientes así como de los profesionales de la medicina con el tratamiento actual.

Además del dolor, continuo e insoportable, y la fatiga -presente en más del 70 por ciento de los enfermos- las personas con FM experimentan otros síntomas: alteración del sueño, sensación táctil anormal en manos o piernas, hipersensibilidad sensorial, rigidez generalizada o localizada al levantarse, contracturas en diversos grupos musculares, temblor, sensación de tumefacción en manos y otras áreas corporales, mareo o inestabilidad, hipersudoración, sequedad de mucosas, palpitaciones, alteración de la atención, déficit de memoria reciente, variación de la expresión verbal, ansiedad, o cambio en el estado de ánimo, entre otros.

Su diagnóstico es exclusivamente clínico, ya que no existe en la actualidad ninguna prueba específica de laboratorio que revele su presencia, y su evolución puede variar de un paciente a otro a largo plazo. El conocimiento que cada uno adquiera de su enfermedad, el tratamiento farmacológico administrado, la realización diaria de ejercicio físico moderado junto con el soporte de una terapia psicológica son algunos de los puntales de un modelo terapéutico que harán que la balanza se incline de un lado o del otro.

FUENTES: Sociedad Española de Reumatología, Instituto Ferrán de Reumatología, Asociación Madrileña de Encefalomielitis Miálgica/Síndrome de Fatiga Crónica y Disfunción Inmune y Documento de Consenso Canadiense (2003).