Hasta no hace mucho tiempo, solía oírse con frecuencia que la depresión era cosa de adultos, y que los niños permanecían a salvo de este mal tan propio de nuestros días. Incomprensiblemente, la comunidad científica parecía no percatarse de la existencia de un problema que hoy sabemos afecta al 5% de los niños y adolescentes, porcentaje que algunos expertos elevan hasta el 8-10%. Hubo que esperar hasta el año 1975 para que por fin el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos aceptara la depresión infantil como concepto y entidad psicopatológica.

Síntomas de adultos

La depresión infantil tiene síntomas comunes a la depresión de los adultos, pero con peculiaridades añadidas y diferentes según la edad, debido a la dependencia del niño con respecto a estos últimos y a su constante proceso de cambio. Dicha sintomatología es múltiple, variada y no siempre inequívoca, pero algunos síntomas son lo suficientemente explícitos como para levantar sospechas de que algo en él no marcha bien. Hay que ser cautos a la hora de adelantar conclusiones, pues, según los expertos, sólo cuando la condición depresiva se muestra persistente e interfiere en la capacidad de acción de la persona se puede hablar de enfermedad. Los especialistas hablan de depresión mayor cuando los síntomas se prolongan por espacio de dos semanas, y de trastorno distímico cuando los mismos sobrepasan un mes (la distimia es una enfermedad del estado de ánimo con síntomas menos graves que la depresión mayor, pero con un ciclo más crónico y persistente).

En cualquier caso, si se constata que los síntomas van más allá de lo considerado normal, es prudente comentar la situación al pediatra, pues, como ocurre con la mayoría de las enfermedades, en la depresión el diagnóstico y tratamiento precoces son esenciales para combatirla.

Origen diverso

Desafortunadamente la infancia no es antídoto contra la tensión que generan determinados acontecimientos negativos ocurridos en la vida del niño: la pérdida de uno o los dos padres, un divorcio, problemas familiares -las malas relaciones con los padres son fuente específica de muy diversos problemas infantiles y, en concreto, de la depresión. También lo es el puesto que se ocupa entre los hermanos; en muchas investigaciones aparece la posición intermedia como la más vulnerable a desarrollar trastornos de tipo emocional. Además, algunos autores relacionan la depresión infantil con el rendimiento escolar, unas veces considerándolo causa y otras efecto de la depresión, así como con la impotencia que produce no poder defenderse ante situaciones de maltrato, el ostracismo que suele conllevar ser expulsado del grupo, etc.

Tampoco se descarta el factor biológico como desencadenante depresivo: una disfunción del sistema neuroendocrino (aumento de los niveles de cortisol y disminución de la hormona de crecimiento); una menor actividad de la serotonina (neurotransmisor cerebral) y efectos de la herencia (caso de padres depresivos). En este último caso, la depresión materna aparece claramente definida como uno de los factores de riesgo asociados a la depresión en el niño.

Conviene estar atentos a si, de pronto, el niño comienza a aislarse, a mostrarse muy reservado, a autodescalificarse con términos amargos y despectivos, en una palabra, a minusvalorarse. Hay que indagar el porqué de esa amargura y de esas autodescalificaciones y reservas.

Es habitual también que algunos niños deprimidos no manifiesten tristeza, pero exterioricen su problema con un mal comportamiento tanto en la escuela como en el hogar, lo cual es inicialmente interpretado como una simple mala conducta; sin embargo, si se les pregunta directamente, algunas veces admiten que están tristes o que son infelices. Por otro lado, algunos estudios señalan que la sintomatología depresiva infantil es más alta en las niñas que en los niños, hasta los 12 años; antes de esta edad es raro encontrar diferencias entre los dos sexos. En cualquier caso, demorar el diagnóstico y tratamiento sólo contribuye a prolongar el sufrimiento del niño y les aboca a nuevos riesgos de padecer otros trastornos emocionales. En este sentido, los expertos advierten que si la depresión infantil no se trata o no es correctamente tratada, puede ser muy peligrosa por el riesgo relacionado de suicidio.

Tratamiento

El lado bueno de esta enfermedad reside en que es susceptible de ser tratada con éxito, máxime si es detectada a tiempo. El especialista decidirá si el tratamiento ha de incluir psicoterapia individual o una combinación de psicoterapia y medicación, así como terapia familiar -muchas veces los padres se autoinculpan erróneamente de los problemas o dificultades de su hijo- y con algún responsable del centro escolar del niño.

En la actualidad, las investigaciones clínicas han demostrado que los medicamentos antidepresivos pueden ayudar eficazmente a los niños y adolescentes con depresión. Lo más importante es que ningún paciente deje de tomar los antidepresivos de manera brusca, porque pueden aparecer efectos adversos como agitación o una depresión más intensa. Es necesario seguir a rajatabla las indicaciones del médico sobre cuándo cambiar o terminar con el tratamiento antidepresivo del niño. Los antidepresivos no son drogas, y por tanto no crean dependencia ni adicción, ni cambian la personalidad del niño. En estos casos son medicinas necesarias y seguras.

No obstante, cabe hacer el inciso de que, en Estados Unidos, la FDA, agencia encargada de dar el visto bueno a los medicamentos y alimentos, pidió a los médicos y a los padres que observen de cerca a los niños y adolescentes que toman antidepresivos para controlar si tienen cambios de comportamiento poco comunes, y si los síntomas de la depresión empeoran. Una advertencia de este organismo indica que el consumo de antidepresivos está relacionado con un mayor riesgo de pensamientos y comportamientos suicidas en algunos niños y adolescentes, especialmente durante las primeras etapas del tratamiento.

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