El derrocamiento de Isabel II en septiembre de 1868 mediante la revolución que fue conocida por sus contemporáneos como La Gloriosa, tuvo como causa principal los malos gobiernos de aquellos años y, desde luego, la forma demasiado “campechana” de actuar, a juicio de ambiciosos prohombres del país, como los cabecillas de la revolución, los generales Serrano y Prim, el almirante Topete y los miembros del partido Unión Liberal, de la propia Isabel a la que se tildaba de reina castiza, poniendo en este apelativo, según quien lo utilizara, colores de elogio o de reproche. A esta caída del Régimen no fueron ajenos mezquinos intereses dentro de la propia familia de la reina. Su cuñado Antonio de Orleans, Duque de Montpensier, marido de la Infanta María Luisa Fernanda, como hijo del último Rey de Francia, Luis Felipe ambicionaba el trono de España para sí y conspiró cuanto pudo, y podía mucho por dinero y connivencias políticas contra la alocada hermana de su esposa. Apoyó en la sombra a los revolucionarios, pero no sin que Isabel lo supiera y, además de expulsar al matrimonio de España, le guardase eterna inquina. Tras la caída de Isabel y su exilio en Francia pretendió que los nuevos hombres fuertes surgidos de La Gloriosa le eligiesen como nuevo rey, o al menos a su mujer Luisa Fernanda, lo que hubiera sido a la postre lo mismo que entregarle a él la Corona.

Sin embargo, dos hechos vinieron a frustrar esa ambición. En 1869 mató en un duelo a pistola a Enrique de Borbón, hermano del depuesto Rey Consorte Francisco de Asís, lo que supuso un colosal escándalo tanto en la Casa Real como entre el pueblo, donde el francés no gozaba tampoco de simpatías por su actitud arrogante y sus tejemanejes torticeros. Y, sobre todo, la declarada decisión de Prim de que no volviese a reinar en España ningún miembro de la familia borbónica, “Los borbones, jamás, jamás, jamás”, dijo en una célebre intervención parlamentaria donde se debatía en quién depositar la dignidad real. Esta cerrada oposición de Prim originó en Montpensier un odio terrible hacia el general, verdadero dueño en ese momento de los destinos de la nación, y existen muy fundadas sospechas de que la instigación y el dinero del de Orleans estuvieron detrás del asesinato de Juan Prim y Prats el 27 de diciembre de 1870 en la madrileña calle del Turco, suceso del que todavía hoy siguen sin aclararse los detalles aunque Antonio Pedrol Ríus, que fue Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, dedicó a ello un excelente y documentadísimo estudio.

La Restauración Borbónica llegó con el pronunciamiento militar del General Martínez Campos en Sagunto el 29 de diciembre de 1874 y se consumó con el regreso de Alfonso XII a tierra española en los primeros días de 1875. El Reinado de Alfonso, a quien se le dio el sobrenombre de Pacificador por haber logrado a los pocos meses de su vuelta el fin de la Tercera Guerra Carlista que ensangrentaba el norte del país, no fue tranquilo ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. Pero ahora sólo nos interesa destacar un aspecto de su vida personal, aunque qué duda cabe, también asunto de Estado por sus protagonistas: su noviazgo y boda con la Reina Mercedes.

