Según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), dentro del grupo de enfermedades circulatorias, las enfermedades isquémicas del corazón (infarto, angina de pecho…) ocuparon el primer puesto en cuanto al número de defunciones. Por su parte, una de cada cuatro personas encuestadas ha sufrido un evento cardiovascular directamente o en su entorno familiar.

Sin embargo, pese a su alta incidencia y mortalidad, el temor a sufrir un infarto es menor con respecto al cáncer o las enfermedades degenerativas. Estas son algunas de las conclusiones de la encuesta “Salud cardiovascular y estilo de vida de la población española”, promovida recientemente por AstraZeneca, que revela la escasa percepción de riesgo que tienen los pacientes de su enfermedad, sin ser conscientes de la posibilidad existente de sufrir otro episodio cardíaco más allá del primer año.

A este respecto, Manuel Anguita Sánchez, presidente de la Sociedad Española de Cardiología expone que   “existe una baja percepción del riesgo y de la gravedad de la enfermedad cardiovascular, sobre todo, cuando se la compara con el cáncer o las enfermedades neurodegenerativas. Esto se puede deber al hecho de que hay muchos tratamientos eficaces para las enfermedades cardiovasculares y parece que nadie fallece, pero esto es totalmente contrario a la realidad. Por eso, es importante hacer campañas de concienciación y educación por parte de los médicos, la administración sanitaria y las sociedades científicas”.

Uno de los datos destacados del estudio, es que el 72 por ciento  de las personas que han sufrido un infarto afirma que su vida cotidiana ha variado en algún aspecto tras sufrir un evento cardiovascular, y señala la mejora de sus hábitos de vida y el aumento de la dependencia como los principales cambios. Por el contrario, un 28 por ciento  de las personas considera que no ha cambiado nada su rutina tras haber padecido un infarto.  Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que, aproximadamente, uno de cada cinco pacientes sufrirá otro infarto de miocardio, ictus o muerte cardiovascular en los tres años siguientes después de un infarto de miocardio, incluso aunque no hayan experimentado eventos después de 12 meses.

La importancia de los tratamientos a largo plazo

En este sentido, los expertos han matizado la importancia de una buena prevención secundaria para evitar nuevos eventos cardiovasculares, que además de consistir en una dieta equilibrada, vigilar los niveles de colesterol o hacer ejercicio moderado, conlleva seguir correctamente un tratamiento antiagregante.

A este respecto, el arsenal terapéutico actual para el tratamiento de los pacientes que han sufrido un infarto de miocardio se amplía con la llegada a España de una nueva dosis e indicación de Brilique (ticagrelor) 60 mg, de AstraZeneca. Se trata del único antiagregante plaquetario antagonista de P2Y12 indicado para el tratamiento ampliado de pacientes con antecedentes de infarto de miocardio más allá del primer año y que presentan un alto riesgo de padecer un acontecimiento aterotrombótico.

Sobre el mismo, Vicente Arrarte Esteban, cardiólogo del Hospital General de Alicante y presidente electo de la sección de Riesgo Cardiovascular y Rehabilitación Cardíaca de la Sociedad Española de Cardiología,  explica que esta nueva indicación de ticagrelor ofrece el beneficio de “reducir eventos trombóticos, lo que se traduce en disminuir el riesgo de infartos y morbimortalidad cardiovascular”. Además, según apunta este experto, “las cifras nos cuentan que cada vez controlamos mejor la fase aguda pero, sin embargo, sigue habiendo un gran porcentaje de pacientes con eventos meses o años más tarde de su infarto”.