María de las Mercedes de Orleans y Borbón nació en el Palacio Real de Madrid el 24 de junio de 1860, siendo la sexta de los nueve hijos que tuvieron el Príncipe francés Antonio de Orleans y la Infanta de España Luisa Fernanda de Borbón. Recordemos que esta prolífica familia vivía exiliada en Francia desde su expulsión por la Reina Isabel. tras el derrocamiento de ésta, las relaciones, aunque muy esporádicas y cargadas de recelo por ambas partes, se reanudaron. El 26 de diciembre de 1872 Isabel y su hijo Alfonso visitaron a los Montpensier en su palacio de Randan cercano a Vichy, y en ese encuentro comenzó el enamoramiento entre dos adolescentes, él con quince años, ella con doce. La relación se iría consolidando durante los plácidos veranos de 1873 y 1874 que las dos familias pasaron en París, mientras España estaba sacudida por guerras civiles, repúblicas cantonalistas y golpes militares o civiles. A partir de 1874 Luisa Fernanda y sus hijos volvieron a España, no así Isabel, a quien se lo había prohibido el mismo Cánovas, verdadero artífice y bastión de la Restauración Borbónica, ni tampoco Antonio de Orleans, cuya presencia no hubiera sido entendida por la sociedad. En los palacios de La Granja y, sobre todo, en el sevillano de San Telmo, residencia de los Montpensier, continuaron los encuentros entre los dos jóvenes. Esta relación fue conocida muy pronto por el pueblo español que la recibió con gran entusiasmo. Isabel II se opuso desde un principio a los planes de ese matrimonio por su enemistad, más que justificada, hacia su cuñado. De hecho, ni siquiera asistirá a la boda, aun contando con un permiso especial para regresar temporalmente a España, como muestra palmaria de esa disconformidad. Sin embargo, las mayores dificultades para llevar adelante el proyecto iban a estar en su aceptación por las Cortes que preceptivamente debían autorizarlo. El 10 de enero de 1878 se abrió un debate ante la idea de que un descendiente del de Orleans llegara al trono de España, ambición por la que tantas tropelías había cometido el padre de la novia. Se ha hecho célebre el discurso pronunciado aquel día por don Claudio Moyano y Samaniego, diputado del partido moderado opuesto al liberal. Comenzó Moyano con una pregunta dirigida a todo el hemiciclo: “El matrimonio de Su Majestad con doña María de las Mercedes, hija del sobradamente conocido Duque de Montpensier ¿puede ser aceptado o aconsejable por los ministros sin herir profundamente el sentimiento moral de la Nación”?. De los escaños de los diputados, especialmente de los liberales, brotó un clamoroso “¡Nos hiere a todos!?. Moyano, entonces, continuó sus palabras con un párrafo que ha quedado como ejemplo de caballerosidad parlamentaria: “(…) Doña Mercedes está completamente fuera de esta discusión… ¡porque los ángeles no se discuten!?.

Y ahí, efectivamente, se acabó el debate. el rey tenía el camino libre para consumar su propósito matrimonial.

La boda se celebró el 23 de enero de ese mismo año 1878 en la madrileña basílica de Atocha, tras obtener la imprescindible dispensa papal por el cercano parentesco de los contrayentes, primos hermanos, y con la clamorosa ausencia de la Reina Madre Isabel II. El pueblo de Madrid se echó a la calle vitoreando a los nuevos esposos y coreando coplillas creadas para la ocasión como aquella que decía: Quieren hoy con más delirio/ a su rey los españoles./ Pues por amor se ha casado/ como se casan los pobres.

Tenía la reina diecisiete años y veinte el rey. La luna de miel debió de consumir buena parte de las energías físicas de los jóvenes en especial por los ardores que al rey le confería su condición de enfermo de tuberculosis, según apunta el doctor Enrique Junceda Avello, estudioso de la patología de la realeza española (Ginecología y vida íntima de las reinas de España. Tomo II. La Casa de Borbón. Madrid. Temas de Hoy. 1992), y de cuyos saberes hemos de beber los que nos acerquemos a estos asuntos. Ya es sabido que el padecimiento tuberculoso se consideraba, por mecanismos fisiológicos nunca bien aclarados, como un potente factor estimulante de la libido, y a ello hacen referencia numerosas obras tanto médicas como literarias, con La dama de las camelias de Dumas hijo como paradigma.

Aunque la salud del rey no era buena, su enfermedad, con altibajos, aún le permitiría vivir más de siete años. Pero Doña Mercedes estaba todavía peor y en su caso no se trataba de una afección fímica sino de otra dolencia infecciosa de evolución más aguda. Los primeros síntomas de que la reina estaba enferma se manifiestan el 22 de marzo, a los dos meses justos de la boda, en forma de mareos, palidez, vómitos e inapetencia. Se achacaron a un embarazo incipiente, que efectivamente existía, y a signos de una amenaza de aborto que parece ser que se produjo finalmente hacia el día 28, a juzgar por las cartas que el propio rey escribió a su suegro y a su abuela la Reina María Cristina, pero no porque lo reflejaran los diarios partes que la Gaceta de Madrid publicaba sobre la salud de cada miembro de la familia real. La causa de este aborto es difícil de precisar. hubo, entre los médicos que atendieron a Doña Mercedes, dirigidos por el doctor don Tomás Corral y Oña, Marqués de San Gregorio, opiniones diversas. unos se inclinaban por la excesiva práctica de la equitación, pues los síntomas comenzaron tras un prolongado paseo a caballo. otros apuntaban ya a un padecimiento de base todavía poco esclarecido. Como quiera que fuese, la reina estuvo sin salir de sus aposentos hasta la primera semana de abril.

A finales de mayo debe guardar nuevamente cama por consejo médico. Presenta cefalea, fiebre intermitente, vómitos y una astenia muy severa. Otra vez se piensa en un embarazo como causante del cuadro, aunque parece una obsesión de los médicos y de la misma reina este deseo de gestación. Ahora, sin embargo, el proceso se prolonga y el 18 de junio se publica, por fin, en La Gaceta el primer parte médico: “Viene aquejada desde fines del mes anterior de las molestias que anuncian algunas veces el principio del embarazo. En estos últimos días se ha observado en S.M. una fiebre poco intensa de forma intermitente y tipo irregular, que ha desaparecido en virtud de los medios apropiados. pero persiste la predisposición al vómito y la inapetencia, con el malestar y debilidad consiguientes.” No obstante, desde ese mismo día 18 la fiebre se hace más elevada llegando a temperaturas superiores a los 40-41 ºC.

El día 21 de junio se celebra consulta de médicos en la Real Cámara. En ésa y en sucesivas consultas participan, además del doctor Corral, los más prestigiosos profesionales españoles del momento: Federico Rubio y Gali, José Calvo y Martín, Cesáreo Fernández Losada, José de Arce y Luque, José Díaz Benito y Angulo, Laureano García Camisón y Tomás Santero y Moreno. además, a partir del 23 participaron dos eminentes catedráticos de la Facultad de Medicina de París enviados por los padres de la reina.

El 22 de junio sobreviene la primera hemorragia digestiva masiva que pone en grave peligro la vida de la paciente y que se repetirá varias veces en los días siguientes. Los partes médicos sucesivos, emitidos con intervalos de pocas horas entre uno y otro, según se acelera el proceso, son cada vez más pesimistas: “Desde el principio de la tarde se observa la exacerbación de los síntomas”, “La enfermedad continúa con la exacerbación y, lejos ésta de decrecer, aumenta notablemente, perturbando la función de los centros nerviosos”, “No hay alivio alguno de los síntomas. La vida de S.M. la Reina nuestra Señora se halla en peligro inminente”.

El 26 de junio de 1878, dos días después de haber cumplido 18 años y a los cinco meses de matrimonio, la Reina Mª Mercedes de Orleans y Borbón falleció en el mismo Palacio Real de Madrid que la vio nacer y atendida por el doctor Corral que había asistido a la Infanta Luisa Fernanda en ese parto.

El parte oficial, firmado por este médico y que apareció al día siguiente en La Gaceta decía que “La Reina Nuestra Señora ha fallecido (…) a consecuencia de una fiebre gástrica nerviosa, acompañada de grandes hemorragias intestinales”. Una terminología de su época que, con algunos datos extraídos del relato de la enfermedad, nos deben servir para intentar aproximarnos a un diagnóstico. El doctor Manuel Izquierdo Hernández en su Historia clínica de la Restauración, afirma que la enfermedad fue sin duda una fiebre tifoidea. Algo de esto se barruntaban ya los corrillos y mentideros desde los partes de los doctores, y no por especial sabiduría médica sino porque eran, desgraciadamente, síntomas muy similares a los que padecían muchas personas aquejadas de ese mal tan frecuente.

El tifus, en realidad la fiebre tifoidea, está causada por la infección por Salmonella Typhosa, un germen que Karl Eberth no descubriría hasta 1880, que contamina el agua de consumo y los alimentos a partir de las aguas con restos fecales de enfermos. Las condiciones de salubridad ambiental han hecho casi desaparecer esta patología infecciosa aunque continúen presentándose infecciones por otros tipos de Salmonella que originan casos de gastroenteritis y toxiinfecciones alimentarias con carácter más o menos epidémico y estacional. Pero en los años a los que nos estamos refiriendo, apenas se conocían y practicaban medidas higiénicas con el agua. Precisamente mucho después se pudo comprobar que el Palacio de San Telmo no reunía las mínimas condiciones para evitar la contaminación a partir de las aguas de su subsuelo en la misma orilla del Guadalquivir. En el Palacio Real de Madrid la instalación de agua corriente y de retretes higiénicos no se hizo hasta varios años después, por orden de la Reina Regente María Cristina, fallecido ya, por tanto, el Rey Alfonso XII.

Clásicamente, el curso de la enfermedad, antes de la aparición del tratamiento antibiótico, se dividía en cinco periodos. repasándolos es posible reconocer muchos de los síntomas que hemos visto aparecer en la reina. 1) Tras una incubación de una a tres semanas, el periodo prodrómico, que dura de una a tres semanas manifiesta trastornos del estado general con laxitud creciente, cefalea gravativa, inapetencia, dolores en los miembros, estreñimiento y con frecuencia epístaxis rebeldes. se acompaña de ligera febrícula y sensación de destemplanza. 2) El periodo de incremento febril dura alrededor de una semana y en él lo más significativo es la fiebre, continua y en lento ascenso diario, escalofríos, cefalea intensa y malestar. se aprecia una lengua tostada excepto en los bordes y punta y, llamativamente, una taquicardia menor de la que correspondería con el ascenso térmico. 3) El periodo de apogeo, culminación o fastigio, se caracteriza por fiebre de 40ºC continua, aparición en la piel del tronco de un exantema rojizo, en brotes sucesivos “la roséola tífica- y afectación del estado de conciencia con estado estuporoso la palabra tifus procede del griego tnjox, que significa humo o niebla. 4) El periodo crítico sucede alrededor de la tercera semana del curso de la enfermedad. En él, como su nombre indica, puede iniciarse la curación del paciente con descenso progresivo de la fiebre y desaparición del resto del cortejo sintomático. Pero también, y esto es lo que debió de suceder en el caso de la reina, es el momento de las complicaciones que pueden poner en peligro la vida:

enterorragias, perforaciones del aparato digestivo y fallo cardiaco por miocarditis. 5) Los enfermos que superaban esta fase sin complicaciones entraban en el periodo de defervescencia con desaparición de la fiebre por lisis y remisión de todo el cuadro hasta la curación total tras una convalecencia de varias semanas. Aún había que tener en cuenta la posibilidad de recidivas o recrudecimientos. Eran más frecuentes entre los adolescentes de 15 a 20 años “precisamente la edad de doña Mercedes- y podían presentarse hasta 5 ó 6 episodios con intervalos de 15 a 50 días entre ellos. Es posible que la reina sufriera alguna de éstas.

La muerte de la Reina Mercedes fue un acontecimiento que superó con creces el drama familiar y dinástico. Fue un suceso luctuoso que sintieron como propio una mayoría de los españoles y que pasó al acervo de las leyendas románticas de nuestra patria como lo habían hecho el noviazgo y la boda. Otra vez se disparó la inspiración popular para los versos y una de esas poesías, de autor anónimo, ha quedado en el recuerdo de muchas generaciones. es la que canta, con musiquilla bien conocida: ¿Dónde vas, Alfonso doce, dónde vas, triste de ti?/ Voy en busca de Mercedes que ayer tarde no la vi./ Tu Mercedes ya se ha muerto, muerta está que yo la vi./ Las señas de cómo iba yo te las puedo decir:/ Cuatro duques la llevaban por las calles de Madrid./ su carita era de cera, sus manitas de marfil/ (…). Años después el poeta Rafael de León escribió su célebre Romance de la Reina Mercedes, al que puso música el maestro Quiroga: (…)/ De amores son mis heridas/ y de amor mi desengaño,/ al verte dejar la vida/ a los dieciocho años./ Te vas camino del cielo/ sin un hijo que te herede./ España viste de duelo/ y el Rey no tiene consuelo:/ María de las Mercedes.

El cuerpo de la reina fue enterrado en El Escorial, pero no en el Panteón de Infantes donde le hubiera correspondido al morir sin descendencia, sino, por expreso deseo del rey, que se había encerrado a rumiar su dolor en el Palacio de Riofrío, en una capilla lateral junto al altar mayor, bajo una lápida con un epitafio redactado por el propio rey: María de las Mercedes, de Alfonso XII dulcísima esposa. Mas Alfonso no quería que sus restos reposaran siempre allí y de inmediato estimuló la idea, ya sugerida desde bastante tiempo antes por los estamentos religiosos y civiles de la capital, de construir en Madrid, junto al Palacio Real y la vieja muralla de la ciudad, una iglesia catedral que sirviera de panteón para Mercedes. El deseo regio hubo de esperar más de un siglo y sólo al acabar el siglo XX, finalizadas por fin las laboriosas y mil veces interrumpidas obras de la catedral, se trasladó allí el cuerpo de la romántica reina y hoy descansa a los pies de la imagen de La Almudena y bajo la misma lápida y epitafio.

Al comenzar este artículo me refería al inútil esfuerzo de practicar la ucronía. Pero aún con ese reconocimiento, hagámoslo por unos instantes. Alfonso XII murió en 1885, con apenas 28 años de edad, dejando a su viuda, la Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, y al país entero, en una terrible tesitura: sin heredero varón, aunque con la reina encinta, con serios problemas políticos entre los partidos y las distintas regiones peninsulares, con una sociedad civil en duro y no muy fructífero trance de renovación, con unos restos coloniales en América y Asia deseosos de independencia y amenazantes de guerra, con una comunidad internacional deseosa de contemplar la definitiva caída de una nación milenaria. La Regente, con una amplísima formación intelectual profundamente germánica y una sentida devoción por España y su futuro en libertad y orden democrático, demostró sobradamente su capacidad para llevar las riendas del trono en nombre de su hijo Alfonso XIII, rey desde el mismo instante de su nacimiento. En sus años de regencia España y ella sufrieron mucho: vio morir asesinado a Cánovas, valedor de la monarquía y de su misma persona, perdió los territorios ultramarinos en el Desastre del 98, asistió a numerosos problemas de convivencia social. y aunque también hubo en esos años cosas buenas, no puede decirse que fueran un campo de rosas para la reina. ¿Hubiera podido comportarse de igual manera doña Mercedes, formada en el ambiente conspirador de los Montpensier, sin más educación que la cortesana y sin ninguna visión de la política por su exclusiva dedicación a aficiones mundanas? Me permito creer que no. El tifus de la dulcísima esposa quizá fue una sabia jugada del destino, tan aficionado a cubiletear con las vidas de los hombres y de las naciones